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Gabriel Lerner

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'Dreamers' de Eileen Truax, un libro importante sobre la juventud latina de Estados Unidos

Publicado: 18/06/2013 16:49

eileen truax

En la contraportada está posando para el lector, sobre el trasfondo de un par de alas. Uno pensaría a primera vista que son las de un ángel.

Pero no.

Eileen Truax, la periodista mexicana radicada en Los Ángeles, tiene en la foto las alas de un ave gigantesca. Revolotea por encima de la realidad y mira, mira con curiosidad desmesurada, dentro de las casas y las almas de la gente.

Porque si como ella lo afirma -dice: "el voyeurismo Dreamer se me volvió una rutina" (pág. 177) - y si su oficio es el del voyeur de las letras y los pensamientos, el mismo que periodistas, poetas y dictadores, su variedad es la del mirador comprometido, el emocionado.

Su mirada es la del aliado. El que no es pero participa (pág. 181). Escribiendo, volcando sus entrevistas, viajes,relatos de lucha, esperanza y desazón. Rápido, rápido, antes de que las cosas cambien, que la tortilla se vuelva otra vez y todo lo que describe en el libro sea historia.

Porque - y ahí a los periodistas comprometidos como ella se les va la vida - todo es fluido y todo cambia. Para quienes anhelan que se apruebe el Dream Act - la legislación federal que permitiría la legalización de casi dos millones de jóvenes indocumentados - el camino aún no está recorrido. Parafraseando a Luis Advis, "es éste un país tan largo, mil cosas pueden pasar".

En su primer libro, "DREAMERS - la lucha de una generación por su sueño americano" (Editorial Océano de México, 236 páginas, www.dreamersellibro.com), Eileen Truax no entrega un texto de historia, sino un compendio de vidas entrelazadas, las de la nueva generación de activistas hispanos en Estados Unidos y quienes serán - eso lo digo yo, pero lo sabe ella - el liderazgo político de los latinos en el futuro. Sí, contiene la descripción del Dream Act, su estado actual, los vericuetos políticos que lo desarrollaron, deformaron y concibieron. Pero la narración va al testimonio personal, con descripciones físicas de sus personajes que van más allá de sus nombres y funciones. Los viste de carne y espíritu cuando recorre el camino, un camino, como diría Don Juan, que tiene corazón.

Lo de Truax es una rara demostración de periodismo narrativo, que cuenta una realidad política usando elementos de la literatura, porque es local, aplicado en las calles del Los Angeles de Gil Cedillo, el político mexicoamericano que impulsó el Dream Act en California (pág. 103) o de su alcalde latino saliente Antonio Villaraigosa (pág. 199); la vorágine de Montgomery, Alabama, donde los activistas se metieron para hacerse arrestar y así sacudirle la manga al mundo (pág. 49), o el centro de reunión de activistas indocumentados y queer El Hormiguero en el valle de San Fernando (pág. 205).

Eileen recorrió, durante meses de paciencia, allí donde se lleva a cabo la actividad soñadora, donde evoluciona la reforma migratoria. En Los Angeles hurgó con Carlos Amador, activista, funcionario, en el Closet de la Comida que alimenta a quienes sin papeles y sin recursos insisten en ser universitarios (pág. 27). Describe al senador demócrata Dick Durbin de Illinois, incansable promotor del Dream Act cuando éste era contracorriente (pág. 65). Están Joe Arpaio, el temible sheriff del condado Maricopa en Arizona y enemigo declarado de los inmigrantes (pág. 129), y el académico Steven Camarota, quien lucha contra los inmigrantes con el escudo de la supuesta objetividad académica, entre muchos otros.

Y está Joaquín Luna Lerma, quien "se suicidó una noche después del Día de Acción de Gracias. Tenía 19 años, estaba por terminar la preparatoria y soñaba con convertirse en ingeniero. Era un Dreamer" (pág. 152). Y su familia destrozada por la desgracia.

"-¿Tuvo algún defecto Joaquín? - pregunté.

- Quitarse la vida" (le dice a Truax Santa, la madre del joven) (pág. 161).

¿Qué llevó entonces a esta periodista chilanga a quien conocí en el diario La Opinión y que hoy escribe para Gatopardo, Obras, el suplemento Enfoque de Reforma y otras, a escribir "Dreamers"?

"Después de siete años cubriendo historias de migrantes, algunas exitosas y otras muy dolorosas, me di cuenta de que las que más me conmovían a nivel personal, que son las de los dreamers, no estaban escritas a profundidad", dice, agregando que no se cubren "la cotidianeidad en la que viven estos jóvenes, los pequeños retos a los que se enfrentan cada día para algo tan básico como transportarse a la escuela o conseguir comida entre clase y clase".

Así, fue construyendo un libro. En capítulos explicativos, segmentos analíticos, lagunas con descripciones de viajes y calles o silencios de pequeñas reuniones. En hermosas narrativas como la de Nancy Lanza, quien pasó su vida entera como estadounidense y fue de pronto arrojada a un país ignoto, desconocido: allí donde nació, México (pág. 85).

