Zuania Ramos

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La herencia de la intensidad de mi madre

Publicado: 06/05/2012 14:00

mi madre y yo
"¿Pero a quién saliste tú tan intensa, mujer?", me preguntó él, luego de la segunda cita. "Pues a mi madre", contesté, con seguridad, disimulo y hasta un tanto de orgullo escondido ante la mención tan prematura de aquella emblemática y sagrada figura para mí.

La interrogante llegó luego de una conversación profunda y existencialista, que abarcaba desde política, religión, amor, y de regreso; desembocando en un cuestionamiento incisivo y constante de mi parte, y al final, cierto es, acompañado de mucha intensidad.

Le contaba además de mí, de mis sueños, de mis creencias tanto sociales como dogmáticas, de mis ideales políticos, y de la forma en que veo o enmarco el mundo. Esa noche fui transparente, real, aquella noche fui intensamente yo.

Y al parecer a este nuevo chico, esta cualidad no le parecía menos que fascinante, dado que unos meses más tarde nos encontrábamos viéndonos cara a cara uno al otro, vislumbrando un futuro y prometiéndonos con ese mismo ímpetu, muchos más años juntos.

Hoy, recordando aquel profético día, medito sobre mi respuesta, honesta e inmediata, una de esas que simplemente brotan inesperadamente. Y es que no puedo negar que no he conocido mujer tan intensa como mi madre. Intensa en sus opiniones y en su personalidad, en sus palabras, las cuales dicta con mucha suavidad pero también con gran precisión.

Tan hermosamente obstinada, como tiernamente ingenua. Tan cautelosamente realista como profundamente soñadora. Tan dulcemente espontánea, como sutilmente predecible. Una mujer de extremos, de blancos y negros, una mujer tan completa e interesante que a su lado, ni el más extenso viaje se torna tedioso.

Y aprendí con ella a ser así, a engancharme una camisa de cuadros junto a unos pantalones de círculos, a dejar mi rostro al natural y mi cabello ser, porque "no hay por qué disimular ser quienes no somos". A ver las cosas con más calma, a disfrutarme las simplezas de la vida. A darme una oportunidad de encontrarme a mi misma.

A mojarme en la lluvia, a reír sin tapujos, a entender el gran valor de la lectura y la educación, y sumergirme en ellas. A amar lo que es mío; mis raíces, mi familia, mi país, porque "aquél que no conoce de dónde vino, no sabrá nunca a dónde va".

A enfadarme en contra de las injusticias, a reclamar mis derechos con sabiduría. Y sobre todo, a decir 'te amo' cuando hacía falta, a no regalar amor a quien no lo merecía.

Luego de algunos años, llegó el momento de la verdad, la despedida. Ella y su apasionado corazón llegaron al aeropuerto a darme su bendición. Yo había decidido embarcame en un viaje hacia la ciudad de Nueva York en busca de nuevas oportunidades, separándome así sin quererlo de sus intensidades.

Aquel día de camino a aquel avión, en aquel aeropuerto de San Juan, ella alzó su mano para decir adiós, hasta que ya no pudimos encontrar ni cruzar más nuestras miradas. Entonces, cada una, yo desde aquel frío y distante lugar, y ella desde el caliente pedazo de tierra que antes nos unía, lloramos intensamente. Y así mismo han sido todos nuestros reencuentros, desde aquel emotivo momento, hace ya seis años.

Mi esposo, aún luego de tanto tiempo me recuerda casi a diario lo intensa que en ocasiones puedo llegar a hacer. Yo, secretamente sonrío orgullosa de llevar conmigo la herencia de la intensidad de mi madre, de esa mágica mujer que me dejó disfrutar de sus excentricidades, de sus extremos y de su obsesionado amor, y que me formó y me moldeó en la mujer intensa que hoy soy. Un legado que espero poder compartir con mis hijos, mis próximos cómplices en esta sublime aventura.

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