Eileen Truax

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Crónica: Cinco minutos de PRI

Publicado: 10/12/2012 18:41

"Asómate a las calles. ¿Ves a un pueblo celebrando con su presidente?"

"¡Échale agua, échale agua, échale agua!", era todo lo que atinaba a decir un policía federal a otro que trataba desesperadamente de ayudar a un tercer compañero al que parecía estallarle la cara. Rojo, rojo, con los ojos llorosos, la nariz chorreando, ahogándose, trataba de quitarse del rostro el gas pimienta que subía en una nube cerca de donde estaban los enfrentamientos.

Desde las cuatro de la mañana algunos contingentes habían llegado a los alrededores del Palacio Legislativo en la ciudad de México para manifestarse contra la toma de protesta de Enrique Peña Nieto como presidente de ese país el sábado primero de diciembre; pero al contingente del movimiento #YoSoy132, convocante inicial a la movilización y cuyos miembros marcharon en relativa calma, se sumaron otros grupos, algunos vinculados con movimientos sociales conocidos; otros simplemente identificados como anarquistas, anarcopunks, o algún otro sonoro apelativo, y "bolitas" de personas no identificadas que incitaban a realizar agresiones más agresivas. Los grupos más violentos empezaron a golpear la valla de metal de tres metros de altura que desde varios días antes estaba instalada en el lugar; aventaban bombas molotov, usaban lanzallamas y arrojaban piedras y lo que fuera a la cabeza de los policías. Los objetos atravesaban la nube de gas pimienta.

Pensé que esto era increíble.

¿Cómo es que los policías se ahogaban con el gas que ellos mismos habían lanzado? Llevaban chalecos antibalas, casco y algunos portaban escudo, pero ninguno venía preparado con máscara. Es decir, estaban listos para atacar pero no para ser atacados, ni siquiera para resguardarse de su propio ataque. Un colega que se encontraba del otro lado, el de los manifestantes -yo estaba situada del lado de la barrera en donde estaban los policías- me dijo más tarde que habían sido los granaderos, la policía local del Distrito Federal, quienes lanzaban el gas mientras repelían los ataques con petardos que realizaba parte de los manifestantes. Yo por mi parte noté que junto a los federales se encontraban varios policías vestidos de civil.

Mientras observaba la danza de los gaseados, un golpe sordo se escuchó a un costado, detrás de otro tramo de muro de metal. Eran integrantes del pueblo de San Salvador Atenco, el sitio donde terribles actos de represión a manifestantes ocurrieron durante la gestión de Peña Nieto como gobernador del Estado de México. El golpe era producto de rocas más grandes que mis puños golpeando el piso. Los manifestantes las lanzaron al aire por encima de las vallas metálicas, y las rocas caían con fuerza. Los policías se hicieron para atrás. Los integrantes de un grupo de guardias de la Cámara de Diputados se veían entre ellos sin saber qué hacer; no llevaban casco, no estaban preparados para la defensa. No es ese su trabajo.

El colega que se encontraba del lado de los supuestos manifestantes me contó que estaban increíblemente organizados. Una fila defendía a los que encendían los petardos mientras éstos, en una segunda fila, atacaban. Cuando les echaban gas, se retiraban a lavarse y una tercera línea ya lista para entrar los relevaba. Infiltrados, concluimos. Lo que yo vi del otro lado eran policías que ni siquiera atinaban a realizar una formación, sin filas ni estrategia. Más tarde empezaron a llegar los reportes de uniformados heridos en esa área.

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La ceremonia de toma de protesta de Peña Nieto finalizó y los asistentes al Palacio Legislativo de San Lázaro se encaminaron al Palacio Nacional, en el centro de la ciudad. Ahí, en la sede oficial desde donde despacha el Poder Ejecutivo, se realizó la ceremonia en la cual el nuevo presidente dio un discurso explicando los lineamientos de su gobierno -mismo que evitó dar ante los congresistas, los legítimos representantes del pueblo, para minimizar el efecto de las protestas en su contra por parte de sus opositores.- Fue este el evento al que asistieron también los dignatarios de países extranjeros, entre ellos el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden.

