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Gabriel Sanchez Zinny

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Uruguay brinda lecciones en la incorporación de tecnología en las aulas

Publicado: 26/09/2012 10:22

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Estamos atravesando un período en el que la estructura económica de nuestras sociedades está cambiando, a menudo con rapidez, para acomodarse a las nuevas tecnologías. La comunicación, el entretenimiento, las compras y los negocios están ocurriendo en internet, trabajadores de la India proveen soporte técnico a clientes americanos, y el crecimiento está empujado por compañías como Apple, cuyos productos de vanguardia ingresan al mercado a través de redes complejas que se extienden desde California hasta China.

En gran parte del mundo, esta nueva economía está definida por un cambio de paradigma del crecimiento basado en la producción masiva a un crecimiento basado en la innovación motorizada por la creación de valor. Este cambio ha provocado efectos profundos en los sistemas educativos que no están preparados para producir egresados con las suficientes habilidades tecnológicas y razonamiento enfocado en soluciones, mentes creativas que la nueva economía demanda. Es en este contexto que los reformistas educativos buscan incrementar la presencia de las llamadas tecnologías de la comunicación y la información (TIC) en las aulas y las currículas.

La incorporación de las TIC al sistema educativo puede significar muchas cosas diferentes: expandir el acceso de los estudiantes a los maestros en áreas remotas a través de videos, entrenar a los docentes para el uso de recursos online que eleven la planificación de sus clases, o proveer a los alumnos con sus propias computadoras de bajo costo.

Los Gobiernos fueron atraídos por la promesa de reformas tecnológicas como estas por múltiples razones. Un factor crítico para países de ingreso medio y bajo es que conectando a sus alumnos al resto del mundo que dispone de las tecnologías, las externalidades positivas derraman más allá del sistema educativo para impactar en el corazón de la desigualdad y la exclusión social, siendo que conectar a los alumnos a menudo implica conectar familias y comunidades enteras hasta entonces aisladas o marginadas. También está la promesa de la prosperidad creciente ligada a la "sociedad del conocimiento", con el hecho que trabajadores entrenados y el empleo calificado llevan a la creación de industrias de alto valor agregado que a su vez atraen el tipo de sector privado e inversiones necesarias para un desarrollo sustentable.

Sin embargo, aún cuando nuestras sociedades son inundadas por tecnología, los esfuerzos para incorporar las TIC a las aulas son insuficientes, y los resultados de esos esfuerzos a menudo han demostrado ser inconsistentes. Por ejemplo, incluso en escuelas europeas donde hay prácticamente acceso pleno a computadoras, sólo el 66% de los alumnos relevados integraron las TIC a sus planes de estudio.

Al mismo tiempo, la UNESCO reporta en su estudio "Transformando Educación: el Poder de TIC" que, basada en los puntajes de 75 pruebas internacionales, la incorporación de tecnologías a las aulas ha arrojado resultados inconsistentes en términos de mejoras. Es claro que sólo incorporar las tecnologías no alcanza -deben ser implementadas, apoyadas y monitoreadas de modo efectivo.


¿Cuáles son, entonces, las condiciones para una reforma TIC exitosa? La experiencia de países como Uruguay, Chile, Jordania y Singapur que se han comprometido en varios grados con la reforma, sugiere tres pilares centrales para el éxito.

El primero y más obvio es el acceso al equipamiento y la infraestructura -incluyendo la tecnología en sí, el software, y el soporte técnico para las escuelas, así como la continuidad de la política que garantice posteriores demandas de infraestructura como la cobertura nacional de banda ancha. Un segundo pilar, a veces pasado por alto, es la necesidad de incrementar la capacidad de los maestros, además de la tecnología. Los docentes deben ser entrenados, deben contratarse nuevos maestros y todos deben ser motivados -incluso por medio de incentivos financieros- para incorporar el cambio cultural al modo en que enseñan y estructuran sus lecciones. Y por último, debe haber un sistema efectivo de monitoreo y evaluación capaz de mensurar los resultados de las reformas TIC.


La experiencia de Uruguay, en particular, ha echado algo de luz sobre por qué algunos países tienen éxito en estos esfuerzos y por qué otros no lo tienen. Comenzando en 2006, Uruguay fue el primer país del mundo en embarcarse en un esfuerzo nacional para proveer a cada alumno con una laptop. A partir de un programa piloto que luego fue escalado, para 2009 Uruguay había distribuido 380.000 laptops, entrenado 18.000 docentes, y conectado a 2.000 escuelas a internet. Como resultado todos los estudiantes y maestros de primaria tienen acceso a una computadora y próximamente también lo lograrán las escuelas secundarias.

¿Cuáles son algunas lecciones que otros países pueden extraer de este caso? Primero, la importancia del compromiso político al más alto nivel -el Presidente Tabaré Vázquez impulsó personalmente la iniciativa de reforma y la encuadró con éxito como una cruzada nacional. Hubo además consenso amplio a nivel social, con apoyo de los sindicatos nacionales de docentes y soporte del sector privado que aportó financiamiento y equipos. Uruguay también se comprometió con el entrenamiento y desarrollo profesional de los maestros dejando a la vez la implementación a una organización externa al sistema educativo nacional y por tanto independiente de intereses internos -el Laboratorio Tecnológico.

Uruguay arrancó con algunas ventajas inherentes -un nivel de ingresos y una tasa de alfabetismo relativamente altas, una sociedad altamente urbanizada que facilitó el desarrollo de infraestructura, y una capacidad institucional relativamente bien desarrollada. Con y a pesar de ello, ha demostrado que el compromiso político, junto a una implementación efectiva de los tres pilares, se puede mejorar dramáticamente el acceso a las TIC en las escuelas de un país en un corto plazo. Mientras nuestras economías continúan su evolución, estas lecciones son más claves que nunca.

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