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Lamentablemente mi caso no fue la excepción y recientemente tuve mi propio encontronazo con un amigo de años. Tras un comentario de mi parte sobre las condiciones en las que se celebró la elección, mi amigo aseguró que quienes vivimos fuera de México debemos tener "extra-cuidado" al verter nuestra opinión, debido a que supuestamente no conocemos las condiciones de quienes viven ahí.
El comentario me dio un puñetazo que, utilizando el argot boxístico, me mandó a la lona. Pero al margen del golpe personal, la realidad es que esta observación y la forma en que fue emitida no son una manifestación extraordinaria entre quienes viven en mi país. Es común escuchar a través de frases lanzadas al aire la poca comprensión que existe entre los mexicanos sobre su propia diáspora, particularmente aquella en Estados Unidos, y la estrecha relación que quienes estamos fuera tenemos con México.
Aunque desde luego difiero ampliamente con respecto a su forma de evaluar la asimilación de la diáspora mexicana, sí he de reconocer que el planteamiento de Huntington presenta información sólida. Una gran parte de los mexicanos en Estados Unidos, sobre todos los de reciente arribo, trabajan para enviar dinero y sostener así a sus familias que se quedaron en México; las remesas constituyen la segunda fuente de ingreso en ese país (cerca de 23 mil millones de dólares en 2011, 6.8% más que durante el 2010).
Pero no sólo el migrante recién llegado vela por la estabilidad económica en su patria. Decenas de miles de inmigrantes mexicanos que han vivido en Estados Unidos por décadas, y que cuentan con una vida familiar estable en este país, tienen incidencia en México a través del programa 3x1, mediante el cual envían recursos de su bolsillo para contribuir a la construcción de obra pública y proyectos productivos en sus lugares de origen. A eso se suma la activa participación política de estos grupos a través de clubes de oriundos, federaciones y otras organizaciones no gubernamentales, muchas de las cuales tienen una doble función de cabildeo, tanto ante las autoridades estadounidenses como ante el gobierno mexicano.
Están también las agrupaciones de defensa de derechos de las minorías. Uno de los casos más sobresalientes es el del Frente Indígena de Organizaciones Binacionales (FIOB), que a través de su ala política ha logrado incidir en procesos electorales tan importantes como el del gobierno estatal de Oaxaca en 2010, cuando se logró que el aspirante al gobierno estableciera compromisos concretos con la comunidad en caso de resultar electo; una vez que eso ocurrió, los integrantes de FIOB han ejercido presión para que éstos no queden incumplidos. Esta misma organización trabajó en jornadas informativas rumbo a la elección presidencial de 2012 en México antes incluso de que iniciaran las campañas presidenciales, y el día de la elección encabezó una caravana rumbo a la ciudad de Tijuana con mexicanos dispuestos a emitir su voto en su país.
Nada de esto podría ocurrir en una sociedad migrante mexicana desinformada, o alejada de la realidad de su tierra y de su gente.
Sin embargo el histórico centralismo mexicano hace sus estragos en este sentido también. Quienes cuestionan nuestro derecho a opinar apelan a nuestra falta de presencia en nuestras ciudades de origen, como si Tijuana, Mexicali, Agua Prieta, Ciudad Juárez o Reynosa, no fueran México también. Para la mayoría que vive ensimismada en el centro del país, desde donde se toman las grandes decisiones que nos afectan a todos, el norte de México y el México que se extiende más allá de la frontera parecen ser una variable que no altera ningún resultado.
Empecé respondiendo lo obvio: la ley mexicana, como en la mayoría de los países democráticos, reconoce el derecho de todos sus ciudadanos a elegir a sus gobernantes sin importar el lugar en el que dichos ciudadanos se encuentren. Es un derecho constitucional por cuyo reconocimiento las comunidades migrantes lucharon durante varias décadas. "Pues sí, pero ¿por qué?", me insistió. Le di el dato de las remesas como segunda fuente de ingresos. Le dije que en zonas como la mixteca oaxaqueña, el campo está muerto, no existe la industria, escasamente existe el comercio y las expectativas para sus habitantes son nulas. Que en estos sitios, el sustento y la paz social llegan cada quince días a la sucursal de Western Union en forma de dólares. Y que en México y en cualquier lugar del mundo, quien genera la riqueza tiene derecho a opinar y a elegir quién va a administrarla. "Bueno, ahora que lo explicas así, creo que tiene sentido", me respondió.
El derecho legal a la participación democrática de los mexicanos es algo ya reconocido, pero la sociedad de ese país aún tiene una deuda reconociéndonos el derecho moral a decidir sobre su destino que es el nuestro. Esto no es algo que dependa de la ubicación geográfica o de las calles que caminas. La ciudadanía se ejerce a través de la información, de la incidencia económica, de la organización, de la solidaridad con los seres queridos aún cuando una de las partes se encuentre en otro territorio. La ciudadanía no te la da un papel, te la da la pertenencia, y es ahí cuando la frase "yo soy de México" adquiere su verdadera magnitud.
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María Luisa Arredondo: La sombra del fraude
Si bien es cierto que el que escoge votar en las elecciones en México busca informarse, mi cuestionamiento es cuantos acuden a medios tradicionales como periódicos o canales de TV comerciales. Desafortunadamente, y lo hemos visto ahora más que nunca, estos medios se han mostrado parciales y se han dedicado a enlodar a todo aquel que cuestiona los resultados de la elección.