Cuando llegué al centro de la ciudad encontré un campo de batalla. Cada calle de acceso a la plaza del Zócalo capitalino, donde se encuentra el Palacio Nacional, se encontraba cerrada por una barricada de metal y por un muro humano de policías federales. Jóvenes furiosos vociferaban consignas o arengaban contra ellos: "¡Policía, hermano, tu lucha es de este lado!". "¡Aprendan a leer, no sean como su presidente!". Un chico se acercó y empezó a hablar con el rostro detrás de un casco protector: "Deja el uniforme y vente de este lado. Sí, pierdes el empleo, pierdes el sueldo, pero ganas un pueblo". El uniformado lo veía con una mirada hueca.

En ese punto, si hubo arrestos, ya habían pasado. Los manifestantes, unos furiosos, otros más calmados, simplemente confrontaban a los armados. De pronto, ante un conato de bronca, los policías se dejaban ir a empujones; entonces alcanzaban a algún transeúnte que pasaba por ahí y que resultaba golpeado sin deberla ni temerla. Pero los arrestos multitudinarios, violentos, indiscriminados, estaban teniendo lugar unas cuadras abajo: setenta personas detenidas, muchas de ellas sin siquiera estar enteradas de lo que ocurría. Una pareja de jóvenes no identificados con movimiento alguno me dijo que venían de San Lázaro: que los granaderos que arrojaron gas pimienta eran prepotentes, burlones con los manifestantes. Que lo que buscaba Peña Nieto era mostrar a sus invitados la imagen de un Zócalo feliz y por eso no dejaban pasar a la gente. Que el objetivo de ellos era llegar hasta ahí para que quienes vinieran supieran que, al menos en la ciudad de México, la gente no lo quiere. "No te voy a decir más", me dijo la chica. "Asómate a las calles, ¿ves a un pueblo celebrando con su presidente?".

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La ciudad de México, tal como se encuentra ahora, es el resultado de quince años de congruencia. Quienes no la conocieron antes, quienes son desmemoriados, quienes escatiman los logros de los gobiernos de izquierda en la capital mexicana, pueden no notarlo o no quererlo reconocer; pero el corazón azteca de mi país, el Distrito Federal, renació de las cenizas a partir de 1997, el año en el que los habitantes de esta ciudad pudieron elegir por voto directo a su gobernante por primera vez. Antes de eso, por ser la ciudad en la que se asientan los poderes federales, el presidente de la República designaba por "dedazo" quién gobernaría la capital, y el equipo a cargo del gobierno se encargaba de saquearla y dividir su administración en concesiones y prebendas. La ciudad de México era el botín y la caja chica del PRI.

En su primer ejercicio de ir a las urnas para elegir un gobierno, ese 1997, los habitantes de la ciudad de México eligieron a Cuauhtémoc Cárdenas, el candidato de izquierda, para que condujera el destino de la urbe. Durante los siguientes quince años ha sido ese grupo, la izquierda institucional representada por el PRD, quien la ha gobernado. De ser una ciudad con un centro fantasma, azotada por delincuencia y contaminación, el DF es hoy un espacio en el que la que la gente camina de noche y anda en bicicleta los domingos entre las calles cerradas; una ciudad en la que los derechos reproductivos de la mujer son respetados, así como su derecho a decidir, y en la cual las parejas del mismo sexo pueden gozar de los mismos beneficios legales que las parejas heterosexuales. Desde luego, hay fallas inherentes a la naturaleza de los partidos políticos y a la dinámica de las grandes urbes, con los conflictos consecuentes; pero hay una diferencia notable de la cual se enorgullece la mayoría de los capitalinos -a pesar de que el PAN y ahora el PRI han gobernado a nivel federal, la ciudad sigue en manos de la izquierda, en la última elección con más del 60% de los votos de una elección tripartita.- En términos generales la libertad de expresión y de manifestación es respetada y la gente se siente cómoda cuando llega el momento de disentir incluso frente a sus gobernantes, a quienes con frecuencia puede ver frente a frente.

