Miguel Silva

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Carta a un ciudadano americano. La policía global

Publicado: 18/02/2013 16:05

En un reciente artículo de la historiadora Jill Lepore aparecido en la revista The New Yorker (The Force, How much military is enough?) se afirma que "los Estados Unidos gastan más en defensa que todas las otras naciones del mundo combinadas". Aunque esto no es del todo cierto, las cifras verdaderas son alucinantes.

Lo cierto es que el gasto en defensa de los Estados Unidos supera la suma de los presupuestos de los 15 países que le siguen en esta materia.

Es decir, sumados los presupuestos de defensa de China, Rusia, Francia, Reino Unido, Japón, Arabia Saudita, India, Alemania, Italia, Brasil, Corea del Sur, Canadá, Australia, Turquía, los Emiratos e Israel, aún no se llega a los 689 billones de dólares que gasta EE.UU. en el sector, cifra que corresponde al 41% de todo el gasto mundial de defensa.

Hay curiosidades en estos números. Por ejemplo, el presupuesto de defensa de la China es 6 veces menor que el de EE.UU, y eso que China ocupa el segundo lugar en el escalafón del gasto. El de Rusia -tercer lugar- no alcanza a ser el 10% de lo que gasta EE.UU.. Siria, ese peligro mundial, gasta apenas 0,2% de lo que gastan los americanos.

Si alguien tiene duda de cuál será el país hegemónico en los siguientes 100 años, como bien lo advierte George Friedman en su libro The Next 100 Years, estos números deberían aclarárselo.

Habiendo dicho lo anterior, hay algunas paradojas interesantes. Por ejemplo, entre gasto en defensa y deuda pública.

El tamaño de la deuda pública de los Estados Unidos es tan grande que si existe alguna razón para que esa enorme potencia militar deje de ser una gran potencia mundial, es esa: una economía dramáticamente endeudada. Este mes la deuda pública federal alcanza un 74% del PIB gringo, es decir la suma de 11,684 trillones de dólares los cuales, sumados a los 4,857 trillones de la deuda intergubernamental, arrojan la cifra de 16,541 trillones, más que todo el PIB de EE.UU. (y, por ejemplo, 16 veces el PIB mexicano).

Quizá por eso, a fines de este mes, 33 mil soldados estadounidenses regresarán a sus casas provenientes de Afganistán. Los restantes 34 mil deberán estar de regreso para fines de 2014 según el anuncio hecho por el Presidente Obama. Se trata de una decisión financiera, no moral o militar, y sin duda de una muy buena noticia para ellos y para sus familias y también para la política exterior de los Estados Unidos.

Pero es posible que no lo sea para Afganistán.

Las mujeres y los niños de Afganistán, que hoy van a escuelas y estudian física, arte, música, muestran una de las bondades de una invasión foránea en un país que, al caer bajo el control de una secta fanática y retardataria, como lo son los talibanes, acabó con cualquier libertad para esos dos grupos de afganos. Ergo, la paradoja.

Este es el tipo de dilemas éticos que a veces presenta el derecho internacional. ¿Cuándo es legítimo que un país, o un grupo de países, invada (o invadan) a otro para garantizar derechos fundamentales de los ciudadanos del país invadido?

Debates similares se han dado en intervenciones de fuerzas multilaterales en Libia, recientemente, o más atrás, en los Balcanes. ¿Se demoraron en intervenir y por esa demora "permitieron masacres, limpiezas étnicas, violaciones masivas"? ¿Intervinieron sin que nadie lo pidiera o autorizara, violando claras normas de derecho internacional? ¿Por qué los países occidentales intervienen en Libia y no lo hicieron, al menos a tiempo, en Sudán donde fueron asesinados centenares de miles de personas y millones fueron desplazados? ¿Cuándo es suficiente la matanza en Siria para que se justifique una intervención multilateral? ¿Cuándo lo que en realidad hace el multilateralismo es justificar una intervención en esencia unilateral?

No hay duda de que tenemos policía global para rato. Pero Estados Unidos mirará con muchísimo cuidado dónde y cuándo intervenir no sólo de manera unilateral sino también en fuerzas multilaterales. Con lo cual -otra paradoja- veremos situaciones como la de Somalia o Siria, en las que el titubeo multilateral permite grandes masacres, cada vez con más frecuencia.

 
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