Violeta Merlo

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Mi madre, una guerrera de la vida

Publicado: 10/05/2012 10:27

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Pensar en ella siempre me ha dado fuerza. Es mi heroína favorita, la que sabe de batallas; una gran mujer, la mejor que he conocido. A través de los años he visto y sentido el ímpetu que tiene para superar y seguir hacia adelante ante las tormentas de la vida.

En su época y en el seno de una familia tradicional mexicana y de clase obrera que se abría paso en la Ciudad de México, la educación universitaria era algo poco común y un lujo reservado para el hijo varón, así que la secundaria con carrera comercial de secretaria ejecutiva era a lo que podía aspirar, podría haber sido un doctor excepcional o una abogado implacable de haber tenido la oportunidad.

Desde muy pequeña conoció del trabajo duro, de las responsabilidades de hacerse cargo de una casa y cuidar de su familia, de la batalla del día a día. Su infancia corría en el México de los años 50s y la década de los 60s, cuando muchas de las estufas en las casas eran de petróleo, el radio de transistores y la televisión de bulbos, a blanco y negro. En el puesto de periódicos se podía comprar el 'Lágrimas, risas y amor' (historieta que daría origen a muchas de las telenovelas mexicanas) o el popular cuento de Memin Pingüin (un ícono de la historieta mexicana). Habían pasado los mejores años de la época de oro del cine y Pedro Infante era el máximo ídolo de México.

Estudiar y trabajar al mismo tiempo no eran opción, siendo la hermana mayor y habiendo en casa hermanos pequeños que alimentar, eran una necesidad y una obligación, la mitad de los ingresos eran desde antes de cobrarlos para su hogar y su familia.

De carácter fuerte, firmes convicciones, audaz, segura e incansable, defendía lo que quería ante quien fuera, incluso mi abuela, quien no paraba de hacer corajes cuando gastaba algo de lo que ganaba en los dobles turnos como secretaria en zapatos, un vestido, una salida al cine o alguna excursión que organizarán en la oficina.

Faldas anchas debajo de las rodillas, blusas de escarolas y puños de encaje, tacones altos, incluso guantes y sombrero formaban parte del guardarropa, le gustaba lucir impecable y cuidaba cada detalle de su arreglo personal. Cuando mi padre la vio, no pudo más que caer rendido a sus pies.

En abril de 1970 se casaron, tenía 23 años, en aquella época a esa edad les llamaban 'solteronas', 'quedadas' ya que la mayoría se casaba prácticamente siendo una adolescente, pero ella esperaba el consentimiento de sus padres, mismos que varias veces negaron su mano, hasta que mostró su firme carácter y dejó de pedir permiso para informar de su decisión.

En diciembre del mismo año se convirtió en madre, una hermosa niña sietemesina y un poco enfermiza por lo prematuro del parto; año y medio después nacería la segunda bebé y dos años más tarde esperaba al primer varón, que además de la alegría que significaba, también la encaraba ante un angustioso desafío por una insuficiencia cardíaca que le había sido detectada y la ponían en un predicamento para el parto. No se rindió ante la adversidad, demostró su fortaleza y decisión para superar la prueba y tener entre sus brazos al nuevo retoño.

Con tres inquietos pequeños en casa corriendo de arriba para abajo parecía que la familia estaba completa, sin embargo, la vida le tenía preparada una sorpresa y una nueva batalla que librar. Cuando se enteró que estaba embarazada por cuarta vez, se lleno de dudas, de miedos; el médico les había advertido sobre los altos riesgos, les hablo de aborto y de tener que elegir entre la vida de la madre y la del bebé. Otro varoncito venía en camino y una vez más el amor y firmeza derrotaron a la adversidad. Su ímpetu era como un remolino imposible de vencer.

Años felices, comidas todos juntos a la mesa, cenas de Navidad y Año Nuevo, inolvidables vacaciones de verano, innumerables satisfacciones se sumaban a dichosos años de matrimonio, hasta que un día de julio de 1997, tras 27 años de vida juntos, un derrame cerebral fulminante arrancó de nuestro lado a mi padre. A pesar de los años no puedo evitar las lágrimas al recordar ese irremediable día, aún hoy me pregunto de dónde obtiene tantas fuerzas para ese revés del destino, para consolar y seguir adelante, para buscar cada día nuevos retos y mantener la alegría.

Aprendió a llevar las riendas del negocio familiar, clases de manejo la pusieron al volante a sus más de 50 años, aprendió a nadar y lanzarse desde la plataforma de 10 metros. Hoy en día su energía no tiene freno, cursos de computación con los que maneja paquetería e Internet, muchísimo mejor que yo. En los balnearios es la primera en arrojarse del tobogán y alentar a sus nietas a intentarlo, siempre es el alma de la fiesta y no para de bailar.

De pequeña solía pensar que era una mamá muy estricta, bastaba una mirada para que reinara el silencio, sin embargo, su disciplina, orden, valor, sabiduría, decisión e ímpetu han sido para mí cimientos y el mejor ejemplo para no desmoronarme ante la adversidad.

Quiero que sepas que vivo muy orgullosa de que seas quien eres. Eres el regalo más maravilloso que Dios me dio y aunque aún no me ha dado la bendición de ser mamá, debes saber que no eres mi madre por casualidad, Dios te escogió para mí.

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  • En abril de 1970, la boda civil.

  • En abril de 1970 a punto de firmar el acta de matrimonio civil.

  • En mi fiesta de cumpleaños, a un lado de vestido azul mi hermana mayor y atrás de ella de blusa roja, una de mis tías.

  • En casa de mis abuelos maternos conmigo en brazos, mi hermana en el columpio y esperando a mi hermano que ya quería conocer el mundo.

  • En el bautizo de mi sobrina más pequeña, con mi hermano, mi cuñada y sus nietas.

  • Con mis princesas, mis sobrinas queridas.

 
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