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A los 16 años lo vio por primera vez en un concurso de canto por la televisión. Él concursaba para ser el cantor del año y por la posibilidad de un primer disco. ¡Era un tremendo morochazo de ojos verdes que no pasaba los 20 años! Y ella sintió por primera vez esas cosquillas mágicas, el mariposeo descontrolado y esa revolución de hormonas despertando que sucede una vez en la vida y se recuerda siempre.
El chico ganó el concurso y comenzó una carrera meteórica: discos, contratos, recitales. Ella sabía todas sus canciones, tenía sus fotos y sus revistas.
La fortuna premió a esta chica y unos años después, él hizo un recital y ella ganó un pase VIP en un sorteo radial. ¡Oh mi Dios, ese pase!, ese pase la habilitaba a entrar al camarino a conocerlo, a besarlo o solamente tocarle la mano. Fantaseo varios días con ese encuentro. Con la posibilidad de que él la viera y la invitara a tener algo más allá de ese momento.
Para el día tan esperado, se puso una minifalda sugestivamente corta, se perfumó hasta en el último rincón de su diminuto cuerpo y se alistó para ir. Caminó los pasillos del teatro y se juntó con otras cinco chicas; todas muy exitadas gritando como locas. Dos guardaespaldas las acompañaban, pero no para cuidarlas a ellas, obviamente.
Entraron y lo vieron sentado revisando unos papeles. Él las miró seductoramente y les dio la bienvenida. Todo duró unos pocos minutos. Las saludó y cortés, les preguntó qué hacían, cuáles eran sus canciones favoritas y con un gran beso y un autógrafo las despidió.
Ella quedó obnubilada, alterada y temblando. Su cuerpo parecía desconocido, así que pidió permiso y fue al baño. Se encerró en el cubículo, levantó su falda y por sobre sus pantys comenzó a palpar su inocencia. No le alcanzaba y entonces tuvo que ir por debajo de la ropa, cada vez más fuerte y más rápido. Su entrepierna se humedeció, su pensamiento casi en blanco, gozoso y pensando en ese pequeño contacto irresistible e indomable, hasta que un éxtasis sacudió su cuerpo rabiosamente y la dejó con lágrimas apoyada en la pared de ese sanitario sucio.
Pero de pronto la invadió la culpa porque ese primer contacto de su cuerpo con el sexo fue arrebatado, sola y sin él y prometió no hacerlo más. Juró no volver a sentir algo así si no era con él. Porque "sería con él o con nadie", lo reafirmó.
Y el tiempo pasó, los años pasaron para los dos. Él tuvo mujeres, lo relacionaron con hombres, traspasó las fronteras con su música y la decadencia del artista comenzó.
Ella fue una mujer solitaria, fánatica en silencio, amiga incondicional de su amor platónico. Sus amigas bromeaban todo el tiempo con su fanatismo, con su necesidad hacia él. Pero la chica inventaba relaciones para calmar a sus amigas, mientras lo amaba en silencio y lo esperaba.
La fortuna nuevamente estuvo de su lado y de casualidad la revista para la que ella trabajaba como repartidora de correspondencia, organizaba una fiesta de caridad y él iba a asistir como figura invitada. Años atrás él jamás hubiera ido, pero ahora el éxito no le sonreía como entonces.
Absolutamente revolucionada, se compró un vestido rojo hasta la rodilla. Ya sus piernas era mejor taparlas, aunque su figura seguía diminuta. Por su cuerpo no habían pasado hijos, ni hombres, ni nada, era un cuerpo con poco uso. Se veía hermosa. Peinada con una cola de caballo, elegante, suave, llegó al banquete. Sus conocidos la vieron más iluminada que nunca. Ella brilló esa noche. El era un hombre opaco, al que pocas ya le prestaban atención, y un poco porque había que hacerlo, le pedían una foto de recuerdo.
Lo tuvo cerca toda la noche. Le habló en varias ocasiones. Hasta que animada con ayuda de un poco de alcohol le contó que "había" sido su fan. Le recordó el día que lo conoció, pero él no se acordaba de nada y tampoco le importaba. Se reía y decía incoherencias. Ella lo seducía y milagrosamente él respondía. Hasta que una mano de él acarició la pierna de la chica, luego una caricia de ella sobre su cabello y una caída de ojos final para decir: "voy al bano".
Él la siguió y se encerraron en el baño privado detrás de la segunda escalera de la mansión. Un lugar menos concurrido, donde lo que tenían que hacer nunca sería interrumpido. Todo fue alborotado: ella intentaba besarlo y él le corría sus labios. Tambaleante intentaba bajarse los pantalones. Necesitaba sostenerse de ella o se caía. Ella bajó la tapa del toilet y lo sentó ahí. Él con sus manos descontroladas tocaba sus pechos, su cintura, intentaba subirle el vestido. Ella se sentó sobre su hombría que ya escapaba firme de su cuerpo; lo único firme que tenía. Y en segundos, casi sin tiempo de desenvolverse de su ropa, su inocencia dejó de serlo. Él la tomó de sus nalgas, la empujó hacia él varias veces hasta que finalmente con brusquedad el placer cedió. Jadeó y susurro cosas sin sentido. Ella no sabía qué hacer, sólo se quedó ahí dulcemente.
Sin preguntar, sin decir nada, la empujó para que se levantara, pero ella tuvo que ayudarlo. Le subió los pantalones y le arregló el traje. Él la miró como quien no sabe pedir perdón y ella le sonrió. Él se fue.
La chica quedó sentada en el piso, en un baño de lujo, con sus piernas mojadas por el líquido del hombre al que amó y espero por años. Se abrazó a sí misma con fuerzas, con dolor y sintió que aunque tarde, comenzaría por fin su vida.
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