Gabriel Lerner

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Oscar: sueños de grandeza y amistad en Los Ángeles

Publicado: 25/02/2013 10:00

oscar

Se puede sucumbir a la tentación de rendirse a la realidad, y decir que los premios Oscar son meros instrumentos corporativos para impulsar un filme comercialmente. Que se habla solo de dinero, especialmente porque este año seis de las nueve finalistas vendieron 100 o más millones de dólares en pocos meses.

Se puede alertar acerca del contenido de conformismo social que caracteriza a muchas de las películas, con su mensaje de obediencia y resignación y su dosis de violencia, sexismo y efectos especiales. O denunciar al sistema de las estrellas, inventado aquí en Hollywood por Carl Laemmle y con el que se diferenció hace 70 años a los actores de cine que hasta 1910 eran totalmente anónimos - del resto de los mortales.

E incluso aceptando que esto es el séptimo arte, se puede afirmar que los que llegan a la final del Oscar no son ni los mejores sino quienes fueron promocionados y magnificados, como parte de un Hollywood, un Los Ángeles que es imaginario, falso y lejano...

Pero no se puede resistir la fantasía y el deleite de la pantalla grande, el mar infinito de Vida de Pi y los cuadros impresionistas e históricos de Les Miserables. Imposible no enamorarse de Jennifer Lawrence en Silver Linings Playbook ni llorar con Anne Hathaway, porque así está diseñado el sistema.

Las películas, como dijo la Primera Dama de Estados Unidos Michelle Obama, en un gesto populista llamativo al anunciar el premio a la mejor película, "nos hicieron reír, llorar y aferrarnos a los apoyabrazos un poco más".

Y así lo sintieron, este domingo, los cuarenta amigos con los que nos reunimos, como cada año, para presenciar el evento de entrega de los Oscar en una casona en el Valle de San Fernando. Cuarenta trabajadores de la industria del cine y sus parejas: un utilero, un carpintero, una diseñadora de escenas, otra de vestimenta, uno que es la voz detrás de documentales, otro que produce música. Otros fueron aspirantes a actrices y actores que se conocieron en clases de actuación, o en una compañía de teatro vocacional, o en una audición. Acariciaron sueños de grandeza, sueños de que algún día ellos serían los ganadores del Oscar.

Para ellos este mundillo de brillo y sombras es también su entorno laboral.

Mis amigos y amigas son Hollywood, no menos que los famosos que poblaron este domingo el escenario del Oscar. Son parte de una nutrida población de trabajadores de la industria del cine, lejos de las luces del escenario y de la riqueza inaudita en la vida de la élite. Sus ingresos, si bien no son magros, no pueden competir con los del círculo dorado. El salario, antes de impuestos, de una actriz promedio es de menos de 3,000 dólares por semana de filmación, y muchas veces menos.

Para ellos, ver la ceremonia de los Oscar fue el acto de una hermandad.

Para comprender la enormidad de la industria cinematográfica, basta pasar por la calle Séptima, en Downtown, donde se filman persecuciones policiales y réplicas de otras ciudades. Una cuadra entera está ocupada por vagones modernos donde hay material o donde se prepara a los actores. Hay policías en motocicletas, guardias de seguridad, restaurantes en furgones, carpinteros y electricistas, operarios de iluminación, secretarias y productores, el cámara, el director, los actores. Se filma una escena breve. Lleva todo el día. Cuesta mucho.

La industria del cine - una máquina de sueños - da de comer a miles aquí, en Los Angeles y en todo el mundo. Y mis amigos reparten etiquetas con nombres de los actores candidatos para que los llevemos en el pecho como si fuésemos ellos, y una lista de todas las candidaturas para que podamos adivinar la identidad de los ganadores a cambio de premios, cosa que ellos, naturalmente, hacen con pasmosa exactitud.

 

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