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Aquella noche bailó hasta la saciedad, sudó, rió, se liberó en un abismo de euforia porque simplemente se quitó los zapatos. Eran parisinos, entre los más caros de moda, pero eran los verdugos que le amordazaban los pies mientras otros creían que se los adornaban. Los pies no tenían existencia, la autoestima ni siquiera la tenían por el suelo. Los pies vivían con dolor porque eran unos pies de canguro viejo.
Los pies nunca habían sentido una caricia, vivían en la oscuridad de sentirse feos, ultrajados cada vez que veían la luz del sol y humillados ante la risa burlona de un hombre, que veía a su mujer con pies de canguro viejo. Cuando la luna aparecía los escondía entre los reflejos, entre las sábanas los guardaba hasta en el más impensable pliegue de algodón, llenaba la tina del baño y los sumergía en un letargo de llanto y ni siquiera los pobres pies de canguro viejo podían tener su hábitat y disfrutar la hierba aún verde de los pastos porque vivía en clima de un sol que rajaba las piedras.
Todos los días, el verdugo mental reparaba en un nuevo defecto de aquella mujer a quien decía amar. Algunas mujeres, no importa si les pegan con palabras o las hieren con las manos, van desarrollando un callo de resistencia ante el maltrato que las entierra en vida. Aquella mujer aparentemente andaba alegre, pero por dentro iba mustia y encima con pies de canguro viejo. Lo peor es que hasta ella misma se reía del cinismo del cínico que se lo decía. El cinismo tenía muchas caras y era como el viejo refrán: oscuridad de la casa, luz de la calle.
A todas estas, la mujer nunca había visto unos pies de canguro viejo e invirtió horas y horas buscando en Internet y analizando las patas de los canguros. Lo peor de todo, es que el cinismo parecía ganar y la mujer le tiró una foto a sus "patas" y comparó, y abrió la boca, y en un momento de silencio lloró de rabia, de humillación, de una falta de autoestima que la consumía cada día, que la tenía atada, que la consumía en lo único que sabía hacer para defenderse: gritar como una loca. Lo que, al fin y al cabo, hacen todas las mujeres en una relación de violencia que no viaja a ningún sitio, que sólo tiene un billete sin regreso al más absoluto descontrol emocional.
Ella también tenía grandes pies como los canguros. Encontró la explicación de por qué en la universidad ganaba siempre en las competencias de atletismo y en salto largo, salto con vallas o cualquier modalidad que fuera estirar aquellas "patotas". Después de cuatro décadas encontró la explicación. Ella también era más herbívora que carnívora y podía alimentarse de raíces y hierbas en vez de filet mignon, que el hombre perfecto nunca le podía comprar porque invertía el tiempo en cómo minimizarla con palabras y análisis académicos. Lo único que no compartía la mujer con los canguros es que ella no era una especie nocturna y que prefería comer en las mañanas y no en las tardes y noches frías.
En su desespero, descubrió que todas las mujeres de mismos genes, aquellas altas, flacas, rubias, morenas, ojos verdes, marrones, no importara el país, tenían los mismos pies. Eran las beduinas por excelencia. Para colmo de males, a la mujer de pies de canguro viejo y al cinismo le nació una hija y parecía que el maleficio continuaría, por el momento la niña tenía pies de conejo que se convertirían en canguro, aunque con el avance ortopédico, la niña podría romper el estigma familiar de los beduinos cruzando el desierto.
Fue tanta la locura de la mujer, que entró a un quirófano a operarse unos "juanetotes", como también le decía el cinismo cara a cara, y que no eran tal 'juanetotes'. Total, salió de la sala de operaciones, casi con la anestesia cosiéndole los ojos y lo primero que hizo fue revisar que los pies de canguro finalmente se habían marchado para siempre. Pero no, estaban allí, adoloridos, ensangrentados, sin "juanetotes", pero con la misma cara.
El día de la rebelión llegó. No hace falta un gran día o un gran pretexto, hace falta UN DÍA en que en una mujer como tú dice: ¡BASTA! Los pies caminaron descalzos por la playa, tomaron la luz del sol, las uñas se pintaron del más rojo color. Los pies de canguro viejo ya no vivían con el cinismo. Viajaron felices, descalzos y llegaron a una noche, en un calor tropical, sedientos de libertad, en que soltaron los zapatos parisinos y alguien le dijo: "Tienes los pies más hermosos y suaves del mundo". Aquella noche la mujer de pies de canguro viejo recibió por vez primera un simple masaje, con el que en cuatro décadas había soñado.
Si estás afuera, leyendo ésto por casualidad, y viene el abusador, el cínico, ríetele en la cara, haz lo que se te plazca, porque al fin y al cabo, el abusador quisiera tener el corazón del canguro viejo.
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Hirania Luzardo: De mujeres: esa sexy y provocadora dama llamada autoestima
El poeta y escritor cubano Jose Marti dijo:"Las campañas de los pueblos solo son débiles, cuando en ella no se alista el corazón de la mujer; pero cuando se estremece y ayuda, cuando la mujer, tímida y quieta de su natural, anima y aplaude, cuando la mujer culta y virtuosa unge la obra con la miel de su cariño la obra es invencible".
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