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"El hijo del sol"

Publicado: 09/10/2012 12:10

roberto manrique

Mi padre tenía 65 años cuando le diagnosticaron cáncer en el pulmón, y le dieron dos años de vida. Sus palabras con las que nos transmitió su postura al respecto son, seguramente, la mayor lección que he recibido: "Ya les enseñé a vivir, ahora les voy a enseñar a morir"... Cumplió su palabra.

Se me dificulta mucho describir a mi padre, o mi versión de él, pues encarnaba una dualidad casi contradictoria. Tenía un carácter estoico, una sabiduría aguda, una inteligencia impresionante y también una cierta ingenuidad con la que podía embarcarse en un proyecto nuevo lleno de ilusiones como un niño. Fué un gran cardiólogo, un político importante. Un hombre respetado y admirado. Profesor y maestro de muchos. En la Universidad en la que dictaba clases se ganó el apodo de "El hijo del sol", aún no tengo claro si era por su presencia, su cabellera o la seriedad que inspiraba.

Soy el último de sus cinco hijos, mucho menor que mis hermanos, así que del exitoso cardiólogo, del importante político y del gran maestro de Universidad, vi poco. Sentí su reminiscencia y sabía al respecto, pero lo que yo viví, son otras grandes lecciones, enseñadas con el ejemplo, no siempre de la decisión correcta.

La administración no estaba entre sus cualidades, por lo que nunca acumuló fortuna. Pero la riqueza de aprendizajes que heredé es invalorable. Mi padre empezó de cero tantas veces, que no recuerdo.

Fue vendedor de bazar, dueño de un local de hamburguesas, trabajó en bienes raíces, se aventuró a tener un restaurante popular de almuerzos en el centro de al ciudad. Fué hasta pescador. El respetado cardiólogo, "El hijo del sol", se montaba en una pequeña canoa como un pescador más y mi hermano adolescente, para adentrarse en el mar a pescar por las noches.

Hay historias que no conozco bien, por ejemplo aquella sobre como tenían que advertirle a las grandes embarcaciones que se avecinaban, con tan sólo una pequeña linterna titilante, rogando que los vieran y pudieran esquivarlos, pues la pequeña canoa no tenía la capacidad de esquivar más que la desesperanza. Me contó alguna vez mi madre, que mi papá visualizaba que en el futuro tendría muchas canoas a su servicio, haciendo de este pequeño y arriesgado emprendimiento una próspera empresa.

El negocio de la pesca no creció. El bazar no duró demasiado. Y el restaurante lo tuvo que cerrar porque sufrió una parálisis en la mitad de su cuerpo por un stroke, del cual se recuperó, y siempre siguió adelante.

A los tempranos sesenta decidió retomar la práctica médica y montó su sencillo, minucioso e impecable consultorio cardiológico. Recuperar sus pacientes no era tarea fácil. Algo que se busca siempre con un doctor es continuidad en el tiempo, y en su época de auge, sus constantes participaciones en política le hicieron ir perdiendo gradualmente la fidelidad de sus pacientes. Sin embargo, una vez más, irradiaba el convencimiento de que podía empezar de cero (otra vez) a los sesenta y pico. Con la misma ilusión encantadora de siempre. Ilusión inocente y a la vez determinante.

Entonces llega el cáncer. Habiendo dejado de fumar 14 años atrás, las decisiones del pasado y la oportunidad de aprender del presente se manifiestan en su cuerpo en forma de un tumor maligno enorme en su pulmón. Devastador.

Recuerdo al oncólogo amigo dándole la noticia a mi madre mientras se quebraba en su hombro y ella lo consolaba. Con la quimioterapia y la radioterapia respectiva, se esperaba que podría
durar dos años más con vida. Entonces llegó el mayor regalo, la más valiosa herencia que me pudo dejar, esas palabras que retumban en mi memoria y me invitan a ver la vida de una manera distinta desde que las oí, desde que las sentí, y que siempre me animo a repetir: "Ya les enseñé a vivir, ahora les voy a enseñar a morir".

Su fortaleza era impresionante, su capacidad para aguantar el dolor, su casi inexistente permiso para la queja. Pero lo que recuerdo como su mayor arma de combate era su humor. Encontrar un motivo para reír hasta en las situaciones difíciles es una característica de mi familia. Y esta fue una oportunidad para ponerlo en práctica.

Encontraba chistes hasta en los momentos más duros y dolorosos, muchos no eran graciosos, pero su intención y visión positiva hacían que encontrara la forma de darle un giro, un remate, un juego de palabras que convertían la pesadilla, en sonrisa.

A punta de estoicismo, humor y deseo de conocer a sus nuevos nietos a medida que mis cuñadas se embarazaban, mi padre vivió cinco años, tres más de lo esperado. Fue una maravillosa oportunidad que se nos dio para decirnos lo que había que decirnos. Perdonar, preguntar, abrazar, compartir y sanar lo que había que sanar. Yo no creo que he resuelto todos mi asuntos con la figura paterna, pero sin duda esa época sirvió para amarlo en su máxima expresión y entender que lo que me falte por resolver, ya no es con él.

Recuerdo estar en terapia intensiva, a pocas horas de su muerte, con mi padre acostado y ya con los ojos cerrados. Iba a usar la palabra inconsciente pero no me animo a asegurar su falta de consciencia, pues con una de mis hermanas diseñamos un juego que me hace pensar que estaba aún, muy con nosotros. Ese juego consistía en cuál de nosotros lograba subir más sus signos vitales, medibles gracias a las máquinas y sus sonidos, a punta de palabras de amor susurradas al oído. Nunca supe qué le dijo, pero perdí por mucho. Sin embargo fue una última oportunidad para agradecerle por tanto y darle paz en la recta final. ¿O inicial?

Para entonces, yo estaba estrenando unas medias que tenían un sapo con una corona que iba acompañado con la leyenda: "Pero sigo siendo el rey", en cuanto se las mostré a mi familia decidimos que era el atuendo perfecto para la ocasión, se las pusimos y así despedimos a mi
padre.

Un 14 de septiembre dejó esta tierra como todo un Rey, un guerrero, un niño, un alma que me enseñó que todo es una oportunidad para empezar de nuevo, para crecer, que nada se acaba y que siempre hay una forma de seguir adelante, aún más allá de la muerte.

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