¡Ay! de aquel que ose hablar mal de nuestro México; pobre del que se meta con la bandera, o con la Virgen de Guadalupe, o con la Selección; no hay mejor banda que la de El Recodo y no hay escudo más lindo que el águila con el nopal. Porque el mexicano podrá ser muchas cosas, pero es, sobre todo, bien mexicano. ¿Hasta dónde? Eso lo decide cada quien; yo prefiero no aventurarme en adjetivos, no vaya ser que termine comprometida hasta las cachas.
Este 1 de julio millones de mexicanos que tuvieron que salir de su país forzados por las circunstancias, no por su propia voluntad, verán desde algún lugar de Estados Unidos cómo se decide el destino de su país en la elección presidencial. Aunque las leyes mexicanas les han reconocido su derecho a participar en este proceso, las autoridades no les brindaron las herramientas para hacerlo.
Quienes hoy celebran un paso adelante en la lucha por la realización de su sueño, deben tener en mente dos cosas: la primera, que la medida anunciada por Obama, lanzada convenientemente durante su campaña de reelección, no sustituye a la ley DREAM que aún está pendiente de ser aprobada en el Congreso, ya que no otorga la ciudadanía a los estudiantes. La segunda, que lo logrado hasta ahora se debe también al trabajo de aquellos dreamers que por alguna razón ya no sueñan más.
Cuando yo era niña odiaba el juego de las sillas musicales: ese en el que alguien ponía música, todos se paraban de sus sillas y corrían alrededor mientras alguien más quitaba una de las sillas; de pronto la música cesaba, todos debían correr a sentarse, y por supuesto, alguien quedaba sin silla. Así que para no quedarse en esa situación, uno tenía que correr de más, empujar a quien fuera, así se tratara del hermano o el amigo más querido, y pelear una silla a morir.
La primavera llegó a mi país. Llegó un año tarde, tras un letargo que permitió que le pasara de largo la "Ola Verde" de los países árabes, la primavera europea de los indignados y el vecino movimiento Occupy. Sin embargo ahora aparece, tímidamente primero y con el puño en alto después. Los jóvenes han tomado las calles para decir que tienen voz e ideas propias, y que aunque los políticos no los representan, de cualquier manera los tienen que oír.
Con la ironía que la vida suele lanzar a borbotones, justo dos días después nos llega la noticia de la partida del escritor Carlos Fuentes. Irónico es también que la última vez que charlé con él -tuve la fortuna de hacerlo en tres ocasiones-, haya sido justamente durante una visita suya a Los Ángeles programada por los organizadores de la feria del libro.
"Los políticos no van a cambiar, los narcotraficantes no van a cambiar, los que tienen el poder nunca, entiéndanlo, nunca van a cambiar. Si por ellos fuera se quedarían ahí de por vida. Para que las cosas cambien, los que tenemos que cambiar somos nosotros". La periodista mexicana Anabel Hernández habla con voz fuerte y de manera directa, sin medias tintas.