Si los escultores del renacimiento se hubieran inspirado en el futbol, el modelo seguramente habría sido Miguel Ángel Calero Rodríguez. Fue esculpido con el cincel de la ardua rutina de veneración al cuerpo humano. Sobresalió 190 centímetros de la superficie terrestre. Y acabó siendo uno de los miembros más destacados de ese extraño grupo de solitarios que resguardan el área del gol en la liga mexicana.