Hirania Luzardo

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Para las mamás que necesitan abrazos

Publicado: 12/05/2012 12:35

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Con el lanzamiento de HuffPost Voces, las mujeres editoras que aquí compartimos alegrías, ilusiones, encuentros, desencuentros, hemos sacado también una voz. Casi todas somos madres y las que no lo son, están a punto, o ya saben lo que es vivir la maternidad, aunque sea por las aventuras de nosotras. Los veranos de Marinés Arroyo y la titánica y resistente vida de su madre ante las partidas arrancó lágrimas, admiramos ese domingo de pasta y paz familiar de la mamá pingüino de Mandy Fridmann y conociendo a Zuania Ramos ahora entendemos de dónde viene semejante armadura con pasión. Y como ya festejamos el día de ese don divino de dar vida: el Día de las Madres, les cuento la historia de Rosa.

Rosa no tiene una historia como su nombre, no es de delicados pétalos, ni de colores rojos intensos o amarillos brillantes. Rosa se convirtió en cucaracha el día que fue madre. Suena raro, suena cruel, pero así de rotundo es.

Rosa ya no pensaba que sería madre, el tren de la maternidad parecía que había pasado por su pueblo y no se detuvo o, tal vez, sí había esperado por ella y nunca se enteró o no lo esperó porque siempre pecó de desesperada. Conclusiones: casi a las cuatro décadas, Rosa decidió que iba a ser madre.

Eso del reloj biológico termina siendo un acto supremamente egoísta. Rosa lo entendió cuando logró o creyó encontrar a la persona, que a su vez, ella asumió que podía ser un buen padre para la única hija que logró tener. Rosa fue egoísta y pensó sólo en ella. Pensó que necesitaba esa extensión de ella misma en ese acto de dar vida. Al fin y al cabo, egoísta porque andas buscando si tiene tus mismos ojos, tu sonrisa, tu piel o hasta el lunar que sólo tú sabes que tienes.

Rosa no pensó y se lanzó sin importar cuán fuerte era el amor, cuánto conocía al sujeto, cuánto la respetaba, cuánto podía entenderle los defectos y virtudes -que la mayoría de las mujeres tienen- cuánto pesaba o no su pasado, o simplemente cuán tolerante era ante la familia disfuncional de la que venía Rosa, porque eso sí, ella nunca ocultó que venía de una familia muy rara. Este sujeto, sin importar nada, apretó a la vez todos los botones rojos de Rosa, que en ese momento digamos que eran casi blancos.

Junto con el crecimiento del bebé, Rosa vivió un verdadero martirio de desilusiones, maltratos en los nueve meses de embarazo. Rosa reconoce que también devolvía casi el porcentaje de maltratos, y otros hasta los provocaba en un acto de frustración.

Ahora mismo, a horas de celebrar el Día de la Madre, millones de mujeres en vez de recibir un gracias por dar vida, un beso por engendrar, un abrazo por el milagro inexplicable de llevar un hijo en el vientre, reciben bofetadas, golpes, se cosen las heridas para ver cómo después disimulan las cicatrices del maltrato.

La hija de Rosa casi nace el Día de la Madre. Rosa, en un acto de acuerdo con la naturaleza, tuvo la buena suerte que no fue así para no empañar con la postura del sujeto, bendito día de gloria. La bebé nació una semana después, y el sujeto en un acto -sin calificativo alguno- le dijo a Rosa, cuando ni siquiera habían pasado 24 horas del alumbramiento: "Estoy aquí por ella, no por ti". "Eres peor que una cucaracha".

A partir de ese día fue cucaracha. Pero esta historia no tiene final: ni feliz, ni malo, ni intermedio. No critiquemos a Rosa por su egoísmo, no la juzguemos. Rosa asumió la responsabilidad de sus errores que no justificaba, en ninguna de las formas, la actitud del sujeto.

Rosa finalmente pudo resolver, a su modo, su historia inconclusa, pero es la historia de cualquier mujer, que en el Día de la Madre no es valorada, apreciada, celebrada.

Para ustedes, para quienes les falta ese amor, lo que queda es encontrarlo en la misma fortaleza que le permitió a Rosa ser madre, entender que no es cucaracha y que no hace falta que estén por ella en un hospital. Rosa, en realidad, estaba por lo más preciado: por el don de dar vida. Felicidades Mamá. Felicidades Rosa.

A la hora de publicar esta historia, Rosa nos contó que sigue sin encontrar abrazos, pero que cada vez más se aprende a abrazar a ella misma.

Si tienes una amiga que es víctima de violencia doméstica y está callada, hundida en la oscuridad, permítele un camino, escúchala, no la presiones, y ojalá que pueda encontrar la ayuda. Existe la ayuda. Si quieres compartir tu historia, hazlo con nosotros o a través de mi cuenta de Twitter @HiraniaLuzardo

 

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