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Raul Caballero

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Muros y puentes: Un nido (encantador) en el árbol portentoso de los Stones

Publicado: 21/11/2012 13:26

stones

(carta con Black and Blue de fondo) Para El Lobo, Raúl Alberto. El amigo hermano.

Asumo que tú ya sabes todo esto, ya que los Rolling Stones te acompañan indefectiblemente, pero haré el repaso: Black and Blue es un álbum lanzado en 1976. ¿Quién requiere que se cumpla una fecha redonda para conmemorarlo? Hoy es otro buen día para sacarlo. Se destaca por ser el primer álbum de estudio de la banda luego de la partida del guitarrista Mick Taylor (lo recordaste en mi pasada visita a Guanatos). Este disco también se distingue por ser el primero en que aparece Ronnie Wood quien luego quedaría como miembro definitivo de los Stones.

Minucias y retazos que aparecen como pretextos de las curiosidades. Intereses de los espíritus que atisban a través de las distracciones. Los Stones habían regresado a Múnich, Alemania, (lugar de la grabación de It's Only Rock'n'Roll que tantos buenos momentos nos brindó en mi vieja casa de la Calle 38) y comenzaron a trabajar en su siguiente álbum con Jagger y Richards como productores. Era diciembre de 1974, poco antes de que yo llegara a Guadalajara, donde habríamos de celebrar la amistad. Viene enseguida la separación de Taylor, luego de cinco años con el grupo (entró a la banda en 1969 para ocupar el lugar de Brian Jones, se fue en 1975). La idea de Black and Blue aparece en Rotterdam donde la banda audicionaba guitarristas. La anécdota que he leído menciona que entre los aspirantes acudieron Jeff Beck, Rory Gallagher, Harvey Mandel, Wayne Perkins, Peter Frampton, y Ron Wood, al final sólo Mandel, Perkins y Wood aparecerían en el álbum.

Se explica en la Wikipedia que por exceso de trabajo pospusieron el lanzamiento pero entre tanto compilaron Made in the Shade. Antes de concentrarse de nuevo en Black and Blue --que fue concluído en febrero de 1976-- se especulaba que sin el sonido que Taylor había aportado la banda perdería su sello estilístico. No fue así. Pese al bajón que significaban las broncas de Richards por las drogas, ascendieron a una etapa muy productiva. Así llega Black and Blue. ¿Pero, me dirás, para qué este acopio de trivialidades si ahí tenemos la música?, bueno, la respuesta es que en ellas se forman estas palabras que de otro modo se quedaban en el silencio, diluyéndose neciamente como una escultura de hielo. Se trata de un divertimento que acaso por desentrañarse en las profundidades de la majestuosa producción del grupo tiene ciertos borbotones de ternura, requiebros minerales fosforescentes en una naturaleza umbrosa. Vale la pena una revisión que le impregne honores con sus destellos reminiscentes al entretenimiento. Las conversaciones por teléfono son aún más efímeras y van de un lado a otro, si acaso en alguna de ellas se acuñarían frases cortas o sueltas como "es un disco lleno de ocio" o "es el reinicio a partir del desenfado". Pero es cierto: es un buen álbum. En su momento no fue considerado un gran álbum pero definitivamente es uno de mis favoritos por lo que tiene de elemental, con esa calidez de nido en el árbol portentoso, monumental, que es la obra de los Rolling Stones. En él el viaje se renueva. Es reposo en la esencia musical. Es el canto a la música, es la noción del vuelo, tocan para bailar, para gozar en el origen de la felicidad. Por eso te lo regalé y por eso estos apuntes, ahora que lo traigo conmigo (de nuevo estos días) en el camino.

Pon el disco. Aquí voy otra vez. Su contenido conserva una variedad rítmica que bajo el estilo --acaso sea mejor apuntar bajo el embrujo-- de los Stones, se vuelve única. Va del funk al reggae y del rock clásico al jazz. En los setenta se configura con discos como éste lo que hoy seguimos llamando "rock clásico". Comienzan a grabarlo a la siguiente noche de que Taylor se va, en Múnich, y lo culminan un mes después en Rotterdam, Países Bajos. Las audiciones se complementan con las sesiones de grabación y las sesiones de grabación se completan en el más pleno recreo. Con los ya mencionados se divierte también Billy Preston, quien propone uno de los ocho tracks, Melody, que la banda acepta jazzear. Preston va al piano y Ollie Brown en las percusiones (Brown trabaja en esos años muy cerca de Preston, percusiones y batería, y acompaña a los Stones en sus giras). Uno le da vuelta a las épicas páginas y encuentra el otro lado del regocijo que sus discos producen. El periodista de rock, Bud Scoppa, ha señalado que la vibra inicial del álbum se identifica por la influencia de James Brown en el rhythm de la guitarra de Richards y con el ritmo que atrapa Charlie Watts empujan a las hondonadas del funk de Hot Stuff.

