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Nestor Fantini

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Postales desde China

Publicado: 26/11/2012 11:49

china

En la América Latina de la década de 1960 y 70, la República Popular China de Mao Tse-tung era la esperanza para muchos que soñaban con un mundo nuevo. Una utopía que quedó sepultada hace mucho cuando las diferentes variantes del modelo leninista quedaron desprestigiadas para siempre en los gulags estalinistas y en una Revolución Cultural China que tenía más de represión totalitaria que de redefinición ideológica.

"Somos un país socialista con un capitalismo brutal", dice Ron Wang, que explica la esquizofrenia institucional de la nueva China en dondela supremacía política del Partido Comunista Chino acaba de quedarejemplificada en el recientemente concluido 18avo Congreso del partido y en las calles de un Beijing en donde los McDonalds y Calvin Klein compiten por espacio publicitario con KFC y Starbucks.

En la inmensidad de la Plaza Tianamen, con un majestuoso despliegue de ornamentos florales debido al Congreso del Partido Comunista, y bajo la mirada benevolente pero vigilante del gran retrato de Mao, la gente camina con sus familias en su tradicional paseo de domingo. Para entrar a la plaza han tenido que pasar por cordones de seguridad. Soldados y policías están vigilantes.

No es para menos, el Partido Comunista (PC) no acepta disidencia.

Wang sabe muy bien del poder absoluto del PC. Nacido en una familia en la que el padre provenía de la antigua burguesía, sufrió en carne propia la Gran Hambruna en la que un hermano murió y los efectos de la Revolución Cultural. Los Guardias Rojos no solamente los despojaron de todas su posesiones sino que obligaron a Wang a ir a trabajar en el campo en donde se esperaba que, como el resto de la nación, perdería influencias burguesas y un desviacionismo revisionista.

"El trabajo en el campo fue duro. Éramos ocho en un cuarto", cuenta Wang quien a pesar de todo no aparenta sus 51 años. "Nos levantábamos a las 5 de la mañana y no dejábamos de trabajar hasta las 10 de la noche. A veces nos escapábamos en medio de la obscuridad a tratar de encontrar comida porque siempre teníamos hambre".

Después de la muerte de Mao y el arresto de la Banda de los Cuatro, Wang pudo ir a la universidad y, posteriormente, trabajar para una de las grandes empresas del estado chino que prosperaron con las grandes modernizaciones promovida por Deng Xiaoping.

"Antes no podía hablar de estas cosas porque siempre había alguien que podía reportar a las autoridades lo que uno decía. Una vez a mí me llevaron a un lugar para hacerme preguntas. Pero no puedo hablar de eso", dice Wang cautelosamente.

No parece haber muchas esperanzas que el nuevo líder del Partido Comunista, XI Jinping, avance en la liberalización del sistema político. Por ahora, la palabra 'democracia' no es una prioridad para
un partido que mantiene la inflexibilidad leninista de sus orígenes. El desafío, en realidad, es mantener la estabilidad económica de esta inmensa nación de 1.3 billones que empieza a sentir los efectos del desaceleramiento económico que reducirá las impresionantes tasas de crecimiento de alrededor del 10 por ciento que caracterizaron a la economía china en los últimos años. Una retracción que seguramente redundará en tensiones sociales que deben preocupar de gran manera.

Si bien las estadísticas claramente reflejan el sombrío panorama económico que se perfila en el horizonte, tomando la Línea 1 del subterráneo que va en dirección a Ping Guoyuan, y bajando en
Wangfujing, no hay nada que sugiera dificultades. Por el contrario, la inmensidad de los rascacielos , el brillo de las sofisticadas vidrieras, el bullicio de la gente en la calle, los vendedores ofreciendo estatuillas de jade, mascarillas y escorpiones fritos, los gigantescos carteles electrónicos con propagandas multicolores de todas las corporaciones multinacionales inimaginables, son testimonio de la inmensidad de este capitalismo brutal, obsceno, que como dice Wang es "más capitalista que el de los capitalistas".

Para Wang su narrativa personal, un ciclo de subes y bajas, se entremezcla con la historia de los grandes eventos contemporáneos de China. Pero el sufrimiento de su niñez en la Gran Hambruna y las dificultades experimentadas en la Revolución Cultural, no termina con el final trágico de las operetas chinas sino que con la estabilidad de un trabajo en el que está muy cómodo, la posibilidad de haber invertido en una propiedad que alquila a extranjeros y, su mayor logro, haber podido educar a su hijo que, como Wang menciona orgullosamente, trabaja como contador en una multinacional.

"Pero China no es Beijing o Shanghai", aclara Wang recordando que la prosperidad de estas regiones no ha llegado todavía a muchos rincones de la República Popular China en donde cientos de millones todavía parecen estar más cerca de un mundo agrario y feudal que de los brotes
capitalistas de la nueva China.

Néstor Fantini es editor de La Luciernaga Online

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