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Julio Benitez

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El hombre que amaba los perros: Una trilogía de utopías fallidas

Publicado: 26/10/2012 12:33

leonardo padura

Cuando casi quinientos años atrás el inglés Thomas Moro imaginó una sociedad de iguales en una ciudad ideal, la palabra Utopía, título de su obra más trascendental, expresó en el lenguaje de la literatura lo que otros después como Voltaire y su Cándido tratarían de enunciar a través de sitios imaginarios adonde el estado de perfecta equidad social emergería como solución a las dificultades e imperfecciones de la vida del hombre.

De la anterior connotación etimológica y como continuación de los primeros intentos salidos de la antigüedad, para ser justos, emergerían clasificaciones como las de los llamados socialistas utópicos, ya fueran ingleses, franceses o norteamericanos que bien instauraron o describieron en sus teorías la posibilidad de una sociedad de equidad, aunque es también necesario puntualizar que sus intenciones fracasaron en su totalidad.

Con el marxismo la consecución del sueño utópico se transformó en cuerpo especulativo que se autotituló científico. Con la llamada Revolución de Octubre, los bolcheviques del antiguo imperio ruso, luego transformada en la Unión Soviética decidieron bajo el tutelaje de Lenin encausar la "sociedad justa e ideal" a la que según sus ideólogos incluidos Trotsky, aspiraban los pobres de la tierra de la que habla "La Internacional".

Así se pasaba con la "dictadura del proletariado" de la teoría a la práctica según la calificaron en sus momentos los Manuales de Marxismo que pulularon años después. Al consumarse la Utopía, según los revolucionarios de principios del siglo XX, sólo había que barrer con la calaña burguesa y todo el Occidente reaccionario.

¿Se consumó realmente ese sueño dorado de la sociedad perfecta? Respuesta de Perogrullo dados los hechos que siguieron: la violencia institucionalizada, llevada por el camino de la desviación mas absurda a los niveles de increíble violencia y destrucción con la figura de Joseph Stalin.

Leonardo Padura es uno de los más importantes novelistas cubanos de las últimas décadas. Recordemos su premio Hammond como mejor escritor de novelas policíacas, otorgada por la Asociación Internacional de escritores del género por su serie de cuatro novelas que correlacionan las estaciones del año con las indagaciones de Mario Conde, un investigador criminal que sueña con ser escritor y que se entremezcla con el bajo mundo de la isla y adonde el autor se sale de esquemas establecidos por la literatura oficial y que nada tiene que ver con el realismo socialista ruso o los primeros experimentos cubanos postrevolucionarios de ese género.

En la novela "El hombre que amaba los perros", este narrador, crítico e investigador enfrenta el dilema en el mundo de la creación que corresponde a una línea coincidente con lo que se ha llamado la literatura de desencanto incluida Cuba, sobrevive con tibios aires de renovación, la frustración de esa Utopía irreverente a la que aludieron los comunistas del siglo XX (Prada 1).

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La obra mencionada ha sido catalogada por varios críticos como su creación más lograda y en ella presenta de manera original y concienzudamente escrita esos dramas que arrebataron la pasión y las contradicciones de la pasada centuria y que aun sobreviven en nuevas formas de exploración de la Utopía, incluyendo la patria natal del autor arriba objeto de análisis.

El enorme éxito editorial de la obra, originalmente publicada en España y traducida ya a varias lenguas, no se debe exclusivamente al tema en cuestión, ya sobrevalorado por periodistas, filósofos y apologistas del fin de la ideología y la globalización. Esta obra narrativa, si bien profundamente crítica y resultado de cinco años de investigación, no es una obra reaccionaria en sí misma, no pretende negar el valor de la Utopía, sino que deviene recreación artística de hechos que conmovieron al mundo por varias décadas bien recientes.

Es bueno aclarar la novela en sí misma es su propia realidad y los elementos estéticos con que se elaboran son producto de la labor de orfebre y relaboración de los datos obtenidos hasta que como producto consumado ya deviene por sí mismo en algo que define Vargas Llosa en su Historia Secreta de Una Novela (Vargas Llosa 1).

¿Qué cuenta El hombre amaba los perros?

Es la trilogía paralela de tres hombres. León Trotsky, uno de los fundadores del estado soviético, Ramón Mercader, asesino de aquel, y un escritor fallido de Cuba. Es decir que las líneas argumentales van a ser elaboradas de una manera muy profesional hasta coincidir en un punto que nos aclara o al menos visualiza la trayectoria de cada uno de ellos, los dos primeros personajes históricos y el último, pura fabulación del autor.

La presencia entonces de varios narradores y protagonistas nos sitúa ante una compleja trama en la que se entremezclan la biografía, la novela histórica y hasta cierto punto la investigación que toma los puntos de referencia y documentación en lo que se refiere a la odisea de Trotsky, las maquinaciones de Stalin y el entrenamiento de quien sería la mano ejecutora de su venganza.

