Jorge Muzam

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La biblioteca ideal de un pinochetista

Publicado: 02/07/2012 07:30

Cada lectura genera reflexiones paralelas, ventanas que se abren hacia momentos relevantes del pasado, permitiendo revisar a la luz de nuevos antecedentes situaciones entonces confusas, pero que contribuyeron a configurar un cierto tipo de carácter. Se rememoran situaciones difíciles, personas, visiones de mundo, perspectivas, coyunturas políticas, inculcaciones, advertencias y severidades de quienes eran los llamados a ser nuestros formadores: padres, parientes, adultos cercanos, profesores, autoridades colegiales, policías y todo el aparataje gubernamental de comunicación que nos bombardeaba todo el día.

Empezaban los años ochenta. Más o menos en la época en que Jimmy Carter fue pisoteado por Ronald Reagan. Yo asistía a la preparatoria en la escuelita pública de un pequeño pueblo agrícola llamado San Fabián de Alico. Sólo llegaba la difusa señal de la televisión estatal y algunas radios que trasmitían canciones de Julio Iglesias y Camilo Sesto.

Desde el colegio me solía pasar a la casa de mis abuelos, distante a pocas cuadras. Mi abuelo era un ceñudo sargento de policía y bibliófilo compulsivo. Mi abuela, una temperamental dueña de casa con una férrea conciencia social. En su casa había una enorme biblioteca, que estaba cercenada (hoy lo entiendo) de cualquier alusión favorable al gobierno de Allende, a Cuba, a la Unión Soviética y a la izquierda chilena.

Era pródiga, sin embargo, en textos que demonizaban tales temáticas. Los Mil Días de la Unidad Popular daban una impresión fotográfica del apocalipsis que significó el gobierno de Salvador Allende. En El Día Decisivo, Augusto Pinochet eludía con astucia y una semántica no demasiado virulenta toda su responsabilidad en el quiebre institucional.

La colección completa de Alexandr Solzhenitzyn (lo que había escrito hasta entonces) nos daba un panorama de aquellos días, años y décadas de gulag. Sumados a ellos, abundantes biografías de personajes extranjeros como Churchill, Hitler, Rommel y Mussolini.

También estaban los chilenos José Luis Rosasco, Pablo Huneeus, Roque Esteban Scarpa, Magdalena Petit, Alberto Blest Gana, Enrique Campos Menéndez, Armando Braun Menéndez, Enrique Lafourcade y el relamido Jorge Edwards ocupando un lugar central con su grueso libro Persona Non Grata, que hablaba de su paulatina decepción con la Cuba de Fidel Castro.

En un lugar encumbrado, casi inaccesible, relucían las finamente empastadas colecciones de los historiadores conservadores chilenos. Alberto Edwards, Jaime Eyzaguirre y Francisco Antonio Encina, que permanecían como custodios implacables de la esencia oligárquica de la nación.

El ala derecha lo ocupaba literatura variada, con textos de Graham Greene, Milan Kundera, Paul Johnson, Agatha Christie, René Vergara, Cervantes, Hawthorne, Melville, Jack London, Tolstoi, el Diario de Joseph Goebbels y abundante literatura del siglo XIX.

El ala izquierda de la biblioteca lo ocupaba la colección completa, desde el número uno en inglés y español, del Readers Digest.

No quedaba, pues, más que asistir de buena o mala manera a esa formación literaria e ideológica muy bien predispuesta por mi abuelo sargento de policía.

Todo este esquema probablemente hubiese moldeado una cierta percepción política en mí, de no haber sido por el soterrado aporte contrario de mi abuela Rosa, que aprovechaba cada instancia a solas para explicarme que las cosas no eran de la forma como me las pintaban, que allá afuera había egoísmo, ambición, manipulación, que la Unión Soviética y Cuba eran en realidad verdaderos paraísos terrenales y que al Presidente Allende lo había asesinado el mismo Augusto Pinochet.

Por alguna razón síquica que aún desconozco, las personas suelen inclinarse por lo prohibido, lo que aparece como más débil u oculto, y esta no fue la excepción, inclinándome pronta y definitivamente por la influencia sutil de mi abuela.

Hoy, tras haber intentado acorazarme con rigor académico, puedo afirmar que tales esfuerzos por moldear políticamente mi infancia se adosaron firmemente a una dimensión subjetiva de mi raciocinio. Sé perfectamente, porque así lo corroboran los antecedentes consensuados, que Pinochet no mató directamente a Allende y que la URSS y Cuba no eran precisamente un paraíso, aunque probablemente en ese entonces estaban más cerca que nosotros de serlo.

