Roberto Alvarez-Quinones

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Cuba mira de reojo hacia China

Publicado: 18/05/2012 07:00

Con la incertidumbre sobre el futuro de Hugo Chávez debido a su enfermedad -cuya gravedad él disimula bien-- y ante la certeza de que cualquier hallazgo grande de petróleo en las aguas cercanas a Cuba no podría dar frutos económicos al menos hasta 2015, una parte mayoritaria de la cúpula castrista comienza a mirar de reojo hacia China.

Y digo que mira de reojo porque los más pragmáticos dentro de la gerontocracia dictatorial no le pueden decir abiertamente a los hermanos Castro que hay que acercarse al "socialismo de mercado" chino, el mismo que Fidel ha calificado de "traición al socialismo" durante tanto tiempo.

Pero no tengo que hacer mucho esfuerzo para imaginarme a los jerarcas del régimen asustándose unos a otros con la posibilidad de que estalle en cualquier momento la bomba de tiempo que a todos ellos horroriza: si Chávez muere antes de las elecciones de octubre próximo y el chavismo sucumbe se acabarán los subsidios que mantienen a flote la economía cubana y a ellos disfrutando de la "Dolce Vita".

No hay mucho consuelo tampoco en el caso de que el teniente coronel participe y gane las elecciones, pues lo más probable es que muera en el cargo después y cualquiera que sea su sustituto reducirá el enorme nivel de subvenciones venezolanas a Cuba. Los casi $10,000 millones de dólares anuales que vuelan desde el Tesoro venezolano hacia La Habana constituyen un escándalo nunca visto en la historia latinoamericana y ha sido sólo posible por decisión muy personal de Chávez, quien además de haberse enamorado del castrismo gobierna a Venezuela cual monarca absoluto del siglo XVIII.

El fin de la "revolución bolivariana" tendría para Cuba el efecto de un tsunami que hundiría a la ya ruinosa economía isleña en una crisis devastadora. Por eso, sin hacer mucho ruido, el gobierno podría dar algunos pasos adicionales al que ya dio en enero último para aplicar en la isla una versión "light" del capitalismo de Estado chino.

Hace algo más de tres meses, con motivo de la visita a La Habana de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, la compañía privada brasileña Odebrecht anunció un acuerdo con el gobierno cubano para administrar durante 10 años la mayor fábrica de azúcar de la provincia central de Cienfuegos, con el objetivo de "aumentar su capacidad de producción y ayudar a la revitalización" de esa industria, según dijo dicha empresa.

Constructora Norberto Odebrecht, fundada en 1944 en el estado brasileño de Bahía, con inversiones por $50.000 millones a nivel mundial, es un gigante transnacional de la ingeniería y la construcción, la industria azucarera, etanol, química, petróleo y gas, bienes raíces, e infraestructuras. En esta última actividad ejecuta el proyecto portuario del Mariel, a 42 kilómetros de La Habana, que a un costo de unos 800 millones de dólares será la única terminal marítima moderna de Cuba.

Odebrecht se convirtió así en la primera gran compañía capitalista en entrar en la estatal industria azucarera cubana, que fue desde fines del siglo XVIII hasta los años 50 del siglo XX la mayor exportadora mundial, pero que gracias al castrismo hoy produce tan poco azúcar que debe importarla para cubrir el consumo doméstico y los compromisos de exportación con China.

Debería ser humillante para el "honor" socialista de los Castro el tener que poner en manos capitalistas extranjeras la operación de fábricas de azúcar para que sean eficientes. Cuando eran propiedad de hacendados criollos -en 1958 tenían 122 fábricas y producían el 62% del azúcar cubano--se contaban entre las más eficientes del mundo.

Por cierto, nunca me cansaré de repetir que, según estadísticas de la ONU, en 1958 Cuba tenía un ingreso per cápita de $356 dólares, el doble que el de España y similar al de Italia, y producía el 81% de los alimentos que consumía. Hoy la isla se ubica entre los cuatro países más pobres de Latinoamérica y produce sólo el 20% de los alimentos que consume. Ese mismo año la isla produjo 60,000 toneladas de café, del que era un gran exportador, y en 2012 produjo sólo 7,000 toneladas.
El gobierno importa café de Vietnam y lo mezcla con chícharos tostados para cubrir el consumo nacional.

Parecido, no igual

Por supuesto, los Castro copiarían sólo una parte del modelo chino: reprimir igualmente todo intento de oposición política, pero sin liberar las fuerzas productivas tanto como lo hizo Beijing. No visualizo a Raúl Castro, a Fidel, Machado Ventura, o Ramiro Valdés, diciendo que "enriquecerse es glorioso" , la consigna que enarboló Deng Xiaoping cuando inició las reformas en el país asiático.

La clave de todo esto es que asociarse con capitalistas extranjeros, sean brasileños o marcianos, es fundamental para los familiares de los dirigentes -incluyendo la familia Castro--, los generales, coroneles, directores de empresas estatales, administradores de restaurantes y otros centros de servicios, que ya se preparan para convertirse en la nueva burguesía cubana. Ya lo están haciendo, aunque en una pequeña escala debido a la alergia severa de los Castro al capital extranjero.

Todos quisieran ser como los prósperos empresarios privados chinos, que hacen negocios protegidos y apoyados por el mismo Partido Comunista de Mao Tse Tung que antes prohibía la propiedad privada. Y cuando los Castro ya salgan del escenario -por razones biológicas--, estos burócratas harán igual que los exdirigentes comunistas en Rusia y Europa Oriental, que se convirtieron en los dueños de las empresas estatales privatizadas.

En fin, que la fórmula para pasar de funcionarios comunistas a millonarios, sin dejar los privilegios que da el poder político, es aplicar una versión restringida de ese capitalismo de Estado que Beijing insiste en llamar "socialismo con características chinas", y que Hanoi prefiere denominar "Renovación" (Doi Moi).

Sin embargo, pese a la necesidad de "aflojar" la mano lo antes posible en materia económica, la voluntad de hacerlo choca aún con la fuerte resistencia de los hermanos Castro, sobre todo de Fidel. El ya no manda oficialmente, pero "orienta", "sugiere", y aprueba o veta planes. Y Raúl obedece siempre -como ha hecho desde que eran niños--a su héroe y paradigma.

Apuesto a que el comandante arguye que "no hay que precipitarse". Siendo ateo, espera que un milagro cure a Chávez, o le prolongue la vida hasta que las prospecciones petrolíferas comiencen a llenar las arcas del régimen.

No obstante, ni Fidel ni Raúl pueden ya impedir que sean cada vez menos disimuladas las miradas hacia Beijing. Todos, tirios y troyanos, saben que, como descubrió Newton, toda fruta madura tarde o temprano cae al suelo.

 
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