Todo comienza en la Siberia adonde Trotsky es confinado luego de una breve introducción en La Habana y durante un entierro (Padura 1 p. 13-20) En medio del desamparo y la extrema vigilancia, quien fuera Comisario de laGuerra continúa su lucha por evitar que el experimento soviético fracase a manos de un inescrupuloso Stalin quien le permite viajar a Turquía primero y luego a otros destinos europeos siempre bajo el hostigamiento y la meditada sed de venganza de su enemigo, hasta su etapa final en México adonde se ejecuta el acto final de un drama en el que uno de sus protagonistas reconoce la violencia de la que ha sido participe como fundador del estado revolucionario pero que se niega a renunciar a la utopía como tal (Padura 2 p. 21).

Si bien el narrador no perdona a Trotsky por su complicidad con los crímenes que comenzaron entre otros ejemplos con la ejecución de los marinos que ayudaron a la Revolución por el simple hecho de pedir un sindicato y mejoras. Aun así, puede decirse que el único de los protagonistas que no renuncia a su necesidad de descubrir la verdad, a salvar la utopía recibe una especial descripción en la novela. El que fue caracterizado como traidor, el que tratara de fundar una organización paralela a la Internacional Comunista, consciente de sus errores, mantiene hasta el día de su muerte el sueño de la redención de los humildes.

Ramón Mercader, catalán de nacimiento, es otro de los ejes centrales de la trama. De una madre rebelde y revolucionaria como rechazo a su propia clase, nacida en Cuba pero criada en España en medio de comodidades, se manifestará la conexión con un fenómeno que fue también de algún modo esa consecución frustrada de la utopía, esta vez centrada en la Guerra Civil y la supervivencia de la República. En esa especie de ensayo de lo que ocurriría después, triunfó el pasado conservador gracias al apoyo de las potencias fascistas y el desdén de las democracias occidentales y según se describe en la obra a la conveniencia de Stalin quien pretendía ayudar cuando en realidad se planificaba la derrota.

Mercader será reclutado por los servicios de inteligencia soviéticos en medio de la conflagración entre republicanos y falangistas. Su madre quien ha sido abusada por el esposo lleva sus hijos a Francia y se convierte en una ferviente activista revolucionaria pero como personaje resulta antipático por alcohólica y promiscua, así como por su poder manipulador. Es amante del mentor ruso ideológico de quien fuera destinado a ejecutar al revolucionario en desgracia.

El entrenamiento que recibe el joven catalán ejerce sobre él todas las potencialidades de cambio posible. Deberá personificar a otros, prepararse para su función y convertirse en "esa máquina de matar" de que hablara el Che Guevara. Todo lo anterior se complementa con una galería de personajes históricos y de ficción que incluyen a su amante española que desaparece y resurge como sombra de sus propias vacilaciones. Su padre, su hermano y su mentor así como los perros de su infancia se combinarán con los que participarían en la conjura contra Trotsky.

Por otro lado está Iván, nombre paradójico y quien ganó en sus años universitarios un concurso literario nacional y se veía como promesa de la narrativa de su país (Padura3 p. 71) pero que decide ir más allá de lo que muchos han llamado el quinquenio o el decenio gris de la creación artística cubana cuando el estalinismo se ejerció de manera virulenta contra cualquier expresión independiente dentro de la Cuba revolucionaria. Las consecuencias para ese personaje de cruzar la frontera de la apología lleva como consecuencia la destrucción personal del mismo desde el punto de vista creativo aun cuando en la novela se concede mucha culpa personal al sentido de frustración y abandono mediocre en que vive cuando se encuentra con ese extranjero que él llamó "el hombre que amaba los perros".

El encuentro con Mercader quien nunca se confiesa como tal resulta especie de punto coincidente de lo que se narra. Es a través de esa relación que Iván entra en contacto con las negras turbulencias del experimento escamoteado por muchos de sus propios protagonistas. Así podrá enterarse de los planes realizados y la vida del hombre que amaba los perros, quien curiosamente poseía una marca en la mano y un par de animales de raza, muy similares a los favoritos de su víctima.

La obra abarca todo el siglo XX. Por un lado todo lo concerniente a las divergencias y contradicciones filosóficas y sociológicas de las revoluciones, el mundo previo y posterior a la Segunda Guerra Mundial así como el fin oficial del estalinismo . En medio de todos estos hechos, la propia esencia de la Revolución Cubana es cuestionada en sus bases utópicas aunque no ataca a personajes específicos ni tampoco se yergue contra ella de manera frontal.

Cuando Iván arma el rompecabezas gracias a un par de negros, uno quien fuera especie de guardaespaldas y chofer de ese hombre que le confirma sus sospechas. Aquel que le ha contado los pasos de un supuesto amigo, es Mercader mismo y quien misteriosamente contrae una enfermedad cancerígena tal vez inducida por los propios soviéticos quienes desean borrar la existencia de un testigo viviente de la ignominia de otros tiempos.

La segunda clave está en una vieja cocinera quien le entrega documentos y evidencias para ir armando ese rompecabezas. Mientras tanto nos enteramos paralelamente de cómo fue ejecutado Trotsky, de la condena cumplida por el español en México y su regreso a la Unión Soviética adonde permanece condecorado pero en silencio y reclusión en el apartamento que se le concedió. Sabemos de cómo pasa por Cuba, único país que acepta por limitado tiempo su conexión hacia el lugar de donde partieron las órdenes que lo involucraron en un momento trágico de la historia.

