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Zuania Ramos

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Los pies de las mujeres de mi vida: El día que descubrí que ya era 'grande'

Publicado: 25/04/2012 15:57

Llega el verano, y los dedos de los pies de millones de mujeres comienzan a asomarse a través de zapatos abiertos que le permiten finalmente gozar del sol y el aire fresco. Los ves por todos lados -- en el parque descansando sobre la grama, en el pedal de una bicicleta a toda velocidad y dentro del agua de miles de sillas de pedicura de salones de belleza a través de toda la nación.

Ese calorcito de nuevo comienzo me da a mi también con enseñar los míos. Pintarlos y salir a la calle a disfrutar de un poco de comodidad, y la seguridad que me inspiran.

Y es que hay algo tan femenino, delicado e icónico sobre los dedos de los pies de una mujer. Algo que grita, 'soy mujer y lo disfruto'. No por quitarle mérito a las manos que sin lugar a dudas son un gran atractivo. Pero los pies, no sé qué algo hay sobre los pies, que incluso despiertan un fetiche oculto en muchos hombres, una seducción equivoca que ninguna otra parte del cuerpo de una mujer llega a provocar.

De pequeña recuerdo mi primer encuentro con una pedicura. Tenía unos cinco años y mis tías habían venido a mi casa a visitar (y por su puesto, a añoñarme). Estas mujeres eran chicas en sus 20 largos o 30 cortos, y representaban para mi el símbolo de lo que era ser una dama en todo su esplendor. Siempre bien vestidas y a la moda, arregladas en su punto, con un porte implacable, y tacones altos, los más altos que había visto en mi corta vida.

Y mientras hablaban sin parar por horas, habían decidido aprovechar el tiempo para arreglarse también sus pies. Se contaban cada cosa que les parecía siempre o sumamente graciosa, increíblemente sorprendente o inmensamente triste. A través de la conversación, introducían una a una sus pequeños dedos en un balde lleno de agua, para luego secarlos con cuidado y comenzar la tarea de limar bien sus uñas y quizás hasta uno que otro pequeño cayo causado por las largas horas en la oficina utilizando zapatos cerrados y altos -- siempre altos.

Entonces llegó el momento de la verdad, escoger cuál sería el color con el que pintarían sus uñas dentro de la gama de tonalidades que tenían a su alcance. Nunca olvidaré el color rojo pasión, ese rojo intenso-casi-negro, que les lucía tan bonito y que me parecía tan señorial. Se ayudaban unas a las otras a aplicarse el esmalte, y pronto volvían a subirse nuevamente en sus enormes plataformas.

Las veía tan grandes, tan imponentes, tan sofisticadas, tan mujer... Fue así como crecí, sabiendo que el día que fuera ya una mujer, lo entendería, porque sentiría la necesidad de tener mis uñas de los pies bien arregladas.

Algunos creen que una joven pasa de ser niña a ser mujer en su fiesta de quinceañeros, otros en los 'Sweet Sixteens'; yo no, yo me auto inicié en el mundo de los adultos la primera vez que fui sola a hacerme una pedicura.

Recuerdo que era el verano de mis 18 años y comenzaba la universidad muy pronto. Y entre la graduación, el 'senior prom', y todos los eventos relacionados con el fin de una época, y el inicio de una nueva etapa, decidí que era tiempo de arreglar mis pies. Claro que siendo una adolescente me habré pintado mis uñas una que otra vez antes de aquel memorable día, pero nunca así, nunca de esta manera. Ya era 'grande' y yo lo sabía.

Hoy cumplo ya casi 30 años, la edad que tendrían mis tías y mi madre para aquel entonces. Veo mis pies y encuentro uno que otro bulto en ellos, causados también por el laburar del trabajo. Voy al salón de belleza y al escoger el color de barniz, no puedo escaparme de ese rojo pasión, ese rojo intenso-casi-negro que me recuerda tanto a las grandes mujeres de mi vida, y que me hace sentir un poco más cerca de esa mujer que quiero llegar a ser.

 
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