Cuando yo era niña odiaba el juego de las sillas musicales: ese en el que alguien ponía música, todos se paraban de sus sillas y corrían alrededor mientras alguien más quitaba una de las sillas; de pronto la música cesaba, todos debían correr a sentarse, y por supuesto, alguien quedaba sin silla. Así que para no quedarse en esa situación, uno tenía que correr de más, empujar a quien fuera, así se tratara del hermano o el amigo más querido, y pelear una silla a morir.
Se suponía que iba a ser una visita "segura", en la que Enrique Peña Nieto cosecharía aplausos y porras de los estudiantes de la Universidad Iberoamericana, en su mayoría "niños bien", hijos de funcionarios y empresarios beneficiados por el estatus quo. No había razón alguna para temer que algo inesperado podría ocurrir.
El debate no dio para un ganador, ni siquiera para advertir alguna modificación en las encuestas. No hubo propuestas definidas de gobierno, ni ataques abiertos. A Peña Nieto pudieron aniquilarlo con su falta de preparación académica, a Josefina con su adolescencia política y AMLO pudo ser más combativo.