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Pedro García Domínguez

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Crónicas de Mogarraz: Latidos (II)

Publicado: 04/12/2012 16:52

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Dris Pashá hizo una pausa, había reparado en la cara de asombro de los presentes. Se llevó lentamente la copa a los labios, y pausadamente continuó su relato. Al segundo personaje lo había localizado cerca de los años de la Redención del Mundo de 1460, leyendo a los historiadores Francisco López de Gómara y Emilio Sola.

Tomaron los turcos en Albania, que es una provincia de Grecia, un muchacho, lleváronlo a Constantinopla, hiciéronle turco, llamáronle después de renegado Mahomedi. Este Mohamedi, siendo ya hombre, cometió un delito en Constantinopla y por miedo del castigo huyó y refugiose en Mitilene, que antiguamente se decía Lesbos; allí se casó con una cristiana natural de la villa de Marchena, en Andalucía, que se llamaba Catalina, viuda que tenía de su propio marido dos hijos y una hija. Hubo con ella seis hijos, las mujeres siguieron a la madre en su fe; los hijos tomaron la del padre. Tal era la costumbre entre los turcos. Este Mohamedi y su mujer Catalina serían los padres de Aruch y Jeredín Barbarroja.

Ayudaba el mozo a su padre en su arte y oficio de ollero; pero como el padre fuese pobre y el tributo que pagaba al turco fuese grande determinó con la primera ocasión tentar la fortuna y buscar algún modo de aventura; estando pues con estos pensamientos aportó una goleta de corsarios turcos; lo cual sabido por Aruch, al momento y sin decir nada a sus padres, se fue a ella y rogó con mucha insistencia al arraez lo recibiese en su compañía, diciendo que de buena voluntad se quería hacer turco. El arraez, que esto vio y consideró al mozo ser de buen talle, disposición y espíritu, de muy buena voluntad lo aceptó y recogió en su galeota. De esta manera, y en compañía de este corsario y de otros, anduvo algunos años Aruch por los mares robando.

En aquellos momentos los Caballeros de Rodas comenzaban a coordinar el corso cristiano contra el cada vez más activo corso turco. Aruch fue alistado por cómitre de una galera contra los Caballeros de Rodas. Después de un duro combate Aruch fue hecho prisionero en aguas de Candía, la actual Creta. Anduvo dos años al remo con una cadena al pie. En todo este tiempo nunca quiso decir su nombre, temiendo que si lo decía lo matarían los cristianos, porque Aruch quiere decir 'renegado', tornadizo. Era hombre más bermejo que de otro color, por lo que los de la galera le apodaron Barbarroja.

En cierta ocasión fue la galera, en que estaba aherrojado, a tierra de turcos a hacer, como solía, algún robo; allí con un cuchillo, que llevaba escondido, se cortó el talón del pie donde llevaba la cadena, y, cortado, sacose la cadena, echose al agua y llegó a tierra nadando.

En Constantinopla conoció a dos mercaderes ricos, que estaban armando una galera de veintidós bancos, los cuales recibieron a Barbarroja por timonero de ella. Con esta galera y con otro bergantín partieron los corsarios a robar. Enfermó uno de los dueños y murió. Barbarroja, luego que vio a uno de los señores de la galera muerto, propuso matar al otro, alzarse con la galera y salir de lacería. De noche ya, acostose el señor de la galera y durmiose. Barbarroja, en viendo que dormía, diole, con un hacha, dos o tres golpes en sus sienes y lo mató; muerto, lo echó al mar y llamó a los soldados y marineros que tenía sobornados y alzose con la galera y el bergantín.

A partir de este momento Dris trató de abreviar. Narró, pues la historia de Aruch era bien conocida de todos los presentes, cómo desde su base de la isla de Gelbes conquistaría toda Berbería. Relató sus más destacadas hazañas, su amor por Argel, pero sobre todo, y lo que no era tan conocido, su amor por la villa de Tánger, donde se hizo construir un palacio y una fortaleza inexpugnable. Aruch fue conocido por su generosidad, implacable con los enemigos, incluso cruel. Era de una munificencia proverbial, elegante, instruido, amante de las mujeres y de la buena mesa. Sus maneras exquisitas eran envidiables y envidiadas.

Como el tiempo transcurría inexorable, y a pesar del interés que por esta amena charla mostraban sus comensales, Dris les comunicó que había descubierto dos metempsícosis más de Alberto en dos personajes: el uno era Ziriab, músico y árbitro de la elegancia en la Córdoba del siglo IX, y el otro, don Enrique de Aragón, Marqués de Villena, hombre de letras, gastrónomo, alquimista y sabio del siglo XVIII.

A todos unían unas mismas inquietudes en su aparente diversidad y todos amaron la misma ciudad de Tánger. La última transmutación la había encontrado en Isaac Toledano, cuya vida y milagros ya conocemos, cuyas vivencias, aún presentes en la mente de Alberto Gómez Font, eran conocidas de manera un tanto misteriosa por Dris Pashá, que desde hacía tiempo le seguía la pista.

Lo que no había podido desvelar Dris era por qué, aparentemente, nunca se había reencarnado en ningún animal, cosa habitual según la filosofía budista. Según Dris pensaba, y por razones de peso, que a esta hora tan avanzada no entraría a exponer, esta sería la última reencarnación de Alberto, después llegaría al aniquilamiento de todos los deseos, salvo del yo individual, su identificación con el Universo. Alcanzaría así el estado de paz imperturbable y felicidad absoluta, libre de sufrimientos y de inquietudes: el nirvana.

Saíd, Calu y Alberto se despidieron de Dris y de Amina. Emprendieron el camino del hotel en silencio, apenas intercambiaron algunos monosílabos. No estaban cansados pero era tarde y por la mañana tendrían que madrugar, ya que al día siguiente Alberto tendría que presentar su libro, Cócteles tangerinos, en el hotel El Minzah de Tánger.

 
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