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Pedro García Domínguez

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Crónicas de Mogarraz: Latidos (I). Alberto Gómez Font

Publicado: 27/11/2012 07:58

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Conoció el sufí Dris Pashá a Alberto Gómez Font en el restaurante «Es Grop» de Cala Millor, en la isla de Mallorca, donde el indio, los martes atendía sus consultas sobre la mística sufí. Llamole la atención el porte noble de Alberto, sus refinados ademanes. «Es él» --se dijo--. Hízole llegar un mensaje, invitándoles, a él y a su inseparable Calu, a su masía, para cenar, cualquier día de la semana.

Llegaron a casa de Dris Pashá a las nueve de la tarde. Aún calentaba el sol estival. Dris les presentó a Amina, la periodista tetuaní de la MAP, Amina Harraq, acompañada de un mancebo de aspecto inquietante, Saíd al Masri, el magnate de las babuchas de tafilete más famoso del Magreb. Alberto se ofreció a prepararles unas combinaciones, un 'dry martini' parecía lo adecuado a esa hora, pero sus anfitriones eran abstemios. Discurrió la velada entre sonrisas, afablemente, pero a medida que transcurría el tiempo se fueron relajando las mentes y los modos.

Calu, sagaz y silenciosa, advirtió cómo Alberto era cada vez más solícito con la bella e inteligente Amina, aunque sabía que este gesto era un movimiento reflejo de coquetería, tan inofensivo como inevitable. También advirtió cómo Dris, implacable y delicadamente, llevaba la conversación a un terreno desconocido, ostensiblemente interesado: preguntas que, con imperceptible amabilidad, se interesaban por la vida de Alberto, que halagado, satisfacía con largueza.

Terminada la cena se retiraron a un salón acogedor, cuyo mirador daba a la cala. Alberto y Calu apuraban sus copas, mientras Masri, Amina y Dris bebían sendos tés. Calu observó con interés cómo Dris, aceleraba su tarea inquisidora, se veía abocado a una explicación. Así fue.

Arrellanados en los cómodos sofás, Dris Pashá relató cómo en Simla, su ciudad natal, en la India, en 1944, tenía él 20 años, conoció al lama budista, Yah Seh, que aun a sabiendas de que era musulmán trató de iniciarlo en la gnosis reformista del Budismo Mahayana. De todo lo que le contara, lo único que le turbó fue lo relativo a la metempsícosis: no comprendía la preocupación de Yah Seh por la transmigración de las almas ¿Qué importancia podía tener en qué orden animal o especie natural podría reencarnarse un alma después de muerta? Llegó, en soliloquios, a la conclusión de que lo que él podría interesarle era la 'retromigración', es decir, qué habrían sido en sus vidas anteriores.

Calu, Saíd y Amina estaban perplejos, mientras Alberto se afanaba, sin perder el hilo de la conversación, en preparar unos tragos: a Calu y a sí mismo un 'whisky Sour', a Saíd un «Cuba Libre», a Amina y Dris Pashá unos jugos frutales aromatizados con agua de azahar. Todo esto lo hacía sin el más mínimo ruido,, sin turbar la paz, que en ese ambiente mágico comenzaba a reinar.


Dris Pashá estaba seguro de que había encontrado en Alberto al hombre que buscaba. Había caído en sus manos un ejemplar de una extraña revista, 'El Canto de la Tripulación'. Atrajo su atención un cuento un tanto lúdico, situado en Tánger y firmado por un tal Alberto Gómez Font, y pidió que le consiguieran todos los números de dicha publicación. Desde entonces había seguido sus andanzas, y el 'azar' lo había traído a Mallorca. Creyó llegado el momento de exponer el resultado de sus pesquisas:

Abducido, supo de la existencia de Korobius --marino de Samos-- leyendo a Herodoto. Korobius era piloto consumado. Se había hecho con una pequeña fortuna, armó una nave de 50 remos y puso proa a Egipto en busca de fortuna, pero sorprendido por los vientos contrarios fue arrojado a la isla de Plutea; cuando quiso de nuevo lograr su objetivo navegando hacia oriente, a lo largo de la costa, lo alcanzaron nuevamente los vientos contrarios del este, que no le abandonaron hasta que vio a sus espaldas las columnas de Hércules. Así llegó a Tartesos, lugar que aún no había visitado ningún griego. Allí fue recibido por su rey, Argantonios, venerable sabio de ciento cuarenta años que cobró gran afecto por Korobius.

Protegido por la cordial amistad de Argantonio, Korobius se estableció en Tartesos, donde creó un próspero negocio. Desde Tartesos hizo frecuentes incursiones en el norte de África. Fundó dos colonias, Tingis (Tánger) y Lixus (Larache), a la primera le profesaría un especial cariño y devoción, en ella levantó un templo dedicado a Afrodita.

Al cabo de unos años y de regreso a Samos con rica ganancia, Korobius, agradecido, entregó a los dioses seis talentos, que constituían el diezmo de sus beneficios; repitió inmediatamente el viaje y tras él salieron, ya con frecuencia, las naves griegas. Korobius les había convencido de que podía llegarse al Mediterráneo occidental sin temor a los peligros de Circe y Calipso.

De regreso a Tartesos y Tingis, Korobius fundó la colonia de Kalípolis, la ciudad bella --hoy Barcelona--. A su regreso a Tartesos halló a Argantonios en su lecho de muerte. Pocos días después moriría a los ciento cincuenta años de edad y Korobius, apenado, se retiraría a su bien amada ciudad de Tingis.

Herodoto lo describe como un hombre de gran belleza, dotado de fuerza física suficiente y de mayor ingenio, elegante y muy amado por las mujeres; incluso se dice que fue amado por Dido y que la auxilió cuando su hermano Pigmalión, después de haber asesinado a su marido, la despojara de su fortuna. (Continuará la próxima semana).

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