Está claro que en Estados Unidos no es realista pensar que un padre no pueda llegar a conseguir leche para su hijo, como pasa en muchos países sumidos en la pobreza. Lo vimos en Boston, ni en la peor de las emergencias. Pero lo que sí puede pasar es que sigamos perdiendo niños inocentes en manos de la violencia.
Alimentadas por conjeturas y saltos mortales de la lógica, las teorías conspirativas tienen un común denominador: hay un poder oculto - en este caso, el gobierno federal de Estados Unidos - que está detrás de los acontecimientos de una manera secreta, permanente, perfectamente encubierta, y que, sin embargo, ellos, los que saben, pretenden conocer.
La capacidad de reacción ante la tragedia que tienen los habitantes de esta nación es impresionante. Desde los paramédicos, bomberos y policías que corren sin dudar hacia el fuego, hasta los civiles que estaban, o pasaban, por azar, por el lugar de los hechos, todos se mancomunan en el fin de salvar vidas, en la causa de ayudar a los heridos.
La Maratón de Boston sufrió un ataque terrorista, dijo el Presidente Obama, y es verdad, aunque aún no sabemos si los terroristas son ciudadanos americanos o extranjeros, si sus 'ideales asesinos" son por políticas internas o externas, aún desconocemos muchos y dudo que algún día conozcamos la verdad, pero sabemos los nombres de los tres inocentes muertos y de los cientos de heridos, cuyo uno delito fue ir un día de sol a disfrutar una fiesta popular.
Hoy no puedo escribir como periodista sino como un ser humano que es madre, hija, hermana que pudo haber perdido a los que más ama durante el atentado terrorista en el maratón de Boston. Hasta el momento han fallecido cuatro personas, entre ellos un niño de ocho años que participaba, al lado de sus padres, y que nunca llegó a la meta ni imaginó que un día de deporte y diversión se convertiría en el último de su vida.