Mariana Salinas

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Salto al vacío

Publicado: 06/02/2013 13:27

mujer vacio

"Hacemos interminables listas por temor a la muerte" - Humberto Eco

Cerrar ciclos, inventarse, no tenerle miedo a la vida, a sus curvas, sus caídas libres, sus abismos y montañas. La vida nos sorprende, nos toma de la mano, nos sacude, nos revuelca y nos enseña, lo que probablemente todos, de una manera u otra, hemos ya experimentado, que nada es permanente.

Constantemente hacemos planes de vida, definimos proyectos, trazamos líneas horizontales convencidos de que nunca abandonaremos el mapa señalado. Privilegiamos las trayectorias lineales, directas, seguras, aquellas que nos confirman que el camino que hemos elegido es el que, sin duda, nos conducirá a eso que llamamos "nuestras metas". Nos aterra soltar, queremos vidas predecibles, contables, vidas que podamos usar para echar raíz, para anclarnos, para no perder de vista el camino, para alimentar certezas.

Vivimos un día a día sobreexpuestos a un cúmulo de información que, de manera consciente o sin darnos cuenta, nos lleva fácilmente a elaborar escenarios mentales que no hacen sino amenazar el orden que con tanto empeño pretendemos inalterable. Para ello, para dejar fuera cualquier amenaza, aprendemos pronto a aplicar el recurso clave, el control. El control de los cajones interiores para de ahí saltar al control de los montajes, desde el montaje del cuerpo, de la dieta, de la salud, del tiempo, hasta el control del éxito, de las relaciones, del otro, de todo lo otro, en suma, de mi seguridad.

Seguridad, concepto que trae consigo la imagen de altos muros, jardines cerrados, territorios acotados, espacios vigilados, todo lo que cierre, ponga límites, todo, lo que contribuya a hacerme creer que así disminuyen los riesgos. Sin embargo, también con ello, crece, inevitablemente, la desconfianza. En esta carrera sin sentido tras una seguridad inalcanzable, hemos también aprendido a desconfiar los unos de los otros y a sustituir la confianza por el temor al engaño, por el miedo al asalto. Nos hemos vuelto solitarios, individuos acorazados por nuestros miedos.

Ante el miedo todo conspira a favor de las certezas, de las repeticiones, de las imágenes inalterables de nosotros mismos como garantía de estabilidad; porque en realidad lo que más nos asusta es acercarnos a nuestros propios límites y es por ello que permanecemos en casa, en esa casa que construimos desde el interior como una muralla o cerco frente a todo aquello que pudiera ser agente desestabilizador u objeto no identificado por nuestros códigos.

Nos amenaza la diferencia, lo otro, lo que no se nos parece e incomoda. Para defendernos hemos delimitado las zonas de paz y de violencia al interior mismo de nuestros corazones, el "No pasarás" está por todos lados, y abrirnos a nuevas fronteras de lo afectivo resulta un ruido escandaloso. Nada más apabullante que sostenernos y permanecer en el borde de nosotros mismos. Nada más incómodo que contener el desbordamiento del otro.

En el centro de este empeño por controlarlo todo está el lenguaje cotidiano que vehicula la normatividad, la palabra domada, despojada de su potencial, la palabra cerrada que empleamos para conjurar el riesgo. Para ello sería importante inventar palabras, sonidos, nuevos modos de pensamiento, ideas inéditas sobre nosotros mismos. Abrir espacios de silencio y llenarlos de nuevos contenidos, fluidos, flexibles. Ser capaces de renovarlos o desecharlos cuando el pensamiento nos acorrale o endurezca el cuerpo o la mirada. Renunciar al acartonamiento de las formas para atrevernos a dialogar desde el cuerpo. Desde el movimiento, la soltura del movimiento. Porque todo, todo, todo, querámoslo o no, se mueve. Y ese movimiento final que tanto nos aterra y que es la muerte, es imposible detenerlo, no importa cuántas murallas y lenguajes inventemos para intentar hacerlo.

 

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