Allí es la extranjera: "-¿Qué es eso? - preguntó el empleado en la compañía de teléfonos. -La matrícula consular, mi identificación. - No aceptamos eso. ¿No tienes tu credencial del IFE? - ¿Qué es eso?" (pág. 93).

Entonces ¿qué define, en "Dreamers" a los Dreamers, los soñadores? Son jóvenes. Inmigrantes indocumentados a quienes sus padres trajeron ilegalmente cuando eran pequeños. Son una familia ("disfuncional" pero familia al fin, pág. 183), una cofradía, una red de organizaciones, más que la suma de sus miembros. Crecieron en Estados Unidos. Tienen arraigada la percepción de que las cosas no deberían ser como son y que es posible cambiarlas, que si uno se juega y se compromete y se une en un solo grito, sí se puede. Rompen esquemas porque su lucha los libera y les permite gritarlo si son "undocuqueers", los que salen de la sombra dos veces como duendes (pág. 193). Los dreamers de Eileen son revolucionarios, si se me permite la palabra. Y no solo latinos: los hay, nos cuenta, alemanes y vietnamitas, hindúes, árabes...

Soñadores. Cunde en ellos una expectativa de magia. De lo contrario es difícil entender cómo se levantan del polvo, emergen de las sombras, se juntan, átomos pequeñísimos cada uno pero hierro forjado, juntos. Esperan que sobrevenga la magia: "Esa descripción, la de la esperanza de que algo inesperado ocurra para que cambien las cosas, me la han hecho varios Dreamers en nuestras conversaciones a lo largo de estos meses", escribe. "Recordé a Catalina, la jovencita que en Alabama, con el rostro cubierto de lágrimas, recordaba cómo en su graduación esperaba que mencionaran su nombre entre la lista de quienes irían a la universidad aún sin haber llenado una solicitud" (pág. 198). Y por eso, las entrelíneas del libro - y las del metalenguaje de los activistas - están sembradas de secretos, metáforas inéditas o sorprendentes.

Y su lucha, ¿cómo es? Es que ya lo dice el nombre que se eligió para la ley que persiguen, la que legalizará su situación migratoria en un país que quieren, entienden y consideran parte de su sangre: soñadores. Es decir, son quienes rompen la barrera de la realidad. Y desde esa línea tenue inauguran, explica Truax, una modalidad organizativa a la vez de hondas raíces populares y definida por la tecnología. Por eso, dice "la organización virtual aún resulta un poco incomprensible" para la generación un poco mayor, "que ha vivido la experiencia... a través de asambleas y elecciones, de "boteo" por las calles y de discusiones imposibles en un café" (pág. 178).

Allí, lanzados a decidir su propio destino, se magnifican y hacen asombroso uso de sus virtudes, como la activista que "asegura dominar tres idiomas: inglés, español y spanglish" (pág. 180). Son mágicos seres de la vida cotidiana: como María Sin Papeles, la que "cuando se quita el maquillaje, las pestañas, los tacones, el vestido, el sostén, las medias, y coloca la peluca en un cajón", vuelve a ser Jorge, el joven activista el Dream Act, aquí en Los Ángeles (pág. 194).

Donde se encuentran la magia con la tecnología, el drama literario con lo cotidiano, se halla la pluma de Truax y su testimonio: "Mi nombre es Fernanda Marroquín. Si estás viendo este video, es porque fui arrestada en Alabama"..."soy indocumentada, no me da vergüenza y no tengo miedo" (pág. 41).

Así viven. En una espera de ansiedad insoportable a que llegue, o bien la deportación o bien la legalización: "Él sabe que en los restaurantes los empleadores saben que sus empleados son indocumentados, que éstos saben que el empleador está al tanto. Es solo que no se puede decir" (pág. 210).

"Dreamers" es un libro que se acelera a sí mismo, que va dibujando un rostro, de manera tal que primero vemos trazos supuestamente inconexos, y al promediar la lectura se adivinan en un semblante joven y fiero, y por eso merece tanto la lectura fáctica como la que define mundos. Y eso lo consigue Truax porque su visión es la del periodista que comparte su vida con la gente y que describe su propia inmigración como latina a Estados Unidos.

Entonces, ¿cómo es ese futuro por el que luchan estos chicos? Mejor que hoy. Los Dreamers se insuflaron valentía y sembraron esperanza. Aprendieron lo que la sociedad quiere que olviden: la fuerza de la unión es invencible. Que unidos, jamás serán vencidos. "Llevamos una hora manifestándonos y la policía no nos detiene. Si ésta fuera una redada, ya nos habrían arrestado. Eso demuestra que cuando la gente se organiza no nos pueden hacer nada" (pág. 61).

Este libro es importante por ser necesario y nutrido. Porque se debe a sus protagonistas reales. Contiene los elementos de la realidad política, barajados según quién los promueve, u opone, o sufre. Y al terminar de leer no solamente se sabe más sobre los jóvenes inmigrantes indocumentados, sino que se es parte de las vidas que Eileen Truax siguió de cerca e hizo hablar para que desde la lectura finiquitemos la construcción de un mosaico fascinante.

 

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