En México, son personajes claves Diego Rivera, Frida Kahlo, la esposa de Trotsky e incluso David Alfaro Siqueiros junto a una norteamericana usada para la conspiración a pesar de su inocencia. Ahí nos enteramos de las maquinaciones y la confirmación de que todo ha sido manipulado desde un principio. Deviene este momento una especie de catarsis de cómo se va gestando la negación de la utopía como principio para convertirse en simple repetición de los juegos políticos violentos de tanto tiempo humano y teóricamente basados en Maquiavelo.

La mordida de su víctima quedará como marca en la anatomía y la mentalidad de Mercader, asesino. Su retribución es poca cuando descubre que ha sido víctima también como lo fueron sus compañeros de conspiración. Su vida en Moscú luego de su encierro le confirma que todos los sueños por los que ha luchado son no en el nombre de la Utopía sino de la venganza. Su propio mentor, defenestrado y sobreviviente de las continuas purgas lo expresa con cinismo:

"¿Tú crees que valía la pena que yo me cubriera de mierda creyendo que así iba a salvar a mi mujer, a mis hijos y a mi hermana? ¿Qué autoinculpándome de cualquier infamia iba a ayudar a la república de los Soviéts y, a lo mejor, salvarme yo?(...)" (Padura 4 p. 490).

¿Cómo llega a Cuba Mercader? ¿De qué manera ese encuentro con un joven fracasado confirma una especie de nudo de las tramas por las que pasa la novela? Es cuestión de ficción y tal vez de un dato misterioso oculto que no se resuelve.

Lo más interesante no es esta relación de datos históricos sino la consecución estética de una realidad que solo puede ser explicada desde la hermenéutica literaria, del carácter diferenciado de la obra artística que crea su propio mundo (Prado Oropeza 2 p. 29). Se elabora una narrativa que nos indica que sólo la interpretación de la realidad a través de la literatura permite confirmar en esta etapa postmoderna que la metafísica de las verdades infalibles no existe. Vuelve a la memoria que si bien Nietzche dijo que dios no existe también implica que no se debe confundir la utopía con el dogma y mucho menos justificar los abusos en el nombre de ella.

Por eso creo que El hombre que amaba los perros no es simple documento histórico sino una novela escrita desde un estilo y una imaginación que le brinda valores innegables. No sólo su estructura, siguiendo el estilo de grandes maestros sino en su propia creatividad que abarca la fabulación de las realidades históricas, la solidez del lenguaje y la perfecta dimensión de los personajes.

El final sorprendente nos deja con aquel sabor de que la nada como concepto es algo que puede borrar lo imperfecto, desaparecer la falsedad de las utopías y los dogmas aun cuando eso no implica la posibilidad abierta de que la nada como interpretación de la realidad se llega a la comprensión de los errores históricos pero desde una perspectiva no sólo filosófica sino humana y más que nada literaria.
Lo anterior se denota claramente cuando Iván le entrega a un amigo que si está ejerciendo como escritor todos los documentos para que elabore una gran novela pero éste decide enterrar con su amigo los papeles que guardan los secretos, con su perro los recuerdos más personales. ¿Entonces podría preguntarse si no se reveló el secreto por qué Padura con su meganarrador abre la caja de Pandora y podemos leerla?

Habría entonces delimitar que "El hombre que amaba los perros" no es la negación absoluta sino la consecución de una reflexión sobre el fin de la utopía irrealizada, incluso en la Isla. Ahora bien y es bueno aclarar, allí en Cuba florece una literatura y arte que no es sólo contemplativo y condescendiente.
Sería una exageración afirmar que los creadores cubanos del país son únicamente apologistas. Leonardo Padura es considerado por muchos un escritor oficial que no ha roto con aquel sistema imperfecto y aun cree en la Utopía. Forma parte de la nueva generación que ha influido también en los conformistas de antaño.

Si bien la llamada creación disidente tiene las puertas cerradas por el obtuso funcionamiento de un país dirigido por viejos, ello no significa que obras de esta naturaleza existan en la isla. La edición que yo consulté fue publicada por la Unión de escritores de ese país. Tal vez aquello de que "con la Revolución todo contra ella nada" marca esas diferencias. No obstante esa novela nos muestra la efervescencia de un proceso en cambio.

Finalmente me atrevo a asegurar que la lectura de esta novela, ya fundamental en la literatura cubana y española nos invita con deleite y creatividad a disfrutar de los grandes retos del género humano en su incansable y a veces fallida búsqueda de la utopía.

Notas bibliográficas:
Padura, Leonardo: El hombre que amaba los perros. Ediciones Unión, Ciudad de la Habana 2010
Prada Oropeza, Renato: Hermenéutica. Símbolo y Conjetura: Colección Argos, Editorial Arte y Literatura. La Habana 2010.
Vargas Llosa, Mario: Historia Secreta de Una Novela: Tusquets Editores S. A. 2da edición en Fábula, 2008

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