Llamó mi atención un texto de Adam Gopnik en la BBC sobre las curiosas manías en el comportamiento social en Reino Unido, Estados Unidos, Canadá y Francia, haciendo énfasis -un tanto cómico- sobre los estereotipos y como moldean la visión de los ciudadanos en esas naciones. Pensé inmediatamente en cómo vería el autor a los mexicanos, y obviamente también en que podría escribir al respecto.
Este domingo 17 de febrero miles de personas se congregan en Washington, DC durante la manifestación Forward on Climate para exigir acciones puntuales que permitan enfrentar la amenaza del cambio climático.
Poco a poco, y sin que apenas se haya notado, ha venido surgiendo una cultura hemisférica más allá de las tensiones retóricas a la que nos tienen acostumbrados los principales medios de comunicación; una cultura que se muestra sensible a la diversidad cultural del norte y del sur y explora espacios de comunicación mucho más efectivos - y afectivos- que las cumbres anuales y las relaciones diplomáticas.
Mi Tío Miguel murió en 1987. Tenía 31 años; yo tenía seis. En los 25 años desde su muerte, yo crecí escuchando una historia en particular acerca de mi tío: era un hombre brillante. Un tipo que siempre lograba escaparse de los líos con su encanto, y cuya dulzura evitaba que nadie quisiera torcerle el pescuezo. Escuché el cuento de cómo se fugó de casa a los 15: se montó en un avión, y voló de San Juan a Florida donde se apareció en el portal de unos amigos de la familia.