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Cesar Leo Marcus

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Carlos Fuentes por Mario Vargas Llosa

Publicado: 17/05/2012 07:30

Jorge Luis Borges me dijo, hace 35 años, "reconozco que fui mejor lector que escritor, ahora la oscuridad me priva del privilegio de leer, pero si dentro de algunas centurias alguien lee algo escrito por mi, no importa que recuerde quien lo escribió, lo importante es que disfrute la lectura, los escritores desaparecen pero sus obras perduran...". Por supuesto que tanto Jorge Luis Borges como Pablo Neruda y (ahora) Carlos Fuentes nunca serán olvidados, así como Cervantes o Shakespeare, pasaran muchas centurias y sus obras formaran parte del regocijo de los lectores.

Mencionar a Carlos Fuentes es hablar de literatura, cultural y excelencia. Recordar a Carlos Fuentes es hablar de educación, señorío y elegancia. Nombrar a Carlos Fuentes es hablar del mejor escritor mexicano del siglo XX y uno de los más importantes escritores latinoamericanos.

Pero para saber más sobre el joven intelectual Carlos Fuentes, debemos leer esta "perla", escrita hace 45 años, una nota publicada por el (ahora), Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, en la revista Caretas (Lima) N° 363, 8 al 17 de noviembre de 1967, cuando ambos comenzaban sus ideales literarios, y recorrían el mundo buscando argumento para sus futuras obras...

Carlos Fuentes por Mario Vargas Llosa

"Apareció de improviso, en mi casa, un domingo a las diez de la mañana, el primer momento no lo reconocí: llevaba barba y un paraguas, botas, una larga casaca de terciopelo verde con cuatro pares de botones, y una corbata que era una llamarada. No lo veía hace seis meses y lo creía en Venecia, me habían dicho que vivía allá en el primer piso de un viejo palacio, que estaba encerrado a piedra y lodo, que terminaba una novela. Era cierto, me dice, pero ya se despidió de Italia, acababa de llegar a Londres y venía a quedarse. ¿Cuánto tiempo? Se encogió de hombros y se rió, seis meses, un año, dos años, quién sabía. Pero pensaba que Londres era una ciudad ideal para trabajar y armaría aquí su tienda y su escritorio. Hace más de dos años que dejó México y desde entonces vive así, brincando de un lado a otro: París, España, Italia, Estados Unidos, ahora Londres.

Salimos a la calle, buscamos un café, y él sigue hablando. Está de muy buen humor, se le nota contento y pletórico de proyectos. Ha trabajado mucho estos últimos seis meses en Venecia, me dice. En varias cosas a la vez: retocando un libro de ensayos sobre literatura latinoamericana que publicará a fin de año, en los primeros capítulos de esta nueva novela, y en dos obras de teatro. Aquí -señala la calle abarrotada de hippies que se calientan al sol débil del otoño londinense-, trabajará bien: está seguro que esta ciudad es tranquila y estimulante. Por eso, le precisa encontrar un departamento de una vez. En el hotel no puede escribir y cuando él no hace esto -teclea con los diez dedos sobre la mesa del café, pero a mí no me engaña, yo sé que es un pésimo mecanógrafo, que escribe sólo con un dedo- se siente mal.

Le pido que me hable un poco de Venecia, esa ciudad de mercaderes inescrupulosos y aguas hediondas, y él cree que yo estoy bromeando: una de las más bellas del mundo, dice. Hablemos un poco más de la moda, no lo digo como un reproche, no estoy sugiriendo que en sus libros la moda sea un fin, sino un medio. Pero me gustaría saber si él es consciente de ello. Ya en "Zona Sagrada", pero, sobre todo, en su última novela, "Cambio de piel" (que acaba de ser editada en Italia con gran éxito de crítica), la moda es una presencia invasora y constante, en la ambientación de los episodios, en la definición de los personajes, el punto de referencia más usado por el autor. Le digo que, en este aspecto, "Cambio de piel" me parece un testimonio asombroso, casi absoluto, de lo que constituye la moda presente, en la literatura, la pintura, el cine, el teatro, la crítica. Le hablo de los capítulos que trasponen, mediante proezas verbales, películas, cuadros, dramas o teorías de mayor vigencia contemporánea. Yo pienso que él se ha propuesto convertir en ficción todo aquello que, en cierto modo, ocupa la primera plana de la actualidad en diversos dominios culturales y sociales: construir una novela que sea, al mismo tiempo, un manual de mitología moderna. Él me mira escéptico. Me habla de México, de esa sociedad dual en la que hay, de un lado, una burguesía industrial próspera, cuyas costumbres y modelos culturales corresponden a los de las grandes sociedades de consumo, y del otro, un sector rural anacrónico, esclavizado aún a una economía de mera subsistencia.

