El exitoso futbolista Joe Corona, oriundo de San Diego, California, tiene 3 nacionalidades aunque en sus entrevistas con la prensa solamente habla de dos de ellas. Nacido en los Estados Unidos, de padre mexicano y madre salvadoreña, el actual delantero de un equipo de primera liga mexicana en la ciudad fronteriza de Tijuana, Corona nunca ha hablado de su deseo para ser parte de la Selecta, la selección de fut de la pequeña nación centroamericana ya eliminada para ir al Mundial del Brasil del 2014.
Carrillo se fue. No sólo por los resultados, sino también por las piedras que él mismo decidió ponerse sobre la espalda. Con sus caprichos y decisiones, el todavía técnico Puma decidió que su estancia en el timón universitario estuviera condenada al hubiera. Cuando su equipo ganaba, todos se preguntaban cómo hubiera lucido el equipo con el talento que él mandó a la tribuna y a la banca; cuando perdía, la interrogante iba respecto a qué hubiera pasado si a los grandes nombres se les hubiera permitido pisar la cancha.
Dejemos atrás la barata, vieja y cansada polémica del sistema de competencia en el futbol mexicano. La única realidad es que el Rebaño está hoy en zona de Liguilla y si está ahí es porque tiene los puntos necesarios. Eso sí, faltan dos partidos y muchas cosas pueden pasar, pero de momento la esperanza de pelear el título se mantiene vigente.
No es sólo que el carismático técnico tenga a Xolos en el primer lugar, sino que desde su llegada a Tijuana ha dirigido 39 partidos, de los cuales ganó 17, empató el mismo número y sólo perdió cinco. Por si fuera poco, el equipo fronterizo se ubica en la sexta posición de la Tabla Porcentual, lejos, muy lejos de cualquier problema con el descenso. Números fantásticos, que seguramente son la envidia de los equipos populares de México.
Fue a comerse el queso sin percatarse de la trampa que estaba pisando. América actuó con el más puro instinto animal. No hizo caso a la razón. Se dejó llevar por la sed de poder del dictador ante el platillo rojiblanco que le ponían enfrente. La soberbia se originó desde la cabeza. Miguel Herrera, de corto alcance en títulos y de mucho ego que nutrir en partidos que no son a ganar o morir, puso el ejemplo a los suyos. Antes de la batalla, se pavoneó con la coquetería de la mujer que se sabe observada, se dibujó como un gigante que daba por descontada la victoria sin dedicar más que unas cuantas miradas altivas al contrincante.