Chávez se distinguió por ejercer un estilo de gobernar verticalista, omnipotente y omnipresente, sin dejar lugar a dudas quien era el centro y la fuerza de la revolución, apoyándose en un culto a su personalidad. Un presidente que aun ya desaparecido físicamente y en su lecho de muerte fue capaz de devaluar la moneda y de nombrar al canciller de la república sin que nadie se atreviese a cuestionarlo.
Serán las primeras elecciones en 14 años sin que el Comandante sea abanderado socialista. Sin su carisma, sin su poder, sin su discurso, pero con el mismo pueblo que lo impulsó y afianzó en el Palacio de Miranda, desde donde logró sacar de la pobreza a 29 millones de venezolanos y convertir a su país, en el segundo país en todo el continente que más redujo la miseria, tan sólo detrás de Ecuador.
El sistema interamericano ha demostrado, varias veces, su irrelevancia. Durante los años 90, bajo el liderazgo del expresidente colombiano César Gaviria, se le dio a la Organización de los Estados Americanos (OEA), nueva fuerza. Su participación en diferentes crisis fue relevante y, en la mayoría de los casos acertada y pertinente. La OEA representó a un sistema interamericano preocupado por proteger la democracia en la región y conservar la paz entre los países.