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Pedro García Domínguez

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Crónicas de Mogarraz: El oficio de escritor

Publicado: 09/10/2012 09:28

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La escritura, no es ni más ni menos que la manifestación gráfica de la lengua oral; es decir, del pensamiento. Pero el pensamiento es inductivo, a partir de la experiencia o deductivo, si de un principio enunciado se derivan conclusiones. Por extraño que parezca, el pensamiento occidental es deductivo, a pesar de que, nuestro arquetipo, Aristóteles es inductivo.

Existen dos clases de escritores: los que escriben para el público y los que escriben para sí mismo --y una vez escrito el texto deja de pertenecerles, pertenece al lector--.

Existe la creencia errónea, que asegura que el texto cuanto más denotativo sea, mejor se comprende. Sucede al contrario: a mayor ambigüedad expresiva, mayor comprensión y menor esfuerzo. Digamos que «en el mar hay muchos ahogados». Esto mismo dicho por Federico García Lorca: «El mar recuerda el nombre de todos sus ahogados» es mucho más expresivo y genial. Aunque Noam Chomsky diga que esta oración es gramatical, pero es inaceptable porque su incoherencia, ya que el 'mar', 'recordar'. Él pone aquel ejemplo celebérrimo: «Colorless green ideas sleep furiously» (1957, Syntactic Structures). Cuando comenté esta oración, inaceptable, con el poeta Luis Rosales, dijo: «Pues yo la entiendo perfectamente». Es cierto que la oración: «en el mar hay muchos ahogados», es más denotativa, pero su comprensión se diluye en la evidencia insultante; mientras que el verso de Federico el luminosamente hondo --'jondo', como el flamenco-- y le pone alas a la imaginación. Escucho los ecos lejanos de una canción de Joaquín Sabina: « [...] con una condición: que dejes abierto el balcón de tus ojos de gata. » ¿Vale?

La inspiración solo se apoya en lo más recóndito de la imaginación, un resquicio imperceptible donde la realidad y la evidencia naufragan. Porque cuanto más abrumadora sea la realidad, más se ahuyenta la inspiración. Esto afirmaba Juan Rulfo, que solo escribió una novela: Pedro páramo. Y a quien le molestaba soberanamente que le preguntaran que cuándo escribiría su próxima novela. «Jamás. Ya lo he dicho todo y no tengo más que decir». Y es que Rulfo era una de esas personas que siempre están en trance, un visionario. La percepción del mundo le llegaba por medio de 'su' Clara.

Cuando le impidieron beber, mezclaba puñados de aspirinas en bebidas de cola. No soportaba la cruda 'realidad' y no tardó en morir. Eso sí, sereno. Y lo mismo le ocurrió al otro mudo genial, Juan Carlos Onetti. Más fecundo. Ambos pertenecen a una estirpe sagrada, su antinomia irreductible es Jorge Luis Borges, el 'gigante de al lado'.





Otros escriben la misma novela incesantemente, como Gabriel García Márquez, la misma genial novela de mil maneras distintas. A Federico García Lorca le hubiera pasado lo mismo; que hubiera repetido incesantemente El cancionero gitano, si no hubiese salido de su Granada natal; pero se fue a Nueva York, donde gestó otra concepción expresiva y su nueva etapa, a fuerza de arrancarse la apabullante realidad, como quien se deja la piel. Con sangre, escribió Poeta en Nueva York. Lo demás son variaciones de la misma partitura.

La técnica, el método ayuda mucho, pero ¿donde ponemos el límite entre realidad y ficción? La respuesta solo puede ser una para nosotros, pues lo mágico es lo cotidiano, en nuestra América.

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