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"Nada como los taquitos de México". "Como que aquí no te saben igual". "Algo les falta". Desde que llegué a Los Ángeles he escuchado decir esto a mis amigos mexicanos una y otra vez. Y pensé en ellos cuando en tantas ocasiones me he quedado pasmado ante monumentales quesadillas rellenas con queso cheddar, u órdenes de tacos de carne asada envueltos en tostada con crema, o cuando enfrenté el misterioso caso de los frijoles dulces.
Y entonces surgió la pregunta: ¿Cómo es posible que en la ciudad con más mexicanos en el planeta después del D.F. no haya unos tacos de calidad mundial? ¿Es razonable pensar que entre los casi 4 millones de paisanos que habitan en el condado de Los Angeles, no haya una taquería como la del barrio? ¿No será que muchos compatriotas han sucumbido al síndrome de "En México todo es mejor" alimentado más por la nostalgia que por datos científicos?
Decidido a responder estas preguntas emprendí una expedición taquera por los confines angelinos. El tacólogo Alberto Santillán es mi guía en la aventura. La misión: encontrar el taco perfecto.
Los que habitamos estas latitudes sabemos que aquí las distancias son insultantes, y con la gasolina a casi cuatro dólares el galón había que refinar la búsqueda. Así, eliminamos de antemano todos los negocios que olieran a corporación o que tuvieran alguna palabra en inglés en el nombre. Una tortilla con carne molida dentro no es un taco, señores, con todo respeto.
La primera parada fue el restaurante Lotería en Hollywood Boulevard. Había escuchado magníficas referencias de este sitio por parte de mis nostálgicos amigos. Quedé gratamente impresionado desde que entré al lugar: grandes cuadros adornaban las paredes con las ilustraciones del tradicional juego de lotería mexicano, una majestuosa piñata verde pendía del techo y sabrosa música de cumbia inundaba de trópico el ambiente. (Ya sé que la cumbia es colombiana pero recuerden que esto es Estados Unidos). Pedí dos tacos: uno de con pollo con mole y el otro de albóndigas.
De entrada, el tamaño no fue de mi completo agrado. El diámetro de la tortilla era apenas más grande que la de un taco al pastor. Pero al clavar la primera mordida tuve una regresión inmediata a la cocina de la abuela, mi cuerpo conquistó la cima del Popocatépetl y en mis oídos retumbaron sones y huapangos. ¡Esto es México, carajo! Gritamos al unísono el tacólogo y yo. Sin embargo, la jugosa cuenta en dólares nos regresaría de golpe a la realidad. Los viajes salen caros, ni duda cabe.
Ya sé lo que están pensado: estos tipos son unos "fresas" unos "apretados"; ¡no se pueden encontrar tacos de nivel en Hollywood! Para taquear hay que ir al barrio; darse un baño de pueblo. Así que enfilamos hacia el Valle de San Fernando. Y en Reseda Boulevard, por los rumbos de Northridge, descubrimos el autodenominado "Sistema de comida chilanga": los tacos Metro Balderas. En este ínfimo local animado con música de rocola, sometimos a prueba a los de asada, pastor, suadero y carnitas.
A los tres primeros les daremos la denominación de "Tacorriente", es decir, comibles. Pero los de carnitas se llevan el título "Tacomo Dios manda": tortilla grande, suave y DE TORTILLERIA. (En este país utilizan casi siempre tortillas de paquete incoloras, inodoras e insípidas). Las carnitas del Balderas son épicas; pero sólo las ofrecen los fines de semana. Los de pastor supieron bien. Sin embargo, tanto mi acompañante como yo, no pudimos dejar de cuestionarnos. ¿Y el trompo? ¿Y la piña? Por lo tanto, les otorgaremos la denominación "Tacomo que algo le falta".
¡Pero Northdrige no es barrio! Exclamarán nuestros detractores. Así que corregimos el rumbo hacia Lincoln Heights, a un costado del este de Los Ángeles. Y en estos territorios donde el hombre blanco se encuentra en vías de extinción localizamos "La Naranja", que no es otra cosa que un puesto de lámina metido en un local. En dicha estructura, el taquero dispensa alegremente los de asada, tripa y longaniza, que se retuercen sobre una cazuela metálica. Los de cabeza, entretanto, se cuecen aparte en vaporera. Con gran estilo, el sujeto despliega en su mano derecha la tortilla doble y a manera de cuchara, la hunde en la cazuela.
Tras la consabida pregunta "¿con todo, joven?", viste los taquitos de salsa, cebolla y cilantro. De acuerdo al tacólogo, este hecho en apariencia insignificante les da un toque más auténtico, pues casi todas las taquerías en Los Ángeles tienen las salsas y vegetales al alcance del cliente para que éste las vierta sobre su alimento. Dicho de otra forma: el estilo, las medidas exactas y la manita sudada del taquero le dan a "La Naranja" ese saborcito a Azcapotzalco o Iztapalapa.
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Pero ya entrados en hambres y aferrados a un encuentro con nuestras auténticas raíces taqueras, nos lanzamos a Highland Park, al noreste del centro de Los Ángeles. Ahí, entre las calles York y Milwaukee encontrará usted una parilla a cielo abierto, con todo y trompo de pastor.
El lugar presenta elementos que lo colocan por encima de sus competidores: las tortillas son hechas a mano, la salsita de nopales con chile habanero y cebolla es gloriosa, eso sin mencionar la especialidad de la "casa", las denominadas "mulitas": dos tortillas con queso derretido y jugosa carne finamente cortada. Completando la experiencia culinaria usted dispone de una hielera con refrescos de sabores y la pintoresca iluminación de tres focos de cien watts alimentados con generador portátil. Todo esto, más el smog que flota en el ambiente, le otorga la denominación de "Tacomo en México".
Puedo escuchar el airado reclamo de nuestros lectores: ¿Dónde quedan las miles de "loncheras" diseminadas a lo largo y ancho de la ciudad? He de responderles que la búsqueda apenas comienza. No cesaremos en nuestro afán de encontrar el taco perfecto así tengamos que hundirnos en el inframundo. Recuerden que la tortilla de arriba nunca es la más sabrosa. Mientras llegamos ahí, se aceptan sugerencias.
La historia del taco en vídeo:
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Hm.....no es por presumir pero como mi mama gastaba mucha atension con la visitas en su costumbre de ser hopitalaria, casi no se le ivan sin darles de comer. Quizas fuese resultado de cortecia en el compromiso de agradecer, pero siempre le decian que era la mejor guizandera.
Puede que suene incuerente, pero con solo olfatear las aromas del chle verde tostado y acompan~adas de las delos frijoles 'ala holla'.....ya me han remontado alos recuerdos.