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Así se despidió de la vida: 'Sólo se necesita una sonrisa'

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marla perez don francisco

"A todos mis amigos:

Dios me ha llamado a un importante proyecto, fue una llamada de último minuto (aunque todos sabemos que yo ya había tenido un par de "entrevistas").

Lamento dejarlos tan repentinamente, pero mi trabajo aquí ya está terminado.

Les dejo de recuerdo una sonrisa, nada más.

Es lo único que se necesita, el resto es relleno, muchas veces nos dejamos confundir por lo material, cuando lo único que queremos es ser queridos.

Fui muy feliz, la vida me dio de todo, sobre todo una familia maravillosa que me quiere más que a su propia vida.

Me despido con un abrazo.

Y recuerden sólo se necesita una sonrisa.

Nos vemos mas adelante. Mientras tanto yo voy organizando..."

Me ha tomado tres meses tener el coraje de hacer esta despedida muy personal.

De los amigos, de los verdaderos amigos, uno nunca se despide. Viven hasta cuando colocas azúcar en el café cada mañana. Pero hay ocasiones, en que cuando esos amigos han dejado una huella en tantas personas, hay que decir un "Hasta Luego" colectivo.

Marla Pérez por casi dos décadas de su vida se entregó en cuerpo y alma a la televisión. Las horas del día faltaban para producir, ejecutar cualquier idea en un programa -que parece tan fácil y a la vez extremadamente difícil de armar- como Sábado Gigante. Allí dio sus mejores años de vida, su juventud y se fue llena de ganas, de energías, de un mundo que se saboreaba con una felicidad contagiosa cada amanecer.

Don Francisco, Sábado Gigante, Univision encontraron en ella una trabajadora incansable, pero sus amigos tuvimos una aliada incondicional. Simplemente irrepetible.

Marla, quien siempre permaneció detrás de cámaras, permitió que cientos de sueños se hicieran realidad a través de la magia de la televisión. Reunió a familias separadas, reencontró a hermanos que no se conocían, ayudó a inmigrantes indocumentados que perdieron todo y venían a un show en busca de esperanzas, hizo reír con sus concursos, con sus bailes, con tantos niños que de su mano se convirtieron en estrellas.

Pero el gran talento de Marla Pérez -como lo definió un gran amigo de ella- era reparar almas rotas. Vino a la vida con ese talento. Ella sabía por dónde empezaba a reconstruir las piezas repletas de dolor, de angustia, de falta de esperanza. Tenía la capacidad de pegarlas con abrazos y consejos que nunca fueron impuestos.

Sus últimos días los dedicó a rescatar un proyecto que nacía junto a Charytín Goyco y Felipe Viel. Allí en plena producción, entre las luces, las cámaras, los libretos, tuvo "el llamado" y se fue tranquila. Se fue en paz.

Y sigue reparando almas Marla Pérez. Descansa en Paz.