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Pedro García Domínguez

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Crónicas de Mogarraz: Borges

Publicado: 15/11/2012 12:20

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Llegó Jorge Luis Borges a Madrid, por última vez, dos años antes de extinguirse. En un momento cruel de la vida de Luis Rosales. «Nadie ha tenido nada si no lo sigue teniendo», sentenció y fue entonces cuando comenzaron a caérsele los palos del sombrajo. Para Luis, el eccema del labio superior era «la calentura del cuadro y de los libros». Y es que súbitamente su 'Resurrección', se había tornado 'Cruz'. Su inmensa biblioteca en, 'La Casa Encendida' de Altamirano, había sido 'cedida', precipitadamente, a la Junta de Andalucía por iniciativa de María, y su rica colección de cuadros, comenzaba, impacientemente, a ser 'transferida'. Así, sin dar tregua a su desolación llegó Jorge Luis Borges.

Borges decidió hospedarse en el grandioso Colegio Mayor Argentino, de Martín Fierro en la Ciudad Universitaria. En esta residencia, vivía su paisano, el paciente filólogo Luis Martínez Cuitiño. Por estar con él se quiso albergar allí. Pero quien lo acompañaba era su querido amigo Marcos Ricardo Barnatán, señor del 'Talismán'.

Lo curioso es que su repertorio era de cinco conferencias, aunque distintas, añadiendo u omitiendo, según el hilo del decurso fluía, con una facilidad asombrosa y placentera. Borges carecía de la apoyatura de la mirada afable del espectador, pero tenía esa fecunda mirada interior que no se desvía ni un ápice de su sendero, que poseen quienes han trocado la visión, por el don de la videncia --como Homero y Joyce--.

Pocas personas he conocido con la amena erudición de Borges, lector implacable políglota y polígrafo. Se expresaba con insólita y paralizante propiedad en conversación arriesgada. Finamente susceptible y dispuesto a pulverizar sutilmente a su interlocutor. Su expresión --oral o escrita-- no está sujeta a ley alguna, ni siquiera a la Ley de la Gravedad. Puede convertir sin miramientos la realidad en mito y el dogma en leyenda, incluyendo su biografía. No solo Dios escribe con renglones torcidos, Borges también. Pero, qué te voy a decir que no sepas.

Pero voy a intentarlo:

Solía Luis Rosales, después de las conferencias, almorzar o cenar en `El 4' --un restaurante, situado en Buen Suceso, 4; frente al Corte Inglés de Princesa, donde otrora se reuniera la Generación del 27--. Nos acompañaban Félix Grande, Onetti, Alberto Porlan, Luis Martínez Cuitiño y Pepe Hierro. No sé cómo, pero Borges, recurrente, lamentó la liviandad de la literatura española, exceptuando a Per Abbat, Quevedo y Cansinos Asens. Félix Grande y Paca Aquirre abogaron por algunos otros y, de paso, por Antonio Machado. Recuerdo que Pepe Hierro y yo íbamos por nuestra segunda botella de rioja y apuramos la copa, antes de que se desplomase el techo. «Don Manuel... ¡Qué gran poeta, y qué injustamente ignorado en España...!» dijo Borges. «Me refiero--terció Félix-- a don Antoni Machado». Aquí, se desplomó el techo: « ¿Ah, pero Manuel tenía un hermano?» Espetó con aplomo Borges, traviesillo, él. Luis desvió la conversación, pero no lo suficiente. Borges se había adueñado de la situación y no estaba dispuesto a irse de rositas. Estas situaciones tensas y vidriosas le fascinaban. Le encantaba provocar, y, en este campo, para él, lo más sagrado era pura falacia; fácil presa para la voracidad de su ingenio --que le había costado el Nobel desde hacía tres decenios--, sintió la necesidad de añadir: «Los admiradores de Federico García Lorca son unos desagradecidos, pues gracias al general Franco, que lo fusiló, no es un desconocido...» Nos quedamos pasmados, y Luis daba sorbitos a una copa de vino en el vacío, respirando profundamente concluyó: «Bueno, creo que se está haciendo tarde...».

Luis Martínez Cuitiño y yo acompañamos a Borges dando un paseo por el Parque del Oeste. Hablamos del 'esplendor' del 'Zohar' y del 'Safer Raziel HaMalach'; de la Cábala de Gershom Scholem; de los símbolos alquímicos de El Bosco y del sufismo de Idries Shah. Guardo el recuerdo de esa conversación luminosa, como algo sagrado, en lo más profundo de mi memoria y de mi corazón.

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