Hot Stuff es el primer tema, compuesto por la dupla Jagger-Richards, y destacan Harvey Mandel en la guitarra y Billy Preston en el piano. De las ocho piezas seis son escritas por Jagger-Richards, salvo Melody (Preston) y la sorprendente Hey Negrita (Wood). Una síntesis de los señalamientos de Scoppa (en un especial de Uncut Magazine del invierno pasado) y algunos añadidos que tomo de Lucrecio Petra (en Bleed Magazine, febrero, 2011) me ayudan a bosquejar que Hot Stuff es una de las grandes canciones de los Stones porque alcanza tonalidades grooves, esa esencia funk que hace danzar desde el corazón; le da el paso a Hand of Fate, en la que entre Perkins y Richards mantienen la sensación de movimiento, un vaivén de lo hondo y visceral al florecimiento que viene creciendo desde la primera pieza, una cadencia sensual y sabrosa que hilvana todo el álbum y en esos abismos grooves se suelta Cherry Oh Baby, un intenso y amenísimo reggae jamaiquino. Black and Blue está marcado por la entraña del R&B de los sesenta. El Lado Uno lo cierra una deliciosa Memory Hotel con Jagger y Richards alternándose el liderazgo vocal. Las actitudes de la banda y su espíritu de terneza y a la vez descontento permean esta balada que alcanza márgenes conmovedores, siete minutos que recorren siete días, diez mil millas, quince estados, la vida en el Memory Hotel... y Hannah... una dulzura de chica. Sha la la la la... Y entonces el Lado Dos que es, dice Scoppa, un espejo de su contraparte... y mira que sí lo es, las primeras dos piezas traen su carga de loca y rica cachondería, Hey Negrita (inspiración de Ronnie Wood) y Melody desplazan sus R&B y jazz con rítmicos torrentes plenos de celebración y gozo y desembocan en otra gran balada, para mí lo mejor del disco: Fool To Cry donde nuestras niñas (nuestras hijas), nuestras mujeres, nuestros amigos nos dicen que somos unos tontos por llorar. Ya lo ves. Y la parafernalia de los recuerdos: I'm a fool hijita: Besito a papá. Una pieza en medio de un movimiento, de un tempo, leeento, tanto que es digno de tanta memoria. Así alcanzan el final con Crazy Mama, una gruesa y clásica pieza cuyo soul es lo macizo del rock de los Stones.

Sí, en la hora de los repasos encontramos que es un disco de cinco estrellas, sus piezas mantienen el reconocimiento de cuatro y cinco estrellas en una escala del uno al cinco clasificada por Uncut, igual que todos sus antecesores, desde aquéllos hits que uno aún tararea al manejar (Route 66, Carol y Walking the Dog o Susie Q y Ruby Tuesday), y luego los días de histeria y sicodelia, y entonces más consistentemente entre Beggars Banquet (con su Sympathy for the Devil que solías, por cierto, interpretar libremente entre eructos y tics sarcásticos), pasando por Let it Bleed (Gimme Shelter, maestro, You got the Silver, ¿pero cuál no?, la misma Let it Bleed), en fin Sticky Fingers, Exile on Main St., Goats Head Soup... ya una década después de los comienzos y a punto de llegar a Black and Blue. Cada uno de esos discos anteriores, dicen-los-críticos-citados, alcanzan niveles épicos. La leyenda ya está sellada.

Los Stones para este Black and Blue que nos concierne se instalan en un estadio de esparcimiento, acaso por eso uno se la pasa tan bien escuchando este disco con el cual sin pretenciones de epopeya sus creadores nos entretienen y regocijan hasta la pinche médula con eso que los músicos llaman riffs, sus bases rítmicas aquí tan melódicas, tan variadas, un nido construido ricamente con muy diversos materiales. Se sienten como un grupo brillando en la cochera (para llevar la imagen fuera de los límites de las obligaciones comerciales y volver al cascarón del principio), sin compromisos, inteligentes, como si hubieran captado uno de esos momentos que en ciertas sesiones prenden y el talento se eleva y los músicos lo disfrutan, con la providencial casualidad de que lo hallado en las sesiones para Black and Blue lo grabaron en el estudio para beneplácito mío y acaso tuyo y de muchos más. Así entonces los Rolling Stones a sus 50 abriles con decenas de discos y otras tantas de grabados en vivo, recopilaciones, rarezas y miscelánea hasta su A Bigger Bang, llegan por encima del tiempo. Cuando salió Black and Blue, se dice, fue desatendido e incluso subestimado, hoy no hay duda que nos guarda y depara lo que de interminable tiene un álbum encantador, desprejuiciado, en el memorable universo de los Stones.

(Sus escuchas, de cierto, ya cuentan la última recopilación --GRRR!-- con sus novedades, maestro, One More Shot y Doom & Gloom... el gruñido del boom a la hora de la del estribo: ¡Salud!).

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