Una llamada le cambió la vida hasta llevarlo a querer deshacerse de ella. Cuando levantó la bocina le informaron que su hijo Alexander Arredondo, marine combatiente en la guerra de Irak en 2004, había muerto. Carlos Arredondo colgó y tomó una decisión sin retorno. Se encerró en su furgoneta con veinte litros de gasolina y le prendió fuego con una antorcha de propano.