Una lluvia de monedas caía por toda la palestra de la Arena Nacional. Entre el ring side y el cuadrilátero estaba Paco Cabañas, un muchacho menudito que no perdía las esperanzas. Era boxeador amateur de peso mosca. Se emocionaba, sonreía, disfrutaba y se comprometía con sus paisanos. Le faltaban cuatrocientos pesos para poder viajar a Los Angeles, California. Todos los ahorros de su madre los traía en la bolsa. Eran trescientos pesos y el viaje en tren costaba setecientos. Cuatro años antes se había hecho una promesa irrompible, de honor, la prueba más grande de su vida: competir en los X Juegos Olímpicos.