Margaret Thatcher siempre tuvo lo necesario para ser líder donde quiera que se parara. En su apodo de tres palabras llevaba una descripción perfecta. En ella no cabían los titubeos ni las vueltas atrás cuando tomaba una decisión. Era una mujer que mandaba con la fuerza propia del hombre y con la convicción de la mujer que ordena cada pieza de su entorno con precisión milimétrica. Su ADN resultaba tan transparente que bautizarla como Dama de Hierro fue más una consecuencia que un acto de inspirada creatividad.