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Miguel Silva

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Carta a un ciudadano americano: Por qué los latinoamericanos preferimos a Obama

Publicado: 12/07/2012 08:15

Hace ya varios años el columnista Thomas Friedman escribió sobre la diferencia entre un gobernante republicano y uno demócrata. Los republicanos, recuerdo haber leído, representan los temores del pueblo estadounidense. Los demócratas, en cambio, simbolizan sus esperanzas.

El lenguaje de los republicanos es por ende el de los valores, la fuerza militar del Imperio, y su actitud en materia de Defensa parte del miedo. Su plataforma es el ataque preventivo, la desconfianza cultural y la xenofobia, disfrazada de mil maneras distintas, según la época. Los demócratas hablan otro lenguaje. Al representar las esperanzas y los sueños del pueblo de los EEUU, sus temas son los derechos humanos, el medio ambiente, la defensa de los débiles y el acercamiento a otras culturas.

Al retirarse de su cargo de Chief Justice, Earl Warren, quien presidió una de las Cortes Supremas más liberales de la historia de los EEUU, dijo "quisiera que esta Corte fuese recordada como la Corte del pueblo". Jille Lepore en un brillante artículo del New Yorker sobre la Corte, dice que Warren señalaba la diferencia "entre el activismo judicial conservador y el activismo judicial liberal: uno protege los intereses de los poderosos y el otro de aquellos que carecen de poder".

Casi todos los debates de política entre uno y otro partido caen en esa fractura ideológica: si se puede perforar pozos petroleros en áreas de conservación, si se suben o bajan los impuestos a los más ricos, hasta dónde el Estado debe financiar la seguridad social, etc.

En política exterior no es distinto. Los presidentes demócratas suelen tener una política hacia América Latina basada en una amistad hemisférica sincera, mientras que los presidentes republicanos suelen basar el diálogo en los temas de drogas, inmigración e inteligencia. Quizá lo primero tenga que ver con su propensión a estar del lado de los "underdogs" y lo segundo a una desconfianza casi étnica.

La región recuerda bien a Kennedy, a Carter, a Clinton, y relativamente mal a Reagan (que no sabía cómo se llamaban los países y confundía los nombres de uno y otro y que envió un portaaviones a las costas colombianas para "detener el flujo de drogas", propiciado por la inagotable demanda gringa), y a los dos Bush (aunque sin duda mejor el padre que el hijo).

Obama no se ha destacado como un presidente cercano a la región pero en la pasada cumbre de Cartagena fue franco y amable y durante su mandato las relaciones con América Latina han mejorado considerablemente. Esto último resulta aún más notable si se tiene en cuenta el extemporáneo giro a la izquierda que ha dado la región con la consiguiente reaparición de retórica "anti yanqui". Obama ha sorteado los peligros de la retórica, saca a relucir su frase perfecta ("ya es hora de que los latinoamericanos dejen de culpar a los Estados Unidos por sus problemas") y se ha acercado. Es cierto que los Estados Unidos no tienen una gran política de cooperación con Latinoamérica y que lo que ocurre es casi por default, pero Obama ha logrado atravesar momentos de crispación con gracia, logrando un buen momento en las relaciones con los vecinos.

Nos gusta Obama.

Nos gusta que dé la batalla contra el espíritu "Enronesco" que todavía es filosofía profunda en las grandes corporaciones; que en los temas migratorios defienda una política que tiene un origen clarísimo en las raíces de su Nación -ese "melting pot" de todas las culturas- en cambio de la política de construcción de muros que proponen sus adversarios; nos gusta que aunque conserva algo de su lenguaje de unidad por encima de los partidos ha entendido que debe ser más combativo; y por último, nos gusta que conserve su insistencia en entender en profundidad otras culturas para identificar mejor a los verdaderos enemigos de los Estados Unidos y poder aislarlos sin declarar guerras inútiles.

El hecho de que el presidente de los Estados Unidos sea un afroamericano envía, además, un mensaje de optimismo en un mundo de oportunidades a millones de personas que viven en América Latina al margen de las esperanzas.

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Miguel Silva, colombiano, fue Jefe de Gabinete de la Presidencia y fundó la revista Gatopardo. Es periodista y consultor en comunicaciones estratégicas.

 
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