Recuerdo que cuando estaba en la Universidad me tocó tomar varios cursos de inglés. Reconozco que aunque me encanta, no soy muy buena con él, sobre todo pronunciándolo. Dos de los cursos para poder graduarse requerían de tener que pararse al frente de toda la clase y hacer varias presentaciones sobre diversos temas sociales. Grande era mi preocupación y los nervios ni se digan. Había noche que tenía pesadillas con la clase.
Ser almas con una experiencia humana implica que necesitamos de alimento espiritual y de motivación diaria para avanzar adecuadamente en esta excursión llamada vida. Por más libros que hayamos leído, conferencias y talleres a los que asistamos, terapias que tomemos, películas que veamos, hay situaciones o momentos en los que, como si fuéramos un celular se nos va la cobertura o nuestra pila se agota y es donde se hace necesario recargarnos nuevamente. Nadie, a menos de que haya alcanzado un grado de iluminación como el que vivió la Madre Teresa de Calcuta o el de Buda, vive un mundo color de rosa, pero si elegimos vivir motivados, la mayor parte de nuestra existencia puede ser muy placentera.
Ver el trabajo como una cruz sobre nuestras espaldas es una de las rutas más directas al autosabotaje. Me da pena y coraje esa frase. Imagino que proviene de una inmensa frustración. Para todos nosotros el trabajo llega a convertirse en rutina, seamos editores, cantantes, taxistas, profesores de yoga... Pero en la vida debemos hallar la felicidad en lo que hacemos y tenemos o, de lo contrario, hundirnos.