Tengo la fe -quiero tenerla- de que todas las personas, sin importar su situación o circunstancia, tienen en su corazón una semilla de bondad. He conocido, ciertamente, a personas que podrían ser calificadas como "operadores de la maldad", agentes de una perversión tan retorcida como dolorosa. Aunque no lo sepan, estas personas son las primeras víctimas de sí mismas.
Sumida en la depresión una joven se me acercó y me dijo: "¡No quiero vivir, mi vida es horrible!". Una gran tristeza en su corazón la acompañaba y es que se negaba a darse cuenta de lo bella e importante que era su vida. Comenzó a decir todos los defectos que tenía y es que entre más hablaba, más grande era la misericordia de Dios en ella.