Recuerdo perfectamente uno de esos momentos. Estaba sentada en un restaurant en el centro de Los Ángeles. Era cerca de la hora del lunch y yo estaba haciendo tiempo para ir a una entrevista de trabajo. En el aire se respiraba el bullicio de la ciudad, hombres y mujeres en trajes muy arreglados que se dirigían a sus oficinas. Mientras disfrutaba de un helado de vainilla pensaba: "yo quiero formar parte de esta ciudad, quiero estar del otro lado trabajando y viendo la ciudad desde el punto de vista de alguien que vive y trabaja aquí".
Hace menos de un año tuve oportunidad de estar en una conferencia del Dr. Robert Holden. Antes de escucharlo yo no tenía idea de quien era, pero un par de horas escuchándolo bastaron para comprara tres de sus libros y me convirtiera en un fiel seguidor de su obra. Pocas personas me han impactado tanto con su trabajo, a tal grado que algunas de sus propuestas influyeron en uno de los capítulos que escribí en mi primer libro y ahora forman parte importante del contenido que manejo en los talleres que imparto.
El arte sí cambia el mundo, para bien o para mal. El poder de las imágenes y las ideas representadas en símbolos, metáforas y sonidos tienen la capacidad de inducir los sentimientos y las emociones de los seres humanos. Cuando esas sensaciones no se comprenden y no se dialoga con ellas, el individuo se desconcierta, su cuerpo reacciona, no piensa, pero actúa. Los antiguos de cualquier civilización sabían esto perfectamente y de ahí el cúmulo de historias y mitologías que elaboraron para explicarse el mundo. Dos casos recientes nos han dejado espantados: el tiroteo en Aurora, Colorado, y la masacre en Libia, donde falleció el embajador Christopher Stevens y otras personas de ambos países.
Las personas tenemos la característica de ser únicas e irrepetibles tanto en apariencia como en pensamiento, no sucede así con los animales. Aún cuando las personas conservamos poderosas similitudes derivadas de nuestra raza, cultura y personalidad, tenemos la capacidad de percibir y de responder de manera particular a estímulos que recibimos. Pero es precisamente de nuestras diferencias, que surgen muchos de los conflictos que padecemos en cada sistema social del cual formamos parte, comenzando por la familia. Aprender a vivir con el propósito ser felices y contribuir a la paz y felicidad de los demás, es una actitud que se genera mediante pensamientos y conductas adquiridas y esa rama del conocimiento se denomina Espiritualidad.
Hace unos años estaba sentada en una plaza tranquila del barrio barcelonés de Gràcia. Era una tarde de otoño en la que intentaba encontrarle el sentido a los cambios, no tan recientes, ocurridos en mi vida profesional. Sopesaba los pros y los contras de mi decisión de haber vuelto a España, dejando atrás una carrera que me apasionaba en el periodismo digital.
Ver el trabajo como una cruz sobre nuestras espaldas es una de las rutas más directas al autosabotaje. Me da pena y coraje esa frase. Imagino que proviene de una inmensa frustración. Para todos nosotros el trabajo llega a convertirse en rutina, seamos editores, cantantes, taxistas, profesores de yoga... Pero en la vida debemos hallar la felicidad en lo que hacemos y tenemos o, de lo contrario, hundirnos.