Jorge Muzam

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Eduardo Blanco-Amor, un gallego adicto al caldillo de congrio

Publicado: 19/06/2012 07:00

Hay escritores que sin ser chilenos, han dejado la impronta de su mirada muy bien marcada en nuestra idea de país. Eduardo Blanco-Amor es uno de ellos. Nacido en Ourense, Galicia, en 1897, emigró a Argentina a los 17 años, y allí se formó como periodista y fue profesor de lengua gallega en la Universidad Nacional de Buenos Aires.

No obstante desarrollar buena parte de su vida académica en Argentina, escribió y publicó en lengua gallega la mayoría de sus obras, así como retrató temáticas principalmente ligadas a su ciudad natal.

Alrededor de 1950 anduvo por Santiago de Chile y sobre esa experiencia escribió el libro Chile a la vista. Sin embargo, el éxito de la edición obligó a los editores a pedirle al autor que escribiera una segunda versión que abarcara el conjunto del territorio chileno. Así fue como Blanco-Amor realizó un extenso viaje de más de 4 mil kilómetros desde Magallanes hasta Arica, fruto del cual escribió una segunda edición que es a la que nos estamos refiriendo.

La mirada de Blanco-Amor es aguda y compasiva con lo que va encontrando en el camino. No se le escapan ni las grietas expresivas en el rostro de los pobres, ni los ademanes altivos de los abundantes perros callejeros que pueblan las ciudades y pueblos de Chile. Resalta el garbo muy femenino de las bellas chilenas cuarentonas, a quienes recomienda llamar cuarentinas, para hacerle mayor justicia a su donaire.

Degusta todo tipo de comidas, no sin cierto recelo ante los secretos de su preparación, aunque en ocasiones el recelo original transmuta en culpabilidad, sobre todo cuando ciertos manjares se le vuelven adictivos, como le sucede con el caldillo de congrio:

"Pero un día -¡ay, mísero de mí; ay, infelice!- descubrí el caldillo de congrio. Insensatamente despistado por el diminutivo, representémelo como un inocente jigote adecuado para puérperas, como algún transparente consomé de enfermo, donde el congrio sería apenas una delicada y lejana alusión al caldo de pescado. Y lo pedí ...

¿Por qué en su lugar y en aquel mismo instante, no pedí la cicuta? ¿Qué destino me espera ahora tras un régimen de dos caldillos de congrio diarios y a veces, ¡oh, espanto!, con una repetición tras cada uno? ¿Quién fue el enemigo que inventó el sublime equilibrio de esta síntesis de chapines, caldeiradas y buillabesas? ¿Quién tradujo al lenguaje del Pacífico la antigua sabiduría ictiofágica de Atlánticos, Cantábricos y Mediterráneos, sometiéndola a nuevos desgloses de gustos y subgustos? ¿Cómo iba a hacer yo para evitar el sabrosísimo nepente oculto en el diminutivo? ¿Quién me reconocerá, a mi regreso, tras estos mofletes y papadas, tras estos rollos y envolturas? Fieles a los usos geológicos de estas partes del mundo, los restos de mi silueta quedarán aquí no enterrados, como en las viejas arqueologías europeas, sino sumergidos, como en las nuevas geografías americanas, junto con las secuencias australes y los continentes pascuenses. Sumergidos en caldillo de congrio ¡Ay, dolor!"

Compara lugares y personas con lugares y personas de otros países, incluso con personajes de la literatura, la historia y la ópera. Su amplia erudición le permite hacer innumerables analogías y juegos verbales, mientras se sonríe, se sorprende y se conmueve ante el barroquismo tan vital e insólito de este sureño país. Una característica muy personal de Blanco-Amor es que no puede evitar hacer continuas referencias a su tierra natal, como si parte de su ser siguiera viviendo y desayunando bajo el amparo de su sol gallego.

Su narración es tan elocuente como clarificadora de nuestras conductas y costumbres, captando muchas veces lo invisible, lo inaudible y el detalle objetivo y subjetivo que casi siempre se nos escapa a los transcriptores de nuestro propio entorno.

Chile a la vista es en definitiva una obra valiosísima e iluminadora, que se suma a la fina mirada de la británica María Graham en su Diario de mi visita a Chile, de 1822, y la del boliviano Gustavo Adolfo Otero, que con gran perspicacia y calidad narrativa, retrata nuestras miserias y grandezas en su libro El Chile que yo he visto, de 1922.

 
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