"Cambio de piel", me dice, parte de ese desgarramiento, esa áspera dualidad mexicana es su supuesto. Las citas o "Pastiches" que en el transcurso del libro van apareciendo, son imágenes que expresan el mundo de supercherías, disfraces y tabúes dentro del que se mueve el sector desarrollado, que imita a Europa o a los Estados Unidos. Pero su novela quiere ser, ante todo, literatura, realidad verbal, creación de lenguaje. Y es, también, una reacción contra el psicologismo que, a su juicio, distorsiona y hiela la captura de la realidad por la palabra. En "Cambio de piel", en efecto, todo está mostrado a través del gesto y la máscara, la narración rehúsa sistemáticamente penetrar en la conciencia de los personajes y se concentra en sus movimientos, sus ademanes, sus diálogos y sus sueños. Tardó cuatro años en escribir este libro ambicioso y vasto, cosmopolita, y ya los organismos de censura lo han vetado por "inmoral y anticristiano". Pero, al igual que en Italia, se está traduciendo ya en una docena de países.

Hemos salido a caminar, damos vueltas por las inmediaciones de Earl's Court, y le pregunto sobre sus obras de teatro. ¿Se estrenarán pronto? Debe corregirlas, todavía no están acabadas del todo. Pero ya tiene en la mente el tema de otro drama, muy complejo y difícil, de índole histórica: las relaciones entre Moctezuma y Cortés. La idea nació del día que vio la obra de Pete Schaffer, "The Royal Hunt of the Sun", situada en la época de la conquista del Perú, y cuyos personajes centrales son Atahualpa y Pizarro (hay entre ellos una interminable discusión teológica). El drama de Schaffer le pareció frustrado: pero en cambio le pareció muy válida la tentativa de describir el choque de dos culturas, en territorio americano, a través de dos personajes históricos: uno indígena, el otro español. Trabajará en este proyecto, me dice, apenas se instale en Londres.

Habla de modo que resulta contagioso. Cuando habla de lo que está describiendo, o de lo que acaba de leer, o de lo que hará mañana, parece que estuviera diciendo me saqué la lotería. Con perversidad le cuento que oí a alguien, no hace mucho, decir que atacar a Carlos Fuentes se había convertido en el deporte nacional mexicano. Él se ríe, feliz: como chiste es excelente, dice. Él no tiene tiempo para atacar a nadie, en todo caso: con escribir, leer y viajar ya tiene de sobra. Pero la verdad es que se da tiempo para hablar de la gente que aprecia o admira: Julio Cortázar, por ejemplo. Piensa que es, tal vez, el creador más alto de la lengua hoy en día, y también un ejemplo a seguir como hombre comprometido con su vocación, entregado a ella en cuerpo y alma. Me habla también con fervor de Octavio Paz, de su pensamiento penetrante, desmitificador y universal, y de su poesía, cada vez más despojada y esencial. Luego, habla de las últimas películas y piezas de teatro que ha visto. No lleva cuarenta y ocho horas en Londres y ya sabe cuáles son los mejores films de la cartelera, las obras de teatro que es indispensable ver. ¿Cómo hace para estar en todo a la vez, para no ser tragado por la vorágine de la actualidad? Él se las arregla para leer todo lo que importa --libros, revistas y artículos de periódicos--, para ver todos los espectáculos de interés, viaja constantemente y mantiene una correspondencia amazónica, y nada de esto lo aparta de su trabajo de escritor, al que dedica cuatro o cinco horas diarias. ¿Cómo hace? Él, claro, se ríe: es un secreto profesional, dice".

 
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