En este entorno, las imágenes de represión que empezaron a circular el mismo día a través de las redes sociales, las detenciones de jóvenes con brutalidad, el vandalismo por parte de algunos supuestos manifestantes que con rostros cubiertos rompían cristales de edificios y negocios, y grafiteaban esculturas y espacios públicos recién remozados, simplemente no cuadraban. Eso no entra en la lógica, en la dinámica natural de la ciudad.

Unas horas más tarde empezarían a circular los videos y los testimonios tomados a unas cuadras de donde me encontraba: arrestos arbitrarios, con violencia, con saña; denuncias de gente que fue detenida porque sólo pasaba por el lugar; jóvenes rodeados por policías vestidos de civil -tales como los que vi en San Lázaro junto a los federales-, siendo arrastrados por las calles, para después acusarlos de haber hecho destrozos en el sitio donde los dejaban. Un video muestra la agresión a un reportero claramente identificado como prensa. Otro muestra cómo un chico convulsiona en el suelo tras haber sido golpeado por los federales. La gente les grita "asesinos".

Los testimonios indican que entre quienes agredieron con mayor saña a algunos manifestantes, y a quienes sólo pasaban por ahí o trataban de defender a quienes estaban siendo golpeados, se encontraban los policías vestidos de civil; policías "de investigación", dijo alguna autoridad, aunque éstos nunca se identificaron al momento de hacer la detención -y me pareció lógico; los policías federales que yo vi se estaban ahogando con gas pimienta.- Las imágenes de nubes de humo, vidrios rotos, espacios públicos violentados, arrestos extendidos por grandes áreas de la ciudad y trifulcas de varias horas de duración son algo que hace muchos años no se veía en la Ciudad de México. Al menos no desde que salió el PRI.

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Hube de esperar varios días para poder escribir al respecto, y esto se debe a que aún no entiendo qué ocurrió ni cómo. Lo que los medios dicen que pasó no es lo que afirman los familiares de los detenidos, y ninguna de esas dos cosas es lo que vieron mis ojos. No sé quién estuvo a cargo del operativo, si fue la autoridad local o la federal, pero ninguna de las dos fuerzas estaba coordinada en el sitio principal de la protesta; y me queda claro que a quienes provocaron la mayor violencia no los detuvieron.

La ciudad que durante el sangriento sexenio de Felipe Calderón resultó ser la más segura del país, la que se ha caracterizado por tener políticas progresistas e incluyentes, quedó manchada con la entrada de Peña Nieto a través de grupos infiltrados, grupos radicales y policías de quién sabe qué nivel entrenados quién sabe cómo; una ciudad que hasta antes de esto, era justamente lo opuesto a todo aquello que representa el PRI. Una semana más tarde, 56 de los 70 detenidos han sido liberados al comprobarse su inocencia y 14 más, entre ellos una mujer, han recibido cargos aunque sus abogados continúan alegando su inocencia.

Hasta ahora el jefe de gobierno del Distrito Federal recién llegado al cargo, Miguel Ángel Mancera, no ha salido a dar públicamente una explicación sobre qué ocurrió, quién coordinó el operativo, quién estaba a cargo, quién es el responsable.

Tres deudas penden sobre la cabeza de la autoridad. La primera, indemnizar a los inocentes que fueron injustamente retenidos por más de una semana debido a un operativo policíaco rudimentario y salvaje. La segunda, restituir la fama pública de quienes fueron detenidos injustamente, entre ellos varios integrantes del movimiento #YoSoy132, el mismo que desde el Distrito Federal cuestionó a Peña Nieto durante su campaña a la presidencia. Y la tercera, castigar a los responsables de las arbitrariedades cometidas el primero de diciembre, así como dar una explicación detallada a la sociedad sobre lo ocurrido ese día.

Hoy la sociedad que veía con tristeza el regreso del viejo régimen ha visto renacer la rabia que provoca la impotencia, y quienes sentían las calles suyas no saben si podrán manifestarse con tranquilidad otra vez. Los padres piden a sus hijos no movilizarse porque es peligroso, y los medios presentan al que disiente como vándalo. El espacio que estaba en manos de los ciudadanos ha sido vulnerado y las botas del gorila vestido de policía con el que durante los años setenta se representaba a la represión, han llegado pisándolo todo en el corazón de mi país.

Y apenas llevamos cinco minutos de PRI.

 

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