Fue a comerse el queso sin percatarse de la trampa que estaba pisando. América actuó con el más puro instinto animal. No hizo caso a la razón. Se dejó llevar por la sed de poder del dictador ante el platillo rojiblanco que le ponían enfrente. La soberbia se originó desde la cabeza. Miguel Herrera, de corto alcance en títulos y de mucho ego que nutrir en partidos que no son a ganar o morir, puso el ejemplo a los suyos. Antes de la batalla, se pavoneó con la coquetería de la mujer que se sabe observada, se dibujó como un gigante que daba por descontada la victoria sin dedicar más que unas cuantas miradas altivas al contrincante.