A sus 16 años, Guillermo era el tercer mejor nadador de resistencia del mundo. Había dejado la escuela y sólo terminó la secundaria. Su padre, Manuel, se la jugó con él. "Era mi amigo, era mi compañero, era mi fuerza, era mi espíritu", recuerda el nadador. Los mil 500 metros libres representaban la prueba máxima de la natación.