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Miguel Silva

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Carta a un ciudadano americano

Publicado: 23/07/2012 05:45

En la plaza que rodea la mezquita de Sultanahmet empieza un combate melancólico. Desde la parte superior de uno de sus minaretes los parlantes amplifican la voz cantante del Imamm a la multitud creyente: Allahu Akbar, Allahu Akbar, Allahu Akbar, Allahu Akbar. Y de pronto al frente, como en un duelo, de uno de los minaretes de otra mezquita cercana, empieza otro llamado a la oración. Allahu Akbar, Allahu Akbar.

Ash-hadu an la ilaha illa-Allah, Ash-hadu an la ilaha illa-Allah, canta el primer Immam, y el otro lo sigue.
La sensación en la plaza, para un turista corriente como yo, es la de estar en un mundo muy diferente, casi en otro planeta.

Pero caminas las calles de Estambul y ese planeta tan diferente se convierte en un país hermano. Los ciudadanos de Estambul juegan dominó en los cafés, fuman, beben té en unas tazas transparentes o un café oscuro, endulzado previamente, en pequeñas tacitas llenas de arabescos. Hay almacenes de repuestos eléctricos, farmacias, lugares donde comer un kebab por unas pocas liras turcas, casas de cambio, almacenes de miscelánea, ofertas de viaje, comercio para turistas. El Caribe latinoamericano podría superponerse y sería parecido, sino fuera porque, al alzar la vista, está el Bósforo y donde quiera que descansen los ojos, hay una mezquita.

Los que no somos estadounidenses pensamos con frecuencia que a ustedes les serviría mucho recorrer el mundo pero sin la protección de los buses de turismo, con la apertura suficiente para intercambiar más que un par de palabras y con curiosidad por las otras culturas. ¡Cómo entenderían el mundo!

Hablo con éste y aquel y las preocupaciones son parecidas. Si el alcalde cumple con lo que dice, si el Primer Ministro debe ser apoyado por sus éxitos económicos, o criticado por su giro ya casi radical hacia la ortodoxia musulmana en un país que atesora su secularidad y la pacífica pluralidad de sus creencias. Si hay presión legítima o ilegal sobre la prensa. Si está bien que el metro pase sobre el agua y el puente dañe la vista.

La gente tiene el corazón abierto. Habla. El hombre de la cajita de los dos conejos blancos y el gallo dormido, animales que usa para seleccionar el papelito del cual leerá la fortuna del turista, sonríe con su boca desdentada y expresa calor humano. Es un mundo donde la gente grita, se saluda ruidosamente, socializa en la comida, y acepta la desmesura. Para los americanos, tan ordenados, tan insulares, tan secos, este mundo más cercano sería un gran descubrimiento.

Hoy empiezan a ver esa riqueza cultural en su propio jardín. Los hispanos son ya una tercera minoría que tiene cincuenta millones de personas y que constituye el 16% de la población de los EEUU. Según el Censo, para el año 2050, los hispanos habrán alcanzado el 30 por ciento de la población de esa nación, con 132 millones 800 mil personas.

Para entonces los EEUU serán un país más ruidoso y menos predecible, quizá algo desordenado como nosotros, pero quizá también más conocedor de otras culturas, de otras realidades, menos insular.
Eso también nos gusta de Obama. Que aunque va por el mundo como líder de la principal potencia sus ojos de viajero corriente, de hijo del Tercer Mundo, de americano que recorrió el mundo sin un centavo cuando era joven, no se han perdido.

El mundo islámico, que atraviesa una crisis de ruptura de la sociedad paternalista y jerárquica, bajo presión de la sociedad civil y en particular de los más jóvenes, oyó en el Cairo hace dos años las palabras de Obama:

"Que no quepa una sola duda: Islam es parte de América. Y yo creo que América entraña una verdad que señala que sin discriminación de raza, religión o condición de vida, todos nosotros compartimos aspiraciones: vivir en paz y seguridad; recibir una educación y tener un trabajo digno; amar a nuestras familias, a nuestras comunidades, y a nuestro Dios. Compartimos estas cosas. Esa es la esperanza de la humanidad".

Recorro las calles de Estambul y me alegro por ello de que Obama sea el Presidente de los Estados Unidos.

 
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