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Juan José Solis Delgado

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Fin de un sexenio obcecado

Publicado: 28/11/2012 09:35

felipe calderon hinojosa

La personalidad de la sociedad mexicana es tan plural, que para evaluar el sexenio de Calderón se pueden tener varias lecturas. Desde aquellas que lo retratan como un presidente valiente, hasta las menos afortunadas que lo colocan como un hazmerreír de la política. En honor a la verdad, cualquier examen debe ser objetivo y reconocer los puntos positivos y criticar constructivamente los aspectos negativos. La ira y la frivolidad no aportan nada.

El esfuerzo para identificar los aspectos positivos del sexenio calderonista es mayúsculo, pues más allá de heredar un sistema financiero más o menos estable y por ende una economía sana, no hay mucho que pueda reconocerse, pues tristemente el eje motriz que le dio vida a su gobierno, fue sostenido en la guerra contra el crimen organizado que no arrojó los resultados esperados y que simplemente provocó que el país cayera día con día en un profundo precipicio de violencia y muerte.

Nunca en la historia del país, se habían destinado tantos recursos a la seguridad nacional; sin embargo, paradójicamente ese derroche de recursos fue inversamente proporcional a los resultados. La guerra que emprendió Felipe Calderón, transformó a las secretarías de Seguridad Pública, Marina y Defensa, en una suerte de elefantes blancos a los que se les inyectó de manera desmedida dinero público que nunca se pudo materializar de manera efectiva en una verdadera política de seguridad que contuviera los embates de la delincuencia organizada.

A pesar de ser un hombre con una trayectoria legislativa respetable y una figura central en su partido político, Felipe Calderón quiso buscar la legitimidad que no encontró en la urnas. El fantasma que le reclamaba haber robado la presidencia en 2006, lo obligó a presentarse -sin más- como un estadista que desde sus primeros días de mandato mostraría mano firme para gobernar.

Lamentablemente su decisión primaria de consecuencias catastróficas, fue el envió a la calles de las fuerzas armadas a cumplir con tareas policiacas y a combatir algo que medianamente conocían.
En ese camino, las fuerzas castrenses perdieron la credibilidad y respeto ganado a lo largo de los años. La falta de entrenamiento provocó que en más de una ocasión los militares arremetieran sin piedad contra ciudadanos inocentes, mientras que los verdaderos delincuentes seguían operando impunemente en las calles. En menos tiempo de lo imaginado, gran parte del territorio nacional se convirtió en tierra de nadie. El primer resultado parcial de la guerra emprendida configuraba a todas luces y sin remedio un natural Estado fallido.

Evidentemente, Calderón nunca quiso aceptar la idea del Estado fallido, pero tampoco hizo nada por combatir el crimen desde la raíz. Antes de salir a las calles, debió depurar las policías de todos los niveles que a la fecha siguen infiltradas de delincuentes. Además debió decretar un marco jurídico que diera mayores garantías de justicia, pero sobre todo que sirviera para fortalecer adecuadamente el sistema penitenciario.

Nada de ello se hizo. Tampoco se pensó en verdaderos programas de desarrollo social. Las dádivas de la Sedesol, apena sirvieron para crear lazos electorales entre los beneficiarios, no existieron políticas públicas que ofrecieran espacios de desarrollo para los jóvenes. La juventud fue tratada por su aspecto, el caso más emblemático fue la masacre en Villas de Salvárcar donde sin pruebas de por medio, Calderón acusó a los jóvenes universitarios de ser pandilleros.

En éstos seis años, no hubo poder humano o divino que hiciera ver a Calderón su error. Vivió obcecado en una guerra fomentada por su brazos armados Genaro García Luna y Luis Cárdenas Palomino; las casi 83 mil muertes muertes y la violencia irrigada por todo el país fueron simplemente circunstancias obligadas. Nunca hubo posibilidades de ganar, al final, no hay más realidad que aceptar que perdió.

Pero no sólo Calderón perdió su guerra, en el camino perdimos todos. La inseguridad, la violencia y la muerte impusieron un ambiente desolado en varios estados de la República. Familias enteras tuvieron que migrar hacia otros sitios, el miedo imperó en el modo de hacer la vida cotidiana. Los delitos de secuestro, extorsión, robo, prostitución, etcétera, incrementaron casi exponencialmente; la impunidad y la corrupción quedarán como el sello de este sexenio. Matar o robar fueron los delitos que menos solución tuvieron.

Perdimos todos, porque el miedo hizo que regresará el PRI. La constante fue: "al menos con el PRI no había tantos muertos". Sin considerar que justo en la época del priismo autoritario se fundaron las bandas criminales.

El crimen fue paradójicamente el gran negocio del sexenio. Muchos se hicieron multimillonarios (como es el caso de García Luna) y otros más esperaban disfrutar del negocio en la administración que se avecina. Mientras tanto, seguiremos perdieron porque el crimen está a la vuelta de la esquina. De seis organizaciones criminales que se tenían identificadas en 2006, hoy la DEA y el gobierno mexicano tiene identificado a 31 células. El narcotráfico y sus crímenes periféricos están más cerca que nunca. Triste fin de un sexenio, pero existe la esperanza que -con Peña Nieto- las cosas puedan empeorar aún más...

Nota al margen:
Se discute si fue Calderón o Peña Nieto quien ordenó el cerco militar de casi 10 kilómetros a la redonda en las inmediaciones del Congreso de la Unión. Quien haya sido, queda claro que se trata de impedir que los ciudadanos se acerquen a sus gobernantes y legisladores. Curiosamente, esa escena no fue la misma que se proyectó en los spots publicitarios de Peña Nieto donde cariñosamente lo mismo abrazaba a una señora que se veía rodeado de niños indígenas. Ahora pasaremos de la realidad de los spots televisivos a la realidad real de militares del Estado Mayor Presidencial que no dudarán en trasgredir los derechos humanos con tal de evitar que la prole se acerque al presidente impuesto.

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