Marines Arroyo

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Por qué mi mamá detesta los veranos

Publicado: 07/05/2012 15:00

mi mama y yo
Más allá de haber nacido bajo el mismo signo zodiacal, mi mamá y yo, teníamos poco en común. Al menos eso pensaba. Al menos eso me hizo ella entender.

Mi madre me dio "alas para volar" a donde yo quisiera. Me alcahueteó cuando quería salir a fiestas y aún no tenía edad para tener licencia de conducir. Aceptó mis decisiones, mis opiniones, confió en mí, y me dejó ser. Siempre.

Mi madre esperó años para conocerme, pero después de tres hijos varones, finalmente llegué. Mi nombre estaba escogido desde que nació su primogénito: unión de María (mi abuela, su madre), y del de ella, un corto pero simbólico Inés. Así, con tres varones de hermanos, supe crecer como la más chica de la casa, y la única niña.

Mi madre siempre me ha dicho: "Ojalá yo hubiera sido como tú", refiriéndose a mis decisiones con mi vida, a cómo he avanzado, cómo no he permitido que nada me haya estancado. Hoy es mi día para decirle a mi mami: "Ojalá yo algún día pueda tener la fortaleza que has tenido tú". Y aquí relato un poco el por qué ...

A mis 12 años, una tarde de verano, recién llegada de mi primer viaje en avión, de Chicago, una valiente Inés me recibió sonriente, pero era inevitable no percibir angustia en su mirada. Algo andaba mal ... Le había pedido cambiarme de escuela ese año, porque quería aprender a tocar un instrumento musical. Mi madre se reunió conmigo para contarme que ese año no se podría, que quizás el año siguiente sí. A mi mamá la someterían a una operación de emergencia. Habían encontrado células cancerosas en su matriz. Aún recuerdo verla en la silla del balcón, sollozando, mientras leía una carta al lado de mi padre, con los resultados de aquella desafortunada biopsia. A mi mamá la operaron, le extirparon la zona afectada, y la vida siguió. Se recuperó, y volvimos a ver la sonrisa clara y sincera de mi mamá.

Seis años más tarde, cuando aún estaba en escuela superior (high school), pasó la noche y no llegaban ni mi hermano Jerry, el menor de los varones, ni mi mamá. No entendía qué había sucedido. Sólo que Jerry, el más saludable de la casa, aquel a quien ni le habían diagnosticado nunca ni una carie, había estado experimentando mareos. Tenía Jerry apenas 20 años. Veinte años y un innegable diagnóstico de leucemia.

Así, mientras Jerry estuvo en el hospital, mi mamá viajó cada tarde, dos horas de ida y dos horas de vuelta al área de Oncología de aquel distante y frío hospital. Le llevaba comida casera, hablábamos como podíamos con un profundo nudo en la garganta sin saber cómo amanecería el próximo día, y nos regresábamos muy tarde en la noche, esperando a la visita del día siguiente. Pasaron dos años en los que esperábamos todos a Jerry en casa, de vez en cuando una semana al mes cuando mucho, para luego tener que regresar al hospital a recibir quimio y radio.

Y llegó otro verano. Un 18 de junio. Recuerdo que mi hermano mayor, Rulin, me pidió que llamara a mi casa. Marqué desde un teléfono público, y escuché su voz temblorosa pero valiente que me decía que me regresara, que Jerry estaba "malito". Y así, mi mamá experimentó por primera vez la peor pesadilla de una madre: Ver a un hijo partir antes que ella. Tenía 23 años, y una hermosa esposa a quien conoció estando ya enfermo, y para quien fue el amor de su vida.

La experiencia con la muerte nos dejó a todos marcados, evidentemente. Estaba en mi segundo año de universidad y decidí irme como estudiante de Intercambio a Illinois. Mami lo aceptó, me apoyó, me despidió y hasta me visitó. Luego de un año me regresé a mi país (Puerto Rico), a terminar mi grado. Y llegó el verano, y me fui otra vez, esta vez a hacer mi maestría. Y ahí estaba mami. Sonriente, complacida, deseándome la mejor de las suertes, extrañándome, pero despidiéndose esperanzada con mi pronto regreso.

Una hermosa primavera del año 2006, yacía en mi vientre mi único hijo. Mis padres, emocionados, decidieron venir a ayudar con el primer nieto de parte de su hija. Esas fechas de espera y celebración, coincidieron con quizás el período más confuso de mi vida y mi familia. Al tiempo que me convertía en mamá, en que recibíamos un nuevo miembro, parecía que se nos iba otro... pero ninguno lo quería creer.

Faltaba poco para dar a luz, y me acongojé sobre manera al saber que mi papá se tenía que regresar porque mi hermano mayor no podía seguir encargándose del negocio de la familia en su ausencia. Éste se tropezaba, se caía, y ante el temor a un accidente manejando, prefirió abandonar su faena diaria.

Rulin, el hombre con más fuerza física que he conocido en mi vida, tenía 36 años y tres hijos. Investigué a distancia su posible diagnóstico mientras mi mamá me acompañaba, esta vez desde el estado de Virginia. Me empapé de la detestable enfermedad del ALS: Esclerosis Lateral Amiotrófica, la posible y extraña condición letal de mi hermano. Al entender lo serio del asunto, le dije a mami, temerosa pero firme, "tienes que ir a Puerto Rico, Rulin te necesita". Y esta frase generó la respuesta que más responsabilizada me ha hecho sentir en mi vida: "Iré, pero vienes conmigo". Mi mamá era la más fuerte, pero esta vez tenía mucho miedo. Notaba en su mirada, esta vez cabizbaja e incrédula, la posibilidad de perder otro hijo. Tenía yo 27 años, y un bebé de un mes de nacido en mis brazos. Y así nos fuimos.

Rulin estuvo conmigo unos meses, me ocupé de enterarme de primera mano de su diagnóstico definitivo para tomar acción. Ante esta enfermedad para la que no existen tratamientos, y que te asegura un tiempo de vida promedio no mayor de 5 años como mucho, se sometió a terapias alternativas, hicimos viajes a Ucrania, a Tijuana, dejando a mi bebé a distancia, y él a sus hijos, pensando en que lo que fuera que se hiciera, podía ayudar a salvarlo. Se lo debía a él, me lo debía a mí, se lo debía a mi mamá, a quien no podía permitir sufrir más. ¿Otra vez? No. No es justo. Es antinatural. Y así, después de viajes, riesgos, oraciones, y fé que poco a poco y sin querer se disipó frente a nuestros ojos, el hombre más fuerte perdió sus músculos frente a aquella enfermedad que lo inmovilizó, hasta que no pudo respirar más. Era el verano del 2008, un 25 de julio. Otro inesperado pero anticipado verano. Le dijimos adiós a otro hermano. Y mami le dijo adiós a otro hijo.

Mami aún sonríe. Aún tiene dos hijos, a mi papá a su lado, montón de nietos, y hasta dos bisnietos. La vida sigue y sus alas aún deben continuar dando calor y ánimo a más polluelos. Aún dependemos de ella. Y hoy más que nunca, quisiera ser, al menos un poquitín tan fuerte como mi mamá y hacer de este verano y de los que siguen, veranos llenos de alegría, veranos llenos de vida.

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Mi mamá y yo, recién salida del hospital.

 

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