La herencia que recibirá el nuevo presidente de México no será fácil de remontar, más en un marco internacional totalmente adverso. A los sesenta mil muertos que dejo la fracasada lucha contra el narcotráfico, se le debe sumar el aumento de la pobreza, que acrecienta la división de clases sociales, y por supuesto el malestar de lo más perjudicados, donde la única alternativa de los jóvenes es ingresar en los cárteles o pandillas del narcotráfico. Antes podían soñar con migrar a los Estados Unidos, en busca de un futuro mejor, pero ahora muchos están regresando por la falta de oportunidades laborales, y porque las leyes inmigratorias son cada día más duras.
Definitivamente, México es un país con habitantes sumidos en la pobreza económica, intelectual y racional. De acuerdo a las cifras preliminares, todo indica que Enrique Peña Nieto será el próximo presidente de México. No obstante, su triunfo no se debe a que su propuesta de gobierno haya sido mejor que la de sus adversarios; sino a diversos factores que se alinearon para que el PRI regresará nuevamente a los Pinos.
Este miércoles en México, terminan los trabajos de proselitismo electoral de los partidos políticos. Del jueves 28 de junio al domingo primero de julio, se supone, los ciudadanos mexicanos tendremos la oportunidad de reflexionar y razonar nuestro voto. La ley indica que en este periodo nada ni nadie nos deben obligar a votar por tal o cual partido. El voto deber ser libre y secreto.
Nunca como antes, un movimiento social había tomado las calles para cuestionar no a un gobernante en funciones, sino a un candidato que a todas luces ha sido impuesto por la élite política y sus intereses económicos, a través de la eficaces herramientas que proveen los medios de comunicación, en particular la televisión.
Este 1 de julio millones de mexicanos que tuvieron que salir de su país forzados por las circunstancias, no por su propia voluntad, verán desde algún lugar de Estados Unidos cómo se decide el destino de su país en la elección presidencial. Aunque las leyes mexicanas les han reconocido su derecho a participar en este proceso, las autoridades no les brindaron las herramientas para hacerlo.
Cuando yo era niña odiaba el juego de las sillas musicales: ese en el que alguien ponía música, todos se paraban de sus sillas y corrían alrededor mientras alguien más quitaba una de las sillas; de pronto la música cesaba, todos debían correr a sentarse, y por supuesto, alguien quedaba sin silla. Así que para no quedarse en esa situación, uno tenía que correr de más, empujar a quien fuera, así se tratara del hermano o el amigo más querido, y pelear una silla a morir.