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Transcurría el invierno del 96. Un invierno aterradoramente frío y seco, como suele ser esa estación en Santiago de Chile. Nos reuníamos en un bar del barrio Club Hípico con los poetas y pintores de Sara Bell y Derrame, dos agrupaciones de escritores y artistas que se cortejaban y que tenían integrantes con camas y petacas en ambos lados. El bar lo atendía un viejo poeta devenido en alcohólico. Bebía todo el día, y como se entusiasmaba con nuestras charlas, traía trago gratis y se sentaba con nosotros, descuidando al resto de los comensales.
Con unas cervezas en el cuerpo, era usual que nos enfrascáramos en pugilatos verbales sobre temas pictóricos o literarios. Extrañamente, la política no era una invitada recurrente. El que sí se hacía siempre presente, al menos por mención, era el escritor Alberto Fuguet. Ese año acababa de ser publicada su segunda o tercera novela, Tinta roja, y los muchachos, que estudiaban mayoritariamente periodismo, debían leerla por obligación, y más encima elaborar un extenso papel sobre la obra.
Éramos muy pedantes, lo reconozco, y en medio de esa fastuosidad de grandes ideas y escritores rebuscados, el estilo aparentemente simplón de Fuguet era como comer ají por accidente.
La contienda siempre era desigual, por cuanto los atacantes eran multitudes que se iban renovando peródicamente, y los defensores no más de tres chicas, siempre las mismas, y que lo defendían más bien como abogadas defensoras de juzgado, porque alguien tenía que defender al pobrecito.
Yo intervenía sin saber demasiado, aunque dando a entender que sabía mucho. Como era aún más arrogante que ahora, imponía la solemnidad de un sacerdote infalible que daba una sentencia definitoria, habitualmente poco favorable al escritor Fuguet.
Mi afán de aquellos días eran más bien las mujeres, todo el exquisito arcoiris femenino de piel y cabello. Morenas, blancas, cholas, ricas, pobres, jóvenes, mayorcitas, locas, neuróticas, arribistas, silenciosas, sumisas, sádicas, incultas, mentirosas o letradas. Me consideraba a mí mismo como un minucioso antropólogo especializado en todo lo concerniente a las mujeres. Pero esto no tiene nada que ver con lo que estaba contando.
Aldo Alcota, el más grande pintor surrealista chileno, afirmaba con elocuencia que Fuguet era una vergüenza nacional y que sus libros perfectamente los podría haber escrito un deficiente mental, que sus libros había que quemarlos porque estaban infectando la cultura chilena y latinoamericana.
Yo asentía, porque con Alcota borracho había que asentir, y además no podía dejar de manifiesto que de Fuguet sólo conocía el nombre.
A medida que las botellas de cerveza se iban vaciando y que el barman alcohólico traía nuevo combustible, las groserías que emanaban de esta manga de borrachos se tornaban irreproducibles. Pero eran mis amigos, y yo me sentía dichoso con ellos, estuviera o no estuviera de acuerdo con sus juicios.
Muchos años más tarde empecé a leer con atención, y sin que nadie me lo recomendara, las crónicas periodísticas de Fuguet. Me pareció un tipo informado, lúcido, buen reflexionador literario, que lograba condensar su enorme bagaje cultural en artículos compactos y sobre todo útiles, pues, a diferencia de la mayoría de los articulistas, Fuguet aporta datos claros y precisos.
Más adelante me he acercado de a poco a sus letras, por lo que hoy tengo cierta base como para reconocerle su afán experimental, su genuina innovación en la forma y su incorporación de coloquialismos y coprolalias a las letras.
En definitiva, siento que su obra, al menos la de su primera etapa, es una instantánea histórica, quizá la mejor, de una época oscura y lánguida, como lo fue el epílogo del gobierno de Pinochet y el advenimiento de una democracia timorata que no se atrevió a tomar cartas serias en ningún asunto.
Entrevista a Alberto Fuguet en YouTube.com:
Cesar Leo Marcus: Estamos perdiendo la Guerra del Miedo...
Saludos, Deyanira.
Saludos
Saludos amigos.
Me procuraré unos libros y profundizaré en su lectura ahora que me lo trajo a la memoria.
Muy bueno su artículo.
Besos!
Hacia el predominio de la literatura sucia.
El escritor Alberto Fuguet, en un artículo sobre Ricardo Piglia, retoma un tema que ya había planteado Vargas Llosa, y que se refiere a un cierto cansancio del lector actual respecto a la mentira. Pero el autor replica inmediatamente: “en buenas manos una sarta de mentiras puede transformarse en verdad”.
Fuguet prosigue: “Al parecer cada vez son menos los que dominan el difícil arte de contar mentiras y si, en cambio, hay cada vez más autores que tienen algo más importante que una buena prosa o una cierta habilidad para contar una historia o armar una intriga: tienen una voz, una identidad, una mirada”.
Por mi parte, me hago partícipe de este creciente predominio de la no- ficción, de la fusión de géneros. A veces me pregunto ¿por qué he de corregir? ¿por qué he de reparar lo que mi intelecto, mi sensibilidad, mi alma botó suciamente al mundo? ¿por qué lo sucio es menos valioso?
Al menos me sucede que cuando leo un relato demasiado pulido, demasiado aséptico, me aburro rápidamente y me exaspero por el tiempo perdido, abandonando la lectura. Es como caminar sobre una baldosa fría e inmaculada. No hay allí señales de tropiezos, de equívocos, de sangre y semen derramado, sólo condescendencia con el editor conservador.
Saludos, Sofía.
Muy bueno, Muzam
Saludos Qaseem.
Lo saqué de Tinta Roja. Me gustó su estilo. Muy limpio. Gracias por la recomendación Muzy. Espero que ya no beba tanto como antes.
Es bueno avanzar hacia la economía de recursos, hacia lo estrictamente necesario para narrar una buena historia.
Lo que en Mala Onda parecía una búsqueda de estilo, en Tinta Roja ya se aprecia como algo más consolidado.
Un abrazo