Está claro que en Estados Unidos no es realista pensar que un padre no pueda llegar a conseguir leche para su hijo, como pasa en muchos países sumidos en la pobreza. Lo vimos en Boston, ni en la peor de las emergencias. Pero lo que sí puede pasar es que sigamos perdiendo niños inocentes en manos de la violencia.
Alimentadas por conjeturas y saltos mortales de la lógica, las teorías conspirativas tienen un común denominador: hay un poder oculto - en este caso, el gobierno federal de Estados Unidos - que está detrás de los acontecimientos de una manera secreta, permanente, perfectamente encubierta, y que, sin embargo, ellos, los que saben, pretenden conocer.
La capacidad de reacción ante la tragedia que tienen los habitantes de esta nación es impresionante. Desde los paramédicos, bomberos y policías que corren sin dudar hacia el fuego, hasta los civiles que estaban, o pasaban, por azar, por el lugar de los hechos, todos se mancomunan en el fin de salvar vidas, en la causa de ayudar a los heridos.