Sin embargo, en el fondo de mí, y aunque nunca deba ni necesite decirlo, mantengo convicciones primarias, y es que Pinochet sólo fue un zorro ramplón, oportunista y desalmado, el tonto útil que la oligarquía necesitaba para conseguir la plena restauración de su predominio; y la Unión Soviética y Cuba, el lugar paradisíaco donde hubiese querido vivir.

 
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Cada lectura genera reflexiones paralelas, ventanas que se abren hacia momentos relevantes del pasado, permitiendo revisar a la luz de nuevos antecedentes situaciones entonces confusas, pero que contr...
 
 
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07:14 de 04/07/2012
Nuestras primeras lecturas nos marcan, nada mejor que tener una buena selección de libros a mano.
Muy bueno su relato, saludos.
15:58 de 03/07/2012
Concuerdo con Dulce Sofía, me parece una delicia disponer de una biblioteca semejante a tan temprana edad, a pesar de las censuras. Curiosamente, esta mañana, viendo el noticiario, me ha parecido que, más que nunca, resultaba ser un panfleto del gobierno. Creo que tampoco hemos cambiado tanto… Gracias por cedernos un trocito hermoso de tu vida Jorge, como siempre, tan bien contado.
Abrazos
Laura
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Jorge Muzam
19:57 de 03/07/2012
La manipulación mediática es el arma principal de los grupos de poder. Las personas viven en un carnaval de ilusiones y cortinas de humo. En España mismo hay un drama social gigantesco con los mineros del carbón, y sin embargo los medios sólo hablan de fútbol y futilidades farandulescas.

La biblioteca de mi abuelo hoy es mucho más grande, pues le ha agregado unos cuántos miles de libros y revistas más. Ya no está cercenada ideológicamente y hoy se puede hasta encontrar libros marxistas entre los anaqueles.

Un abrazo Laura.
21:08 de 02/07/2012
Mientras lo leía pensaba en la biblioteca de Hittler, no pude evitar hacer ese absurdo y cuestionable paralelismo sólo basándome en el título. Me dejó pensando largo en las obras que podrían componer la biblioteca de Pinochet y me encantaría hurgarla. No obstante, me quedaría mil veces con la de su abuelo.
Un gusto leerlo, siempre!
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Jorge Muzam
22:41 de 02/07/2012
Hitler era un artista fracasado, un resentido peligroso tras tanto rechazo. Imagino que en su biblioteca tenía obras de pintores ingleses (sentía admiración por los ingleses) como Hogarth o Gainsborough.
Saludos Rumi
20:47 de 02/07/2012
Qué grato disponer de una biblioteca así. Debe ser hermoso poder nutrirse de todo ese tipo de lecturas a temprana edad, en mi caso pasaron años hasta que pude tener a mano lo que vale la pena (sobre todo el desgaste progresivo de la vista). Luego de leer su relato lo imagino como un Mariano Moreno o Manuel Belgrando hurgando libros para gestar ideas revolucionarias, su cabeza bulle como la de ellos!

Me encantó, saludos.
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Jorge Muzam
22:12 de 02/07/2012
Una arista contradictoria en la vida de mi abuelo, pues mientras él era un autodidacta, amante de los libros, amante de los escritores, de los historiadores, de las biografías y cuanta cosa escrita existiese, el gobierno de Pinochet denostaba a la intelectualidad, esforzándose más bien por encauzar a los chilenos hacia un servil y bobo patrioterismo que no cuestionara sus políticas.
Y en mi cabeza efectivamente bullen las conspiraciones, saboteos, revoluciones y colas de burro para la autoridad.
Saludos Sofía.
16:43 de 02/07/2012
No imagino a un abuelo argentino culto, de derechas y más encima policía resguardando ideológicamente su hogar. Un relato asombroso.
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Bloguero de HuffPost Voces
Jorge Muzam
17:55 de 02/07/2012
En ese aspecto fui privilegiado, Alejandra. En aquellos años pensaba que lo común era que en cada hogar existiesen cientos y miles de libros y lectores y gente sabia que debatiese cada día sobre temas diversos, respetuosamente y con argumentos sólidos. Los libros fueron para mí como la relación que hoy existe entre los pequeños y los computadores. Si los dejas manipularlos pueden transformarse hasta en hackers antes de los ocho años. Yo leí de todo a muy temprana edad, y pues, ya con sólo contar con autores como Solzhenitzyn o Dickens (que estaba exento de la persecusión anticomunista) podía darme por satisfecho. Saludos, Alejandra.