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Hermano Juan Elías de la Misericordia Divina

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¡Regresa a casa, te espera un gran regalo!

Publicado: 07/11/2012 10:24

regresa a casa

Dado que la misericordia es colocar el corazón en la miseria del que sufre, y no sólo colocar el corazón sino brindar toda la ayuda posible para salir de esa situación de miseria; como dice el salmo: "Que Dios saca de la basura al pobre y levanta del polvo al desvalido"; pensé en que la mejor manera de expresar lo que he aprendido de Cristología, es hacerlo desde la historia del "hijo pródigo".

El hijo pródigo es la persona que pide la parte de la hacienda que le corresponde, lo reúne todo, se marcha de la casa a un país lejano, lo gasta viviendo libertinamente, pasa hambre y quiere alimentarse de la comida de los cerdos, decide levantarse para volver a la casa del Padre, se reconoce indigno por sus pecados y pide llamarse siervo.

Esto nos refleja a cada uno de nosotros que en la vida, vivimos alejándonos de la casa del Padre-Dios con todos los bienes de Él recibidos y los despilfarramos, llegando incluso, a desear lo que es propio de los cerdos.

Envueltos en el pecado llegamos a tocar fondo y allí deseamos levantarnos para buscar aquello que le dé sentido a la vida. Entonces levantamos la mirada hacia Dios para ser sus siervos, aunque este levantarse hacia Dios pueda representar al temor y hasta un castigo merecido. Así vienen preguntas como: ¿por qué salir de la casa del Padre? ¿Por qué estar lejos y seguir mendigando?

Recordemos lo que dije al principio sobre la misericordia, y entenderemos que "El Mayor Acto de Misericrdia" se realiza en Cristo, ya que en Él, Dios Suma Misericordia; se compadece de nosotros y apreciamos que esto es verdad como dice la Escritura en II Co 8,9:

"Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de enriqueceros con su pobreza".

Así este Hijo del Padre, deja su casa pero no marchándose, sino siendo enviado para acercarse a nosotros y mostrarnos el amor de Dios. No sale para gastar sus bienes en sí mismo, sino que Él mismo es quien se gasta en favor de los hombres, y ante nuestra hambre se ofrece como alimento para que quien le coma tenga vida en abundancia, vida eterna.

Además, Cristo nos muestra otra cara de la vida, al decirnos que esa aspiración de levantarse, de trascender, de ir más allá de lo que factiblemente percatamos, sólo puede ser alcanzada en Aquél que dijo: "Cuando sea levantado atraeré a todos hacia mí". Aunado a esto nos enseña que ahora no somos siervos sino amigos, herederos de Dios y coherederos con Él.

Jesús nos impulsa diciéndonos que en la casa del Padre hay muchas moradas y va a prepararnos un lugar para que dónde Él esté, estemos también nosotros. Aleja todo temor existente en nosotros, pues si bien hemos pecado, Él dice: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen". Aún más Él toma nuestro lugar y paga por nuestras culpas. Nos asegura que seremos recibidos en su casa: "Te aseguro que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso".

Ante tan gran derroche de misericordia, surge una pregunta inevitable: ¿por qué permanecer fuera y lejos?

Pero en Cristo no sólo experimentamos la cercanía, el amor incondicional y su encarnación sino que adquirimos una nueva vida: un vestido nuevo, un anillo, unas sandalias, un banquete, una celebración. Esto es la gracia que nos reviste y nos hace partícipe de la vida divina; nos limpia de culpas y llama a la santidad.

Así, el Hijo Prodigioso nos hará entrar en alianza: "Ésta es la Alianza nueva y Eterna", que queda manifiesta en el anillo recibido, sin principio ni fin.

Cristo trae consigo una elevación a nuestras vidas cuando nos da nuevas sandalias y nos invita a asociarnos a su misión:

"Id, pues, y haced discípulos a todas las personas bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo".

No cesan sus bendiciones cuando nos comparte el banquete con Él, al invitarnos de su cuerpo y su sangre, y con todo esto nos llama a vivir en el gozo de la "celebración". "Si guardan lo que yo les he dado -como nos enseña la primera carta de Juan-, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión". Y así nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

Quiero decir finalmente que: "CRISTO ES EL ACTO SUBLIME DE MISERICORDIA DE DIOS"; en el que el hombre llega a descubrir todo lo grande que es a los ojos de Dios y es atraído a la verdad que nos dice:

"Mira que hago nuevas todas las cosas por